.vuelo Nocturno XV

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XV

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XV (1)

Este papel doblado en cuatro tal vez les salve: Fabien lo despliega,
apretados los dientes.
«Imposible entenderse con Buenos Aires. Ni siquiera puedo manipular:
me saltan chispas de los dedos.»
Fabien, irritado, quiso responder, pero cuando sus manos abandonaron los
mandos para escribir, una especie de ola poderosa penetró en su cuerpo: los
remolinos le levantaban, haciéndole oscilar en sus cinco toneladas de metal.
Renunció a escribir.
Sus manos se afirmaron de nuevo sobre el oleaje, y lo dominaron.
Fabien respiró profundamente. Si el «radio» remontaba la antena por
miedo a la tormenta, le rompería la cara en cuanto hubiesen aterrizado.
Costase lo que costase, era preciso entrar en contacto con Buenos Aires,
como si, a más de mil quinientos kilómetros, se les pudiese lanzar una
cuerda sobre este abismo. A falta de una temblorosa y casi inútil luz, como
la lámpara de un albergue, pero que les habría gritado ¡tierra!, como un faro,
les era preciso por lo menos una voz, una sola voz, llegada de un mundo que
ya no existía. El piloto sacudió el puño en su luz roja, para dar a entender a
su compañero esta trágica verdad, pero el otro, inclinado sobre el espacio devastado,
con las ciudades enterradas y las luces muertas, no lo comprendió.
Fabien hubiera seguido todos los consejos, mientras le fuesen gritados.
Pensaba: «Si me dicen que dé la vuelta en redondo, daré la vuelta; si me
dicen que marche hacia el Sur…» En alguna parte estarán esas tierras
pacíficas, tranquilas bajo las grandes sombras de la luna. Los cama-radas,
allá lejos, las conocían, instruidos como sabios inclinados sobre mapas,
todopoderosos, al abrigo de las lámparas hermosas como flores. ¿Qué sabía
él fuera de los remolinos y de la noche que lanzaba contra él su torrente
negro a la velocidad de un derrumbamiento? No podían abandonar a dos
hombres entre esas trombas y esas llamaradas que surgían en las nubes. No,
no podían hacerlo. Ordenarían a Fabien: «Dirección doscientos cuarenta.» Y
él tomaría esa dirección. Pero estaba solo.
Le pareció que también la materia se sublevaba. El motor, a cada
inclinación, vibraba tan fuerte, que toda la masa del avión se agitaba con un
temblor furioso. Fabien, con la cabeza hundida en la carlinga, cara al
horizonte del giróscopo, pues, afuera, no discernía ya la masa del cielo
de la tierra, consumía todas sus fuerzas en dominar el avión. Andaba
perdido en una oscuridad donde todo se mezclaba: la oscuridad del origen
del mundo. Las agujas de los indicadores de posición oscilaban cada vez
más aprisa, haciéndose imposibles de seguir. El piloto, al que engañaban, se
debatía mal, perdía altura, se hundía poco a poco en esa oscuridad. Leyó la
altura «quinientos metros». Era el nivel de las colinas. Sintió que sus olas
vertiginosas corrían hacia él. Diose cuenta también de que todas las masas
del suelo eran como arrancadas de su sostén, partidas a pedazos, y
empezaban a dar vueltas, ebrias, a su alrededor. Empezaban a su alrededor
una especie de danza que se estrechaba cada vez más.
Tomó una resolución. Aun a riesgo de hincarse en el suelo, aterrizaría no
importaba dónde. Y para evitar, al menos, las colinas, lanzó su único cohete
luminoso, que se inflamó, revoloteó, iluminó una llanura y se apagó: era el
mar.
Pensó rápidamente: «Me he perdido. Cuarenta grados de corrección; he
derivado enormemente. Es un ciclón. ¿Dónde se halla la tierra?» Viraba de
lleno hacia al Oeste. Pensó: «Ahora, sin cohete, es seguro que me mato.»
Pero un día u otro debía llegar la muerte. Y su camarada, allá detrás… «Ha
remontado la antena, sin duda.» Pero ya no le guardaba rencor. Puesto que,
si él mismo abriera simplemente las manos, la vida de ambos se escurriría
inmediatamente, como vana polvareda. Tenía en sus manos el corazón
palpitante de su compañero y el suyo propio. Y, de repente, sus manos le
horrorizaron.
Los remolinos de aire parecían golpes de ariete. El piloto, para amortiguar
las sacudidas del volante, que habrían roto los cables de los mandos, se
había agarrado a él con todas sus fuerzas. Y continuaba agarrado. Pero he
aquí que no se sentía ya sus manos, adormecidas por el esfuerzo. Quiso agitar
los dedos para percibir su mensaje: no supo si había sido obedecido. Era
algo desconocido, como vejigas de baldruche insensibles y blandas, lo que
tenía al final de sus brazos. Pensó: «Es preciso imaginarme que aprieto con
todas mis fuerzas…» No supo si el pensamiento había llegado hasta las manos.
Pero como sólo percibía las sacudidas del volante por el dolor de sus
hombros: «Se me escapará. Mis manos se abrirán…» Espantóse por haberse
permitido tales palabras, pues creyó sentir sus manos que, obedeciendo esta
vez la oscura potencia de la imagen, se abrían lentamente, en la sombra, para
entregarlo.
Habría podido luchar aún, probar suerte: no hay fatalidad externa. Pero sí
hay una fatalidad interior: llega un momento en el que nos descubrimos
vulnerables; entonces las faltas nos atraen como un vértigo.
Y fue en este instante cuando lucieron en su cabeza, en un desgarrón de la
tormenta, como cebo mortal en el fondo de una masa, algunas estrellas…
Juzgó que era una trampa: se ven tres estrellas por un agujero, se sube
hacia ellas, y ya no se puede descender, se permanece allí, mordiendo las
estrellas…
Sin embargo, era tal su hambre de luz, que remontó.

-Antoine de Saint-Exupéry

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