.vuelo Nocturno X

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-X

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-X (1)

 

La mujer del piloto, despertada por el teléfono, miró a su marido y pensó:
«Le dejaré dormir un poco más.»
Admiraba aquel pecho desnudo, de fuerte quilla; pensaba en un hermoso
navio.
El piloto reposaba en el lecho tranquilo, como en un puerto, y, para que
nada agitase su sueño, ella borró con el dedo ese pliegue, esa sombra, esa
ola; apaciguaba el lecho, como un dedo divino, el mar.
Levantóse, abrió la ventana, y el viento le dio en el rostro. La habitación
dominaba Buenos Aires. Una casa vecina, donde se bailaba, esparcía algunas
melodías que el viento traía, pues era la hora de los placeres y el reposo. La
ciudad encerraba a los hombres en sus cien mil fortalezas; todo estaba quieto
y seguro; pero a esta mujer le parecía que alguien iba a gritar «¡A las
armas!» y que sólo un hombre, el suyo, se erguiría. Descansaba aún, pero su
descanso era el reposo temible de reservas que van a consumirse. La ciudad
dormida no le protegía: sus luces le parecerán vanas, cuando se levante, cual
joven dios, de su polvo. Contemplaba esos brazos sólidos que, dentro de una
hora, llevarían la suerte del correo de Europa, responsables de algo grande,
como el destino de una ciudad. Turbóse por ello. Aquel hombre, en medio de
aquellos millones de hombres, era el único preparado para el extraño sacrificio.
Se apenó. Él escapaba así a su dulzura. Ella lo había alimentado,
velado, acariciado, no para sí misma, sino para esta noche que iba a arrebatárselo.
Para luchas, para angustias, para victorias, de las que ella nada
sabría. Aquellas manos tiernas eran todo suavidad, pero sus verdaderas
tareas eran oscuras. Ella conocía las sonrisas de este hombre, sus
precauciones de amante, pero no, en la tormenta, sus divinas cóleras. Ella le
cargaba de tiernos lazos: de música, de amor, de flores; pero cuando sonaba
la hora de la partida, estos lazos caían sin que él pareciese sufrir por ello.
Abrió los ojos.
—¿Qué hora es?
—Medianoche.
—¿Qué tiempo hace?
—No sé…
Se levantó. Andaba lentamente hacia la ventana, desperezándose.
—No tendré mucho frío. ¿Cuál es la dirección del viento?
—¿Cómo quieres que lo sepa…?
Él se inclinó.
—Sur. Muy bien. Esto dura, por lo menos hasta el Brasil.
Fijóse en la luna, y se supo rico. Luego sus ojos bajaron hacia la ciudad.
No la juzgó dulce, ni brillante, ni cálida. Veía ya derramarse la arena vana
de sus luces.
—¿En qué piensas?
Él pensaba en la posible bruma hacia Porto Alegre.
—Tengo mi estrategia. Sé por dónde hay que dar la vuelta.
Seguía inclinado. Respiraba profundamente, como antes de lanzarse,
desnudo, al mar.
—Ni siquiera estás triste… ¿Cuántos días estarás fuera?
Ocho, diez días. No sabía. Triste, no; ¿por qué? Aquellas llanuras,
aquellas ciudades, aquellas montañas… Le parecía que marchaba, libre, a su
conquista. Pensaba también que antes de una hora poseería y desecharía a
Buenos Aires.
Sonrió:
—Esa ciudad… muy pronto estaré lejos. Es hermoso marcharse de noche.
Se tira de la manecilla de los gases, cara al Sur y, diez segundos más tarde,
se invierte el paisaje, cara al Norte. La ciudad no es ya más que un fondo de
mar.
Ella pensaba en todo lo que es preciso desechar para conquistar.
—¿No amas tu hogar?
—Sí que lo amo…
Pero ya su mujer lo sabía en marcha. Esas espaldas pesaban ya contra el
cielo.
Ella se lo mostró:
—Tendrás buen tiempo, tu ruta está tapizada de estrellas.
Él se rió:
—Sí.
Ella puso su mano sobre este hombro y emocionóse al sentirlo tibio: esta
carne ¿estaba, pues, amenazada…?
— ¡Eres muy fuerte, pero sé prudente!
—Prudente, sí, claro…
Rió de nuevo.
Se vestía. Para esta fiesta escogía las telas más rudas, los cueros más
pesados; se vestía como un campesino. Cuanto más tosco se hacía, más lo
admiraba ella. Le ceñía el cinturón, tiraba de sus botas.
—Esas botas me molestan.
—He aquí las otras.
—Búscame un cordón para mi lámpara de socorro.
Ella le contemplaba. Reparaba el último defecto de la armadura: todo
ajustaba bien.
—Eres muy hermoso.
Vio que se peinaba cuidadosamente.
—¿Es para las estrellas?
—Es para no sentirme viejo.
—Estaré celosa…
Rió aún, la besó, y la apretó contra sus pesados vestidos. Luego la levantó
en vilo, como se levanta a una niña, y, riendo siempre, la acostó:
—¡Duerme!
Y, cerrando la puerta tras sí, dio en la calle, en medio del nocturno pueblo
incognoscible, el primer paso de su conquista.
Ella quedóse allá. Miraba, triste, las flores, los libros, la suavidad que para
él no eran más que un fondo de mar.

-Antoine de Saint-Exupéry

 

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