.éramos unos niños-Patti Smith-6

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“Cuando era adolescente, me metí en problemas.
En 1966, a finales del verano, me acosté con un chico incluso más inexperto que yo y concebimos de forma instantánea. Consulté a un médico, que no se tomó en serio mi preocupación y me despidió con un sermón un poco confuso sobre el ciclo femenino. Pero, conforme pasaban las semanas, supe que estaba encinta.
Me eduqué en una época en que el sexo y el matrimonio eran sinónimos.
No se podían conseguir anticonceptivos y, a mis diecinueve años, yo aún era ingenua con respecto al sexo. Nuestra unión fue brevísima; tan tierna que no estaba totalmente segura de que hubiéramos consumado nuestro afecto. Pero la naturaleza, con toda su fuerza, tendría la última palabra. La ironía de que yo, que jamás había querido ser chica ni adulta, me encontrara en aquel apuro no se me escapaba. La naturaleza me había dado una lección de humildad.
El chico, que solo tenía diecisiete años, era tan inexperto que difícilmente se le podían pedir responsabilidades. Iba a tener que ocuparme de todo sola. El día de Acción de Gracias por la mañana, me quedé sentada en la cama plegable del cuarto de la ropa de mis padres. Allí era donde dormía los veranos que trabajaba en la fábrica y el resto del año mientras estudiaba en la facultad de magisterio de Glassboro. Oí a mis padres haciendo café y las risas de mis hermanos cuando se sentaron a la mesa. Yo era la mayor y el orgullo de la familia porque estaba en la universidad. A mi padre le preocupaba que no fuera lo bastante atractiva para encontrar marido y pensaba que la docencia me proporcionaría seguridad. Sería un duro golpe para él si no terminaba mis estudios.
Me quedé mucho tiempo sentada, mirándome las manos apoyadas en la barriga. Había eximido al muchacho de toda responsabilidad. Él era como una mariposa nocturna que pugnaba por salir del capullo y yo no tenía valor para perturbar su torpe salida al mundo. Sabía que él no podía hacer nada. También sabía que yo era incapaz de hacerme cargo de un bebé. Había pedido ayuda a una benévola profesora y ella había encontrado un matrimonio culto que suspiraba por tener un hijo.
Inspeccioné mi cuarto: una lavadora y secadora, una gran cesta de mimbre rebosante de ropa blanca sin lavar, las camisas de mi padre dobladas en la tabla de planchar. Había una mesita donde había colocado mis lápices, mi cuaderno de dibujo y el libro Iluminaciones. Seguí sentada, preparándome para enfrentarme a mis padres, rezando para mis adentros. Por un instante, sentí que me podía morir, pero, con la misma
inmediatez, supe que todo iría bien.
Es imposible describir la inesperada calma que me invadió. La arrolladora sensación de que tenía un objetivo en la vida eclipsó mis temores.
La atribuí al bebé. Imaginé que entendía mi situación. Me sentía totalmente dueña de mí misma. Cumpliría con mi deber y me mantendría fuerte y sana. Jamás miraría atrás. No regresaría a la fábrica ni a la facultad de magisterio. Sería una artista. Demostraría mi valía. Con aquel nuevo propósito, me levanté y fui a la cocina.
Me echaron de la facultad, pero ya no me importaba. Sabía que no estaba destinada a ser maestra, aunque me parecía una ocupación admirable.
Continué viviendo en el cuarto de la ropa.
Mi compañera de la facultad, Janet Hamill, me levantó el ánimo.
Había perdido a su madre y vino a vivir con mi familia. Compartí con ella mi reducido espacio. Las dos teníamos nobles ideales, pero también pasión por el rock and roll, y nos pasábamos las noches comparando a los Beatles con los Rolling Stones. Habíamos hecho cola durante horas en Sam Goody para comprar Blonde on Blonde y buscado por toda Filadelfia un pañuelo como el que Bob Dylan llevaba en la carátula. Encendimos
una vela por él cuando tuvo su accidente de motocicleta. Nos tumbamos en la hierba para escuchar «Light My Fire» en la radio del abollado coche de Janet, aparcado en la cuneta con las puertas abiertas.
Nos cortamos las faldas largas igual que la mini de Vanessa Redgrave en Blow-Up y buscamos gabanes en tiendas de segunda mano como los que llevaban Oscar Wilde y Baudelaire.
Janet fue mi leal amiga durante mi primer trimestre de embarazo, pero llegó un momento en que tuve que buscar refugio en otra parte.
Los vecinos puritanos hacían la vida imposible a mis padres, tratándolos como si estuvieran cobijando a una delincuente. Encontré una familia sustituta, también apellidada Smith, más al sur, junto al mar. Un pintor y su esposa ceramista me acogieron amablemente. Tenían un hijo pequeño y el suyo era un entorno disciplinado pero amoroso, regido por la comida macrobiótica, la música clásica y el arte. Yo me sentía sola, pero Janet me visitaba siempre que podía. Tenía algo de dinero para mis gastos. Todos los domingos daba un largo paseo por la playa hasta un bar desierto para tomarme un café y un bollo relleno de mermelada, dos cosas prohibidas en un hogar gobernado por los alimentos sanos. Saboreaba aquellos pequeños lujos y metía veinticinco centavos en la máquina de discos para escuchar «Strawberry Fields» tres veces seguidas. Era mi ritual particular y las palabras y la voz de John Lennon me daban fuerzas cuando vacilaba.
Después de Semana Santa, mis padres vinieron a buscarme. Mi parto coincidía con la luna llena. Me llevaron al hospital de Camden.
Debido a mi soltería, las enfermeras fueron extremadamente crueles e indiferentes y me dejaron en una camilla durante varias horas antes de informar al médico de que estaba de parto. Se burlaron de mí por mi pinta de beatnik y mi conducta inmoral. Me llamaron «hija de Drácula» y amenazaron con cortarme la larga melena negra. Cuando llegó el médico, se enfadó mucho. Lo oí gritar a las enfermeras que el niño venía
de nalgas y no deberían haberme dejado sola. Mientras tenía fuertes contracciones, por una ventana abierta oí a niños cantando a cappella.
Armonía a cuatro voces en las calles de Camden, Nueva Jersey.
Cuando la anestesia me hizo efecto, lo último que recuerdo es la cara de preocupación del médico y los susurros de sus ayudantes.
Mi hijo nació en el aniversario del bombardeo de Guernica. Recuerdo que pensé en el cuadro, una mujer que llora con su hijo muerto en brazos. Aunque mis brazos estarían vacíos y había llorado, mi hijo viviría, estaba sano y cuidarían bien de él. Confiaba y creía en aquello con toda mi alma.
El día de los Caídos cogí un autobús a Filadelfia para visitar la estatua de Juana de Arco próxima al Museo de Arte. No había ido a verla en mi primera visita a Filadelfia cuando era pequeña. Qué hermosa estaba a lomos de su caballo, alzando su estandarte hacia el sol, una adolescente que restituyó en el trono a su rey encarcelado solo para ser traicionada y quemada en la hoguera ese mismo día. La joven Juana de Arco, a quien yo había conocido a través de los libros, y el hijo a quien no conocería jamás. Prometí a los dos que haría algo con mi vida y cogí el autobús de vuelta, parándome en Camden para comprarme una larga gabardina gris en la tienda de beneficencia de Goodwill Industries.
Ese mismo día, en Brooklyn, Robert se colocó con LSD. Ordenó su área de trabajo y puso su cuaderno y lápices de dibujo en una mesa baja con un cojín para sentarse. Extendió una lámina de papel revestido de arcilla en la mesa. Sabía que a lo mejor no podía dibujar cuando el ácido le subiera, pero quería tener sus instrumentos cerca por si los necesitaba.
Ya había intentado trabajar bajo los efectos del LSD, pero aquello lo conducía hacia espacios negativos, zonas que, normalmente, tenía la fortaleza de eludir. A menudo, la belleza que contemplaba era un engaño y su producto resultaba agresivo y desagradable. No se planteaba qué significaba aquello. Solo era así.
Al principio, el LSD le pareció inofensivo y eso lo decepcionó, porque había tomado más que de costumbre. Había pasado por la fase de anticipación y agitación nerviosa. Le encantaba aquella sensación.
Identificó la emoción y el temor que notaba en el estómago. Solía experimentarlos cuando era monaguillo y, vestido con su sotanita, esperaba tras las cortinas de terciopelo cargado con la cruz, listo para marchar en procesión.
Pensó que no iba a suceder nada.
Enderezó un marco dorado sobre la repisa de la chimenea. Percibió la sangre corriéndole por las venas, atravesándole la muñeca y los relucientes bordes del puño de la camisa. Percibió la habitación en planos, sirenas y ladridos de perros, la pulsación de las paredes. Advirtió que estaba apretando los dientes. Percibió su propia respiración como la respiración de un dios moribundo. Una lucidez terrible se apoderó de él; una
fuerza paralizante que lo postró de rodillas. Ante él se desplegó un hilo de recuerdos como arropía: rostros acusadores de compañeros cadetes, agua bendita que inundaba la letrina, compañeros de clase que pasaban como perros indiferentes, la desaprobación de su padre, su expulsión del Cuerpo de Adiestramiento de Oficiales de la Reserva y las lágrimas de su madre, cuya soledad se mezcló con el apocalipsis de su mundo.
Intentó levantarse. Se le habían dormido las piernas. Consiguió ponerse en pie y se las restregó. Tenía las venas de las manos hinchadísimas.
Se quitó la camisa húmeda y empapada de luz para mudar las pieles que lo encarcelaban.
Miró la lámina extendida en su mesa. Vio la obra, aunque no estuviera dibujada aún. Se agachó y trabajó con seguridad bajo los últimos rayos de luz vespertina. Hizo dos dibujos, inseguros y amorfos. Escribió las palabras que había visto y percibió la gravedad de lo que había escrito: «Destrucción del universo. 30 de mayo de 1967». «Está bien», pensó, con cierta tristeza. Porque nadie vería lo que había visto él, nadie lo comprendería. Estaba habituado a aquella sensación.
La tenía desde que nació, pero, antes, había intentado compensarla, como si fuera culpa suya. Lo había hecho con su carácter dulce, buscando la aprobación de su padre, sus profesores, sus compañeros.
No sabía a ciencia cierta si era buena o mala persona. Si era altruista. Si era demoníaco. Pero de una cosa estaba seguro: era un artista. Y por eso no se disculparía jamás. Se apoyó en una pared y se fumó un cigarrillo. Se sentía envuelto en claridad, un poco tembloroso, pero sabía que aquello solo era físico. Estaba comenzando a notar otra sensación para la que no tenía nombre. Se sentía dueño de su vida. Ya no volvería a ser un esclavo.
Cuando anocheció, advirtió que tenía sed. Le apetecía un vaso de leche con cacao. Había un sitio que estaría abierto. Se palpó el bolsillo donde llevaba algunas monedas, dobló la esquina y se dirigió a Myrtle Avenue, sonriendo en la oscuridad.
-Patti Smith (“Éramos unos niños”)

 

 

 

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