.vuelo Nocturno XIX

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XIX

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XIX (1)

Robineau lo sacó de su soledad.
—Señor director, he pensado…, se podría intentar…
No tenía nada que proponer. Pero testimoniaba así su buena voluntad.
Hubiera deseado encontrar una solución, y la buscaba como la de un
jeroglífico. Siempre encontraba soluciones que Rivière jamás escuchaba:
«Ya lo ve usted, Robineau, en la vida no existen soluciones. Existen sólo
piezas en movimiento: es preciso crearlas, y las soluciones vienen detrás.»
También Robineau limitaba su acción a crear una fuerza en movimiento en
la corporación de los mecánicos. Una humilde fuerza en movimiento, que
preservaba de la herrumbre a los cubos de hélice.
Pero los acontecimientos de esta noche encontraban a Robineau
desarmado. Su título de inspector no poseía ningún poder sobre las tormentas,
ni sobre una tripulación fantasma, que no se debatía en realidad por una
prima de exactitud, sino para escapar a una sola sanción, que anulaba las de
Robineau: la muerte.
Y Robineau, ahora inútil, vagaba por las oficinas, sin ocupación.
La mujer de Fabien se hizo anunciar. Traída por la inquietud, esperaba en
la oficina de los secretarios que Rivière la recibiese. Los secretarios, a
escondidas, alzaban sus ojos hacia este rostro. Experimentaba una especie de
vergüenza, y miraba, temerosa, a su alrededor: todo aquí le era hostil. Esos
hombres, que continuaban su trabajo, como si anduvieran sobre un cuerpo;
esos expedientes donde la vida humana, el dolor humano no dejaba otro
residuo que el de las duras cifras. Buscaba señales que le hablasen de
Fabien; en su casa, todo le recordaba esa ausencia: el lecho desembozado, el
café servido, un ramo de flores… Aquí no descubría ninguna traza. Todo se
oponía a la piedad, a la amistad, al recuerdo. La sola frase que oyó, pues
nadie levantaba la voz ante ella, fue el juramento de un empleado, que
reclamaba una factura: «…La factura de las dínamos, ¡santo Dios!, que
expedimos a Santos.» Ella levantó los ojos sobre este hombre, con una
expresión de infinita sorpresa. Luego, sobre la pared donde se desplegaba un
mapa. Sus labios temblaban algo, apenas.
Adivinaba, con embarazo, que representaba aquí una verdadera enemiga,
lamentaba casi haber venido, hubiera deseado esconderse, y, por miedo a
que fuese demasiado reparada su presencia, retenía la tos y el llanto. Se
descubría insólita, inconveniente, como desnuda. Pero su verdad era tan
fuerte, que las miradas fugitivas venían, a escondidas, incansablemente, a
leerla en su rostro. Esa mujer era muy hermosa. Revelaba a los hombres el
mundo sagrado de la felicidad. Revelaba qué materia augusta se lastima, sin
saberlo, al actuar. Bajo tantas miradas, entornó los ojos. Revelaba qué paz,
sin saberlo, se puede destruir.
Venía a interceder tímidamente por sus flores, por su café servido. De
nuevo, en esta oficina, más fría aún, su débil temblor de labios volvió a
aparecer. También descubría su propia verdad, inexpresable, en este otro
mundo. Todo lo que en ella se erguía de abnegación casi salvaje, por
ferviente, le parecía tomar aquí un rostro inoportuno, egoísta. Hubiese
querido huir.
—Le molesto…
—No me molesta usted, señora —le dijo Riviè-re—; desgraciadamente, ni
usted ni yo podemos hacer otra cosa que esperar.
Ella alzó débilmente sus espaldas; Rivière comprendió el sentido del
gesto: «Para qué la lámpara, la cena servida, las flores que voy a encontrar
de nuevo…» Una joven madre había confesado un día a Rivière: «Aún no he
comprendido la muerte de mi hijo. Son las pequeñas cosas las que son duras:
sus vestidos, con los que me encuentro, y, si me despierto durante la noche,
esa ternura, ya inútil como mi leche, que me sube sin embargo al corazón…»
También para esa mujer la muerte de Fabien comenzaría apenas mañana, en
cada objeto, en cada acto, ya vano. Fabien abandonaría lentamente su casa.
Rivière silenciaba una profunda piedad:
—Señora…
La joven mujer se retiraba, con sonrisa casi humilde, ignorando su propia
potencia.
Rivière se sentó, algo sombrío.
«Pero ella me ayuda a descubrir lo que yo buscaba…»
Golpeteaba distraídamente los telegramas de protección de las escalas
Norte. Meditaba:
«No pedimos ser eternos; pedimos tan sólo no ver que los actos y las
cosas pierden de repente su sentido. El vacío que nos envuelve, se hace
entonces patente…»
Sus miradas cayeron sobre los telegramas:
«Y he aquí por dónde se introduce en nosotros la muerte: esos mensajes
que carecen ya de sentido…»
Contempló a Robineau. Ese muchacho mediocre, ahora inútil, no tenía
sentido. Rivière le dijo casi con dureza:
—¿Es preciso que le dé yo mismo trabajo?
Luego Rivière empujó la puerta que daba sobre la sala de los secretarios, y
la desaparición de Fabien le sorprendió, evidente, por señales que la señora
Fabien no había sabido ver. La ficha del «R. O. 903», el avión de Fabien,
figuraba ya en el tablero mural, en la columna del material indisponible. Los
secretarios, que preparaban los papeles del correo de Europa, sabiendo que
saldría con retraso, trabajaban mal. Desde la pista, pedían informaciones
para las tripulaciones que, ahora, velaban sin objeto. Las funciones de la
vida se habían hecho más lentas. «La muerte, hela aquí», pensó Rivière. Su
obra se parecía a un velero averiado, sin viento, sobre el mar.
Oyó la voz de Robineau:
—Señor director…, se habían casado hace seis semanas…
—Vayase a trabajar.
Rivière seguía contemplando a los secretarios, y, más allá de los
secretarios, a los peones, a los mecánicos, a los pilotos, a todos aquellos que
le habían ayudado en su obra, con fe de constructores. Pensó en las pequeñas
ciudades de antaño, que oían hablar de las «islas» y se construían un navio.
Para cargarlo con su esperanza. Para que los hombres pudiesen ver cómo su
esperanza abría las velas sobre el mar. Todos engrandecidos, todos sacados
fuera de sí mismos, todos libertados por un navio. «El objetivo, tal vez, nada
justifica, pero la acción libera de la muerte. Esos hombres perduraban a
causa de su navio.»
Rivière luchaba también contra la muerte, cuando dé a los telegramas su
pleno sentido, a las tripulaciones nocturnas su inquietud, y a los pilotos su
objetivo dramático. Cuando la vida impulse esta obra como el viento
impulsa un velero en el mar.

-Antoine de Saint-Exupéry

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