Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-IX

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-IX (1)

Cuando volvía a su despacho particular, con un legajo de papeles en la
mano, Rivière experimentó en su costado derecho el vivo dolor que, desde
hacía algunas semanas, le atormentaba.
«No estoy bien…»
Se apoyó por un instante contra la pared:
«Pero es ridículo.»
Luego alcanzó su sillón.
Una vez más se sentía entumecido como un viejo león, y una gran tristeza
le embargó.
«¡Tanto trabajo para acabar así! Tengo cincuenta años; en cincuenta años
he llenado mi vida, me he formado, he luchado, he alterado el curso de los
acontecimientos; y he aquí lo que ahora me ocupa, y me llena, y hace
decrecer el mundo en importancia… Es ridículo.»
Esperó, enjugóse un leve sudor, y, cuando el malestar se hubo calmado,
trabajó.
Examinaba lentamente las notas.
«Hemos comprobado en Buenos Aires que, mientras se desmontaba el
motor 301…, impondremos una sanción grave al responsable.»
Firmó.
«La escala de Florianópolis, no habiendo observado las instrucciones…»
Firmó.
«Desplazaremos por medida disciplinaria al jefe de aeropuerto Richard,
que…»
Firmó.
Luego, como aquel dolor en el costado, adormecido pero presente y nuevo
como un nuevo sentido de la vida, le obligaba a pensar en sí, casi se amargó.
«¿Soy justo o injusto? Lo ignoro. Si castigo, las averías disminuyen. El
responsable no es el hombre, sino algo como una potencia oscura que jamás
se alcanza si no se alcanza a todo el mundo. Si fuese muy justo, un vuelo
nocturno sería cada vez un peligro de muerte.»
Le invadió cierto cansancio por haber trazado tan duramente esta vía.
Pensó que la piedad es buena. Seguía hojeando las notas, absorto en su
ensueño.
«…en cuanto a Roblet, a partir de hoy, cesará de formar parte de nuestro
personal.»
Vio con la imaginación a aquel viejo bonachón y se le hizo presente la
conversación de la noche anterior.
«—Un ejemplo; ¿qué quiere usted? Es un ejemplo.
»—Pero, señor; pero, señor. Por una vez, sólo
por una vez; piense usted en ello, ¡he trabajado toda mi vida!
»—Es preciso dar un ejemplo.
»—Pero, señor… ¡Vea usted, señor!»
Entonces surgió aquella gastada cartera y aquella vieja hoja de periódico
donde aparece Roblet, joven, al lado de un avión.
Rivière veía temblar las viejas manos sobre aquella gloria ingenua.
«—Es el año 1910, señor… ¡Soy yo quien montó, aquí, el primer avión de
la Argentina! ¡La aviación, después de 1910…! ¡Señor, son veinte años!
¿Cómo puede usted entonces decir…? ¡Y los jóvenes, señor, cómo se van a
reír en el taller…! ¡Ah, se reirán como locos!
»—Eso no me importa.
»—¿Y mis hijos, señor? ¡Yo tengo hijos!
»—Ya se lo he dicho: le ofrezco una plaza de peón.
»—¡Mi dignidad, señor, mi dignidad! Pero, señor, son veinte años de
aviación, un antiguo obrero como yo…
»—De peón.
»—¡Rehuso, señor, rehuso!»
Las viejas manos temblaban, y Rivière apartó los ojos de aquella piel
ajada, gruesa y bella.
«—De peón.
»—No, señor, no…, quiero decirle aún…
»—Puede retirarse.»
Rivière pensó: «No es a él a quien he despedido así, tan brutalmente; es al
mal del que él, tal vez, no es responsable, pero que sucedía a causa de él.»
«Porque a los acontecimientos se los manda —pensaba Rivière—, y
obedecen, y así se crea. Y los hombres pobres son cosas, y se les crea también.
O se los aparta cuando el mal pasa por ellos.»
«Quiero decirle aún…» ¿Qué es lo que quería decir el pobre viejo? ¿Que
se le arrebataban sus viejas alegrías? ¿Que amaba el ruido de las herramientas
sobre el acero de los aviones, que se privaba a su vida de una gran
poesía, y, además…, que es preciso vivir?
«Estoy muy fatigado», pensaba Rivière. La fiebre subía, acariciante.
Golpeaba la hoja y pensaba: «Amaba mucho el rostro de ese viejo compañero…
» Y Rivière veía de nuevo sus manos. Bastaría decir: «Bien. Bien.
Quédese.» Rivière veía ya la ola de alegría que bajaría sobre aquellas viejas
manos. Y ese gozo que dirían, que iban a decir, no el rostro, sino esas viejas
manos de obrero, le parecía la cosa más hermosa del mundo. «¿Rompo esta
nota?» y la familia del viejo, y esa vuelta al hogar, por la noche, y ese
modesto orgullo:
«—¿Así, pues, continúas en el trabajo?
»—¡Pues claro! ¡Soy yo quien montó el primer avión de la Argentina!»
Y los jóvenes que ya no se reirían más, y ese prestigio reconquistado por
el antiguo…
«¿La rompo?»
El teléfono se dejó oír; Rivière lo descolgó. Un tiempo largo, luego esa
resonancia, esa profundidad que causan el viento y el espacio a la voz humana.
Por fin habló:
—Aquí, el campo. ¿Quién está ahí?
—Rivière.
—Señor director, el 650 está en la pista.
—Bien.
—Todo listo, ya; pero, a última hora, hemos debido rehacer el circuito
eléctrico: las conexiones eran defectuosas.
—Bien. ¿Quién ha montado el circuito?
—Lo averiguaremos. Si usted lo permite, aplicaremos sanciones: ¡una
avería de luz a bordo puede ser algo grave!
—Cierto.
Rivière pensó: «Si no se arranca el mal cuando se le encuentra,
dondequiera que esté, se producen luego averías en la luz: es un crimen
flaquear cuando por azar se descubren sus instrumentos: Roblet partirá.»
El secretario, que nada ha visto, sigue tecleando.
—¿Qué es?
—La contabilidad quincenal.
—¿Por qué no está lista aún?
—Yo…
—Luego lo veremos.
«Es curioso ver cómo recobran su imperio los acontecimientos, cómo se
muestra una enorme fuerza oscura, la misma que levanta las selvas vírgenes,
que crece, que forcejea, que ruge de todas partes alrededor de las grandes
obras.» Rivière pensaba en esos templos que pequeñas lianas aterran.
«Una gran obra…»
Pensó aún para tranquilizarse: «Quiero a todos estos hombres, y no es a
ellos a quienes combato, sino a lo que sucede por ellos…»
Su corazón latía a golpes rápidos, que le hacían sufrir.
«No sé si lo que hago está bien. Ignoro el exacto valor de la vida humana,
de la justicia, o del dolor. Ignoro con exactitud lo que vale el gozo de un
hombre. O una mano que tiembla. O la piedad, o la dulzura…»
Meditó:
«La vida se contradice tanto, que uno se las arregla como puede con la
vida… Pero perdurar, crear, cambiar el cuerpo perecedero…»
Rivière reflexionó, luego llamó:
—Telefoneen al piloto del correo de Europa. Que venga a verme antes de
despegar.
Pensaba:
«Es preciso que ese correo no dé media vuelta inútilmente. Si no sacudo a
mis hombres, siempre les inquietará la noche.»

-Antoine de Saint-Exupéry

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