.el yoga de las sonrisas

angeles visibles

“Recordad que sólo tenéis un alma;
que sólo tenéis una muerte para morir;
que sólo tenéis una vida, que es corta y que sólo podéis vivir vosotras;
y que sólo hay una gloria, que es eterna.
Si hacéis esto, habrá muchas cosas que no os preocuparán en absoluto.”
-Santa Teresa de Jesús

 

“Probablemente hemos desempeñado algún papel en un milagro o dos y ni siquiera lo sabemos.
Tendemos a pensar en los milagros como en intervenciones teatrales, cósmicas, en el contexto de enfermedades terminales o dramas similares, pero cada día ocurren millones de milagros que, en consonancia con la naturaleza de los actos de poder invisibles, pasan inadvertidos.
Pero, como ha escrito el maestro zen Thich Nhat Hanh: «Cada día participamos en un milagro que ni siquiera reconocemos: cielo azul, nubes blancas, hojas verdes, los ojos negros y curiosos de un niño, nuestros propios ojos. Todo es un milagro.»
Thich Nhat Hanh también nos enseña que debemos practicar el «yoga de la boca»: el poder de una sonrisa.

Jane L. comunicó una experiencia sencilla pero extraordinaria.
Escribió: «A principios de 1973, al haber acabado el bachillerato antes de tiempo, empecé a trabajar a jornada completa antes de entrar en la universidad. Un día, estaba conduciendo sola cuando, de repente, me note completamente desconectada del mundo. Mis amigos todavía iban al instituto y yo no sentía ninguna conexión con ellos. Tuve la profunda sensación de estar completamente sola en el universo. Seguí conduciendo y a mi lado pasó un coche guiado por un desconocido. Nuestras miradas se cruzaron, esbozó una sonrisa e hizo el ademán de saludarme cálidamente con la mano. Eso fue todo, pero, a raíz de aquel gesto, supe que no estaba sola en el mundo y recuperé mi perspectiva. Aquel tierno y pequeño milagro reconectó el espíritu de una joven con la bondad de la vida.»

La segunda historia sobre sonrisas es igual de enternecedora y sugiere, de nuevo, que a los ángeles les gustan los automóviles. Rusell D. escribe: «Hace algunos años yo estaba sumido en una depresión lo bastante fuerte como para contemplar el suicidio. Decidí no tomar ningún fármaco para mitigar los síntomas y me dejé caer en las profundidades de mi alma. En una mañana especialmente sombría, estaba a punto de cruzar la calle cuando se acercó un coche. Me detuve para dejarlo pasar, pero la conductora me hizo amablemente el gesto de que pasara yo primero. Miré aquella desconocida tras el volante y la vi sonriéndome con una gran dulzura. Y seguro que no lo hizo para devolverme la sonrisa, porque no había ninguna en mi rostro. Pero yo vi su sonrisa y la sentí; aquello me elevó más alto de lo que jamás había imaginado. Parecía un ángel y dudo mucho que algún día pueda olvidar su ternura y el efecto que puede ejercer una sonrisa sincera sobre alguien que la necesita.»

La tercera historia sobre sonrisas es otra prueba más de que los actos de poder invisibles impregnan la vida de todos los seres humano, seamos o no conscientes de ellos. Andrea W. escribe: «Me dirigía hacia mi coche una mañana en que me sentía particularmente baja de ánimos cuando se me acercó una vendedora ambulante. Aquí, en Suráfrica, las calles están plagadas de vendedores ambulantes que te molestan en cada esquina con su oferta de mercancías. Pero aquel día, cuando rechacé con amabilidad el ofrecimiento de aquella mujer, ella súbitamente me dedicó la más conmovedora, hermosa y cálida sonrisa que había visto jamás. Su sonrisa fue tan auténtica y tan sincera que se iluminó todo su rostro y yo supe que provenía de lo más hondo de su alma. Viendo la pobreza de sus ropas, supe que no tenía mucho en la vida, pero lo que le faltaba de riqueza material lo compensaba con creces con su riqueza espiritual. Aquel acto sencillo y espontáneo elevó mi espíritu y me conmovió profundamente; de hecho, ahora sigo notando sus efectos cuando pienso en ello. Me siento realmente afortunada porque creo que lo divino me tendió la mano aquel día a través de aquella mujer maravillosa cuando más lo necesitaba. No puedo explicar la impresión que aquello provocó en mí porque ¿cómo poner en palabras la sensación de una alma tendiéndole la mano a otra espontáneamente? No he vuelto a ver a aquella mujer. Yo creo que los actos de servicio adoptan la forma físicamente discreta de la oración.

Esas sonrisas visibles contenían un poder invisible.
Fueron pequeños milagros espirituales y físicos.
Los milagros están en los ojos del observador; es decir, definimos un milagro por los efectos que tienen sobre nosotros, pero yo ahora considero que toda la bondad está hecha de material de los milagros.
En mi vida, he tenido una cantidad nada despreciable de experiencias que entran en la categoría de milagros.
La fe no es una fuerza pasiva, sino activa.
Y puede mover montañas.
Dios no envía dificultades y alegrías porque necesitamos desarrollar nuestra fe;
fe en que nuestras necesidades serán colmadas;
fe en que no estamos solos;
fe en que hay un propósito superior que obra detrás de todo lo que nos ocurre y que se nos revelará en el momento oportuno.

Me encanta la siguiente historia, que yo catalogaría de milagro, aunque otros intentarían quitarle importancia. Richard H. escribe: «Asistí a una conferencia que se impartía en la Universidad de Standford en una época particularmente mala de mi vida. Tenía muchos problemas personales; el divorcio, la exposición oral de mi tesis doctoral… Yo era un caso completamente desahuciado desde el punto de vista emocional. De camino al servicio de caballeros, pasé junto a un teléfono público donde había un listín telefónico abierto al azar por una página. Por algún motivo, repasé visualmente aquella página y, cuando estaba a punto de cerrar el listín, me fijé en un nombre y un número de teléfono. No había absolutamente nada en aquel nombre o aquel teléfono que los diferenciara del resto de números de la página. De hecho, se trataba sólo de dos iniciales y un apellido. Inmediatamente asocié aquel nombre con el de una mujer que había conocido había algunos años. No sé ni por qué hice aquella conexión, puesto que ni siquiera coincidían los apellidos. Aquél era el nombre de soltera y yo la conocía por el de casada. No recuerdo cómo o por qué asocié aquellos nombres, pero lo hice. Introduje una moneda en la cabina y marqué. Ella cogió el teléfono al segundo timbre y estalló en carcajadas, diciéndome que justamente en aquel momento estaba pensando en mí. Ni siquiera nos conocíamos muy bien. Quedamos para comer. Pasamos juntos varios días y me enseño muchas cosas que me ayudaron a recuperar la confianza y a encontrarme mejor. Mantuvimos el contacto durante un par de años, pero luego le perdí la pista. De todos modos, estoy convencido de que, su la vuelvo a necesitar, ella volverá.»

-Caroline Myss “El poder invisible en acción ”

 

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