.éramos unos niños-Patti Smith-4

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“Cuando tenía apenas once años, nada me complacía más que dar largos paseos con mi perro por el bosque circundante. Había arísaros, mirtos y col fétida por doquier, brotando de la roja tierra arcillosa. Yo buscaba un buen sitio para estar un poco en soledad, para detenerme y apoyar la cabeza en un tronco caído junto a un arroyo repleto de renacuajos.
En verano, con mi hermano y leal teniente Todd, reptábamos por los polvorientos campos próximos a las canteras. Mi obediente hermana estaba en su puesto, lista para vendarnos las heridas y darnos de beber con la cantimplora del ejército de mi padre.
En un día así, cuando regresaba renqueando a la retaguardia bajo un sol de justicia, mi madre me abordó.
-¡Patricia -me reprendió-, ponte una camiseta!
-Hace demasiado calor -me quejé-. Nadie más lleva camiseta.
-Haga o no calor, ya es hora de que empieces a ponerte camiseta.
Estás a punto de convertirte en una señorita.
Yo protesté con vehemencia y anuncié que no iba a convertirme nunca en nada salvo en mí misma, que pertenecía al clan de Peter Pan y nosotros no nos hacíamos adultos.
Mi madre ganó la discusión y me puse la camiseta, pero no puedo ni decir lo traidora que me sentí en aquel momento. Observé tristemente a mi madre mientras realizaba sus tareas femeninas, fijándome en su voluptuoso cuerpo de mujer. Todo parecía ser contrario a mi naturaleza.
El penetrante olor de su perfume y el color rojo de su barra de labios, tan fuerte en los años cincuenta, me repugnaban. Ella era la mensajera y también el mensaje. Aturdida y altiva, con mi perro al lado, soñé con viajar. Con huir y alistarme en la Legión Extranjera, con ser ascendida y atravesar el desierto con mis hombres.
Hallé consuelo en los libros. Curiosamente, fue Louisa May Alcott quien me procuró una perspectiva positiva de mi destino como mujer.
Jo, la chicazo de las cuatro hermanas March en Mujercitas, escribe para contribuir al sostén de su familia, que está pasando graves apuros económicos durante la guerra de Secesión. Llena páginas enteras de sus desordenados garabatos, más adelante publicados en la sección literaria del
periódico local. Ella me dio valor para fijarme una nueva meta y pronto estaba ideando cuentecitos y contando largos relatos a mis hermanos.
A partir de entonces, acaricié la idea de que un día escribiría un libro.
Al año siguiente, mi padre hizo la excepción de llevarnos al Museo de Arte de Filadelfia. Mis padres trabajaban mucho, y llevar a cuatro niños a Filadelfia en autobús resultó caro y agotador. Fue la única salida de aquella clase que hicimos en familia y la primera vez que me encontré cara a cara con el arte. Sentí cierta identificación física con los largos y lánguidos Modiglianis; me conmovieron los elegantes bodegones de Sargent y Thomas Eakins; me deslumbró la luz que emanaba de los impresionistas. Pero fueron las obras de una sala dedicada a Picasso,  de sus arlequines a su cubismo, lo que más hondo me caló. Su confianza brutal me dejó sin respiración.
Mi padre admiraba la calidad técnica y el simbolismo de la obra de Salvador Dalí, pero no veía ningún mérito en Picasso, lo cual motivó nuestro primer desacuerdo serio. Mi madre se ocupó de reunir a mis hermanos, que estaban deslizándose por los impecables suelos de mármol.
Sé que, mientras bajábamos la suntuosa escalera en fila india, yo parecía la misma de siempre, una niña de doce años carilarga y desgarbada.
Pero, en mi fuero interno, sabía que me había transformado, conmovida por la revelación de que los seres humanos crean arte, de
que ser artista era ver lo que otros no podían ver.
Pese a mi deseo, nada me indicaba que tuviera vocación de artista.
Me imaginaba que sentía la llamada y rezaba para que así fuera. Pero una noche, mientras veía La canción de Bernadette protagonizada por Jennifer Jones, me fijé en que la joven santa no pedía tener vocación religiosa.
Era la madre superiora quien ansiaba la santidad, aunque la elegida fuera Bernadette, una humilde campesina. Aquello me preocupó.
Me planteé si estaba destinada a ser artista. No me importaban los sufrimientos de tener vocación, sino carecer de ella.
Di un estirón. Medía casi un metro setenta y pesaba poco más de cuarenta y cinco kilos. A los catorce años, ya no era comandante de un ejército reducido pero leal, sino una adolescente delgaducha marginada y ridiculizada por sus compañeros. Me sumergí en los libros y el rock and roll, la salvación de los adolescentes en 1961. Mis padres trabajaban de noche. Cuando terminábamos nuestras tareas y deberes, Toddy, Linda y yo bailábamos al ritmo de músicos como James Brown, The Shirelles y Hank Ballard & The Midnighters. Con toda modestia puedo decir que éramos tan buenos en la pista de baile como lo habíamos sido en el campo de batalla.
Yo dibujaba, bailaba y escribía poemas. No tenía talento, pero era imaginativa y mis profesores me animaban. Cuando gané un concurso patrocinado por la tienda de pinturas local Sherwin-Williams, mi obra se expuso en el escaparate y con el dinero del premio me compré una caja de pinturas al óleo. Arrasé bibliotecas y bazares en busca de libros de arte. Por aquel entonces se podían encontrar volúmenes bonitos por una miseria, y yo era feliz habitando en el mundo de Modigliani, Dubuffet, Picasso, Fra Angelico y Albert Ryder.
Cuando cumplí dieciséis años, mi madre me regaló La fabulosa vida de Diego Rivera. Me quedé extasiada con el tamaño de sus murales, las descripciones de sus viajes y tribulaciones, sus amores y fatigas. Ese verano, conseguí un empleo en una fábrica no sindicada que consistía en inspeccionar manillares de triciclos. Era un lugar espantoso.
Me refugiaba en mis ensoñaciones mientras trabajaba a destajo. Suspiraba por ingresar en el círculo de los artistas: su hambre, su modo de vestir, su proceso creativo y sus oraciones. Solía jactarme de que un día iba a ser la amante de un artista. A mi mente juvenil, nada le parecía más romántico. Me imaginaba como Frida para Diego, musa tanto como creadora. Soñaba con conocer a un artista a quien amar y apoyar,
con el cual trabajaría codo con codo.

-Patti Smith (“Éramos unos niños”)

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