.éramos unos niños-Patti Smith-5

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“Robert Michael Mapplethorpe nació un lunes, el 4 de noviembre de 1946. Criado en Floral Park, Long Island, el tercero de seis hijos, fue un niño travieso cuya despreocupada juventud estuvo teñida de una exquisita fascinación por la belleza. Sus tiernos ojos captaban todos los juegos de luces, el centelleo de una joya, los suntuosos adornos de un altar, el lustre de un saxofón dorado o un campo de estrellas azules. Era refinado, tímido y meticuloso. Tenía, incluso de pequeño, una pasión innata y ganas de apasionar.
La luz bañaba las páginas de su cuaderno para colorear, sus manos infantiles. Colorear lo estimulaba, no el acto de rellenar el espacio, sino escoger colores que nadie más elegiría. En el verde de las colinas él veía rojo. Nieve morada, piel verde, sol plateado. Le gustaba el efecto que aquello causaba en los demás, que perturbara a sus hermanos. Descubrió que tenía talento para hacer bocetos. Era un dibujante nato y tergiversaba
y abstraía sus imágenes en secreto, percibiendo sus crecientes facultades. Era artista y lo sabía. No se trataba de una noción infantil.
Se limitaba a reconocer lo que era suyo.
La luz bañaba los componentes de su querido maletín para diseñar joyas, los frascos de esmalte y los minúsculos pinceles. Tenía los dedos ágiles. Disfrutaba con su aptitud para montar y decorar broches para su madre. No le preocupaba que fuera un pasatiempo de niñas, que un maletín para diseñar joyas fuera un regalo navideño tradicional para una niña. Su hermano mayor, un as de los deportes, se reía de él mientras trabajaba. Su madre, Joan, fumaba un cigarrillo tras otro y admiraba la imagen de su hijo sentado a la mesa, ocupado en diseñarle otro collar más de diminutas cuentas indias. Aquellos collares fueron precursores de los que él llevaría más adelante, cuando hubo roto con su padre y abandonado sus opciones católica, empresarial y militar como consecuencia de las experiencias psicodélicas y su compromiso de vivir únicamente para el arte.
Aquella ruptura no fue fácil para Robert. No podía negar lo que tenía dentro, pero también quería complacer a sus padres. Robert rara vez hablaba de su infancia o familia. Siempre decía que lo habían educado bien, que nunca le había faltado de nada en el aspecto material.
Pero siempre reprimía sus verdaderos sentimientos, imitando el carácter estoico de su padre.
Su madre soñaba con que se ordenara sacerdote. A él le gustaba ser monaguillo, pero lo disfrutaba sobre todo porque le permitía acceder a lugares secretos, la sacristía, las cámaras prohibidas, las sotanas y los rituales. No tenía una relación religiosa ni piadosa con la Iglesia, sino estética. La emoción de la batalla entre el bien y el mal le atraía, quizá porque reflejaba su conflicto interno y ponía de manifiesto una línea que tal vez necesitaría cruzar. Pese a ello, en su primera comunión estuvo orgulloso de haber cumplido aquel sacro cometido y le gustó ser el foco de atención. Lucía un enorme lazo blanco como los de Baudelaire y un brazalete idéntico al que había llevado un Arthur Rimbaud muy altivo.
No había ningún rastro de cultura o desorden bohemio en la casa de sus padres. Estaba limpia y ordenada y era un ejemplo de la mentalidad burguesa de la posguerra, las revistas en el revistero, las joyas en el joyero. Su padre, Harry, podía ser severo y crítico y Robert heredó tales cualidades de él, así como sus dedos fuertes y sensibles. De su madre había heredado el sentido del orden y una sonrisa torcida que siempre hacía pensar que tenía un secreto. Había unos cuantos dibujos de Robert colgados en la pared del pasillo.
Mientras vivió con sus padres, hizo todo lo posible por ser un hijo obediente e incluso eligió los estudios que exigía su padre: publicidad.
Si descubría alguna cosa por su cuenta, se la guardaba para sí.
A Robert le encantaba oír mis aventuras de infancia, pero, cuando yo le preguntaba por las suyas, tenía poco que decir. Respondía que su familia nunca conversaba mucho, ni leía ni compartía sentimientos íntimos.
No tenían una mitología colectiva; una historia de traiciones, tesoros y fuertes en la nieve. Era una existencia segura, pero no una vida de cuento de hadas.
«Mi familia eres tú», decía.

-Patti Smith (“Éramos unos niños”)

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