angelitos

(vivimos apurados…por llegar a ningun lado…

y no nos damos cuenta que somos mucho más

que ese plan que nos trazamos

cuánto valor tienen los pequeños gestos…

que se vuelven gigantes ante una sociedad líquida

que gira y gira como una calesita

hacia donde vas…?)

.la ceremonia

“No sabemos su nombre, aunque lo tenía.
Era una bebita que había muerto en un hospital público luego de haber sido abandonada por su madre.
Vivió horas y nada pudieron hacer los médicos por salvarla.
Falleció.
El Estado se hizo cargo.
En esos casos es lo pertinente.
A dos funcionarias de la repartición correspondiente les adjudicaron la tarea de hacer los trámites de sepelio: licitar empresa fúnebre, comprar el ataúd, llenar los papeles, etcétera.
A media mañana había terminado el papeleo y solamente faltaba llevar a la chiquita en el auto funerario al cementerio, proceder al entierro y, con suerte, volver a tiempo para un tardío almuerzo en la oficina y hacer los últimos trámites antes de partir para la casa.
Las dos mujeres, diligentes, hacían lo que correspondía y nadie podría negar que cumplieran bien con lo que tenían que hacer.
Al fin y al cabo, su labor cotidiana tenía que ver con situaciones dolorosas, como abandonos, violencia familiar, disfunciones familiares judicializadas, y tantas otras cosas de esas que nadie quiere mirar demasiado.
En ese duro contexto, para ellas esta niñita al menos ya no sufría, al menos no ese día en el que se había transformado en un trámite previo a la hora del almuerzo.
Subieron al auto funerario manejado por un chofer, un hombre maduro y seguramente blindado ante este tipo de menesteres.
Las funcionarias le hablaron de cierto apuro por hacer las cosas para poder retornar lo antes posible a la oficina.
El día era frío, la mañana en Chacarita era inhóspita, y la idea de volver a buen resguardo tras el trámite era lo principal en ese momento.
El hombre escuchó, mientras aceleraba el auto en el cual iban las mujeres y, atrás, el ataúd de la niña fallecida, la chiquita cuyo nombre no sabemos…
De pronto dijo: “Miren –como despertando–, la verdad es que corresponde que le compremos flores”.
Las mujeres también se miraron y coincidieron en que se debían comprar flores para acompañar este “trámite” que, ante el decir del chofer, ya dejaba de lado el aspecto burocrático para pasar a ser otra cosa…
Compraron las flores en la puerta del cementerio haciendo una “vaquita” entre los tres.
Unas sencillas y lindas flores para la niña fallecida.
El pequeñísimo ataúd fue acercándose a su destino final, y allí, de nuevo, el chofer dijo algo que volvió a modificar las cosas: “En un entierro tiene que haber un sacerdote”.
Tenía razón, pensaron las mujeres, ahora menos apuradas y ya sintiendo algo raro dentro de sí.
Fueron y buscaron al sacerdote, que apareció casi de la nada.
La ceremonia se fue armando.
Frente al ataúd de la chiquita, ahora ya no tan abandonada, se pararon las dos mujeres, el chofer y el sacerdote…
La mañana seguía siendo fría, pero lo que había sido un trámite ya no lo era más.
El sacerdote se dispuso a decir lo suyo, y antes preguntó: “¿Quiénes son los padres?”.
Las funcionarias explicaron que no había padres y entonces se hizo un silencio; cierto desconcierto sobrevoló entre los presentes.
Pero fueron solo unos segundos.
Enseguida el chofer dijo que él iba a ser el padre, y una de las mujeres dijo, ya conmovida, que sería la madre.
Allí rezaron y despidieron a la chiquita.
La honraron.
La mañana estaba fría, pero ya no tanto.
El relato me lo hizo Paula, que fue la madre en ese último adiós de la beba.
Desde que me lo contó estuve pensando en escribir su relato para que ustedes lo lean.
Es que hay algo en este suceso que ilumina y lo quería compartir sin demasiados comentarios.
El último adiós a esta chiquita es una de esas cosas que nos redimen, sacándonos del frío de una vida que, a veces, vivimos como si fuera un trámite….”

-Miguel Espeche

la voz dulcisima de esta nena!!!!

13 pensamientos en “.la ceremonia

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