
Los cincuenta años son como
la última hora de la tarde,
cuando el sol se ha
puesto y uno se inclina
naturalmente hacia la reflexión.
En mi caso, sin embargo,
el crepúsculo me induce
a pecar y, tal vez por eso,
en la cincuentena reflexiono
sobre mi relación con la comida y el erotismo,
las debilidades
de la carne que más me
tientan, aunque, hélas, no son las
que más he practicado.
Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud
puritana.
Paseando por los jardines de la memoria, descubro que mis recuerdos están asociados a los sentidos.
Mi tía Teresa, la que se fue transformando en ángel y murió con embriones de alas en los hombros, está ligada para siempre al olor de las pastillas de violeta.
Cuando esa dama encantadora aparecía de visita, con su vestido gris discretamente iluminado por un cuello de encaje y su cabeza de reina coronada de nieve, los niños corríamos a su encuentro y ella abría con gestos rituales su vieja cartera, siempre la misma, extraía una pequeña caja de lata pintada y nos daba un caramelo color malva.
Y desde entonces, cada vez que el aroma inconfundible de violetas se insinúa en el aire, la imagen de esa tía santa, que robaba flores de los jardines ajenos para llevar a los moribundos del hospicio, vuelve intacta a mi alma.
Cuarenta años más tarde supe que ése era el sello de Josefina Bonaparte, quien confiaba ciegamente en el poder afrodisíaco de aquel huidizo aroma que tan pronto asalta con una intensidad casi nauseabunda, como desaparece sin dejar trazos para regresar enseguida con renovado ardor.
Las cortesanas de la antigua Grecia lo usaban antes de cada encuentro amoroso para perfumar el aliento y las zonas erógenas, porque mezclado con el olor natural de la transpiración y las secreciones femeninas, alivia la melancolía de los más viejos y sacude de modo insoportable el espíritu de los hombres jóvenes.
En el Tantra, filosofía mística y espiritual que exalta la unión de los opuestos en todos los planos, desde el cósmico hasta el más ínfimo, y en la cual el hombre y la mujer son espejos de energías divinas, violeta es el color de la sexualidad femenina…(…)
(…) Es así como recuerdo a los hombres que han pasado por mi vida -no deseo presumir, no son muchos- unos por la textura de su piel, otros por el sabor de sus besos, el olor de sus ropas o el tono de sus murmullos, y casi todos ellos asociados con algún alimento especial.
El placer carnal más intenso, gozado sin apuro en una cama desordenada y clandestina, combinación perfecta de caricias, risa y juegos de la mente, tiene gusto a baguette, prosciutto, queso francés y vino del Rhin.
Con cualquiera de estos tesoros de la cocina surge ante mí un hombre en particular, un antiguo amante que vuelve persistente, como un fantasma querido, a poner cierta luz traviesa en mi edad madura.
Ese pan con jamón y queso me devuelve el olor de nuestros abrazos y ese vino alemán, el sabor de su boca.
(…) La gente que se gana la vida con esfuerzo y reza a escondidas, como usted y como yo, improvisamos con las cacerolas y entre las sábanas lo mejor posible, aprovechando lo que hay a mano, sin pensarlo mucho y sin grandes aspavientos, agradecidos de los dientes que nos quedan y de la suerte inmensa de tener a quien abrazar.
(…) En sánscrito existe una palabra para definir el goce del principio de la creación, que es similar al goce sensual.
En el Tíbet la copulación se practicaba como ejercicio espiritual y en el tantrismo es una forma de meditación.
El hombre, sentado en la posición del loto, recibe a la mujer acaballada sobre sus piernas, ambos cuentan sus respiraciones con la mente en blanco y elevan las almas hacia lo divino, mientras los cuerpos se conectan entre sí con tranquila elegancia.
Así da gusto meditar…
Una vez que se ha preparado y servido una cena exquisita, que la secreta tibieza del vino y el cosquilleo de las especias recorren los caminos de la sangre y que la anticipación de las caricias sonroja la piel, es el momento de detenerse por unos minutos, retardando el encuentro para que los amantes se regalen
una historia o un poema, como en las más refinadas tradiciones del Oriente.
Otras veces el cuento aviva la pasión después del primer abrazo, cuando se ha recuperado el aliento y algo de lucidez y la pareja descansa satisfecha.
Es una buena manera de mantener despierto al hombre, que tiende a caer anestesiado, y divertir a la mujer cuando empieza a aburrirse.
Esa historia o esos versos son únicos y preciosos: nadie los ha dicho ni los dirá en ese tono, a ese ritmo, con esa voz particular o esa intención precisa.
Los amantes, Eva Luna y Rolf Carié, reposan después de un abrazo encabritado.
En la memoria fotográfica de Rolf, la escena es como un cuadro antiguo, en el cual la amada está a su lado sobre la cama, con las piernas recogidas, un chal de seda sobre un hombro y la piel aún húmeda
por el amor.
Rolf describe así la pintura: El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad.
Para mi esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.
Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria.
Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer.
Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces
muy cercanas.
—-Cuéntame un cuento—-te digo.
—-¿Cómo lo quieres?
—-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie…
-Isabel Allende
