.vuelo Nocturno VIII

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-VIII Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-VIII (1) Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-VIII (2)
 
Rivière había salido para andar un poco y eludir el malestar naciente.
Él, que sólo vivía para la acción —una acción dramática—, sentía extrañamente que el drama se desplazaba, se hacía personal.
Pensó que, alrededor de su quiosco de música, los pequeños burgueses de las pequeñas ciudades vivían una vida en apariencia silenciosa, pero algunas veces henchida también de dramas: la enfermedad, el amor, la muerte, y tal vez…
Su propia dolencia le enseñaba muchas cosas: «Abre ciertas ventanas», se decía.
Luego, hacia las once de la noche, respirando ya mejor, se encaminó a la oficina.
Lentamente se abría paso entre el gentío que se agolpaba ante la puerta de los cines.
Alzó los ojos a las estrellas, que lucían sobre la estrecha calle, borradas casi porlos anuncios luminosos, y pensó: «Esa noche, con mis dos correos en vuelo, soy responsable del cielo entero.
Esa estrella es un mensajero que me busca entre la muchedumbre, y que me encuentra: por eso me siento algo extranjero, algo solitario.»
Se acordó de una frase musical: algunas notas de una sonata que escuchara ayer con unos amigos.
Éstos no la habían comprendido: «Ese arte nos aburre y le aburre, sólo que usted no lo confiesa.»
«Tal vez…», respondió.
Se había sentido, como hoy, solitario, pero muy pronto había descubiertola riqueza de tal soledad.
El mensaje de aquella música venía a él, sólo a él,entre los mediocres, con la suavidad de un secreto.
Como el mensaje de la estrella. Ambos le hablaban, por encima de tantos hombros, en un lenguaje que sólo él entendía.
Sobre la acera le empujaban; pensó aún: «No me enfadaré. Me parezco al padre de un niño enfermo, que anda en medio de la multitud a pasos cortos.
Lleva en sí el gran silencio de su hogar.»
Levantó los ojos para mirar atentamente a los hombres. Intentaba encontrar los que llevaban consigo, quietamente, su invención o su amor, y se acordó de la soledad de los torreros de los faros.
El silencio de las oficinas le complació. Las atravesaba lentamente, una después de otra, y sus pasos resonaron solos.
Las máquinas de escribir dormían bajo los hules. Los grandes armarios estaban cerrados sobre los expedientes en orden. Diez años de experiencias y de trabajo.
Se le ocurrió que visitaba los subterráneos de un Banco; allí donde se amontonan las riquezas. Pensaba que cada uno de aquellos registros acumulaba algo mejor que el oro: una fuerza viviente pero dormida, como el oro de los Bancos.
En alguna parte encontraría el único secretario en vela. Un hombre trabajaba en alguna parte para que la vida fuese continua, para que la voluntad
fuese continua y, así, de escala en escala, para que jamás, de Toulouse a Buenos Aires, se rompiera la cadena. «Ese hombre desconoce su
grandeza.»
Los correos, en alguna parte, luchaban.
El vuelo nocturno duraba como una enfermedad: era preciso velar.
Era preciso asistir a aquellos hombres
que con las manos y con las rodillas, pecho contra pecho, afrontaban la oscuridad, y que no conocían nada más, absolutamente nada más, que cosas
movedizas, invisibles, de las que era necesario salirse, como de un mar, a fuerza de brazos ciegos.
¡Qué terribles confesiones a veces!
«He iluminado mis manos para verlas…»
En ese baño rojo de fotógrafo, sólo el terciopelo de las manos. Es preciso salvarlo; es lo único que queda en el mundo.
Rivière empujó la puerta de la oficina. Una sola lámpara, en un muro, creaba una playa clara.
El martilleo de una sola máquina de escribir daba sentido a ese silencio, sin colmarlo.
El campanilleo del teléfono temblaba a veces; entonces, el secretario de guardia se levantaba, y se dirigía hacia aquella llamada repetida, obstinada, triste.
El secretario de guardia descolgaba el receptor y la angustia invisible se calmaba: era una conversación muy tranquila en un rincón de sombra.
Luego, impasible, el hombre volvía a su mesa, el rostro cerrado por la soledad y el sueño, sobre un secreto indescifrable.
¡Qué amenaza trae una llamada, que arriba del exterior, de la noche, cuando dos correos están en vuelo!
Rivière pensaba en los telegramas que les llegan a las familias bajo las lámparas nocturnas, y en la desgracia que, durante unos segundos, casi eternos, se cierne en secreto sobre el rostro del padre.
Onda primero sin fuerza, tan tranquila, tan lejos del grito lanzado.
Percibía su débil eco en cada discreto campanilleo.
Y los movimientos del hombre, que la soledad hacía lento como un nadador entre dos aguas, volviendo de la oscuridad hacia su lámpara, como un buzo al remontarse, le parecían cada vez henchidos de secretos.
—No se mueva. Voy yo.
Rivière descolgó el aparato y oyó un murmullo de gente.
—Aquí, Rivière.
Un débil tumulto, luego una voz:
—Le pongo en comunicación con la estación de radio.
Un nuevo tumulto, el de las clavijas en el cuadro; luego otra voz:
—Aquí, la estación de radio. Vamos a comunicarle los telegramas.
Rivière los anotaba y meneaba la cabeza:
—Bien… Bien.
Sin importancia.
Mensajes regulares del servicio.
Río de Janeiro pedía una información.
Montevideo hablaba del tiempo, y Mendoza del material.
Eran los ruidos familiares de la casa.
—¿Y los correos?
—El tiempo es tempestuoso. No los entendemos.
—Bien.
Rivière consideró que la noche aquí era pura, las estrellas brillantes, pero los radiotelegrafistas descubrían en ella el aliento de lejanas borrascas.
—Hasta luego.
Rivière se levantó, el secretario le abordó:
—Las notas del servicio, para la firma, señor…
—Bien.
Rivière descubría en él una gran amistad por este hombre, que cargaba también con el peso de la noche.
«Un camarada de combate —pensaba Rivière—. No sabrá nunca, sin duda, cuánto nos une esta vela.»
-Antoine de Saint-Exupéry

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