.volar

volar

“Fué mi madre quién me enseñó a rezar. Todavía me veo arrodillada frente a mi pequeña cama que con tanta devoción ella había hecho para mí. También me confeccionada los pijamas, que me iban un poco cortos porque yo tenía las piernas demasiado largas. Pero me sentia orgullosa de ellos porque eran obra de sus manos.
Después de rezar mis oraciones, cuando todo estaba silencioso y oía la respiración suave de mis hermanos profundamente dormidos, me subía a una silla y corría la tela que cubría la ventana. Allí reanudaba mi comunión al mismo tiempo que los vigilaba -a los recolectores de lana- en un intento de capturar lo perdido para que fuera encontrando nuevamente, incluso la luz más anhelante.
Y las noches particularmente mágicas, cuando la oración en sí parecía una aventura, algo se abría y yo salía para estar entre ellos. No corría, me deslizaba unos metros por encima del pasto. Esa era mi habilidad secreta, mi coronación.
Eran momentos únicos, distintos de todo. Ellos no eran tan esquivos, no salían corriendo, sino que se ponían unos frente a otros en filas y se preparaban, con el peinado y la vestimenta de los suyos, tejidos con hilo tembloroso.
Más que personas, bañadas en pálida claridad, parecían hileras de álamos temblorosos cuyas hojas se estremecían al menor soplo. Ahondaban conjuntamente en el misterio de su trabajo, conspirando con sus movimientos para purificar y magnificar la existencia en una canción humana. No daban la impresión de recolectar sino de dar, y por un instante el mundo entero parecía bendecido.

El Señor nos da alas
nos da un estómago
podemos volar
envolvernos de gloria
dar vueltas en el agua
tomar un trago amargo
volvernos del revés
y unos cuantos de nosotros
centellearemos
solo un poco de polvo, casi imperceptible
pero que llena de aire de sustancia.
El sueño inmortal…

Ellos tejían su canción, una sola tela, y yo, que era pequeña, me cansaba de ella y seguía deambulando. Deslizándome sobre el pasto, dejando a veces la huella de mis manos en los frutos de su labor, amontonados aquí y allá como fardos de algodón en rama. Almas salvadas, lágrimas, balbuceos de niño y risa tonta. Todo eso lo tocaba o hurgaba yo con el dedo, desprendiendo una bruma fragante por no decir sagrada.
Y lo que regogía allí lo soltaba de nuevo, menos una pequeña parte, para dársela a modo de guirnaldas a mis hermanos, que a menudo se despertaban cuando yo regresaba.
Ellos dormían hasta que su sueño trocaba en agua. Despertaban, su despertar era un chasquido de un huevo. Alentada por sus audaces corazones creyentes, yo describía todo lo que había visto y oído. Tal vez retenía algo de la gente, y era, me dí cuenta, uno de los silencios. Pero de todos mis viajes, de los deslumbrantes pasajes, del encaje de mármol, del legendario arco y del gran manto que se extendía sobre Kansas, de Siam…
Todo eso contaba a mi regreso.
Y cuando nos hicimos mayores y nos vimos obligados a separarnos, dejé de tenerlos a ellos para contarles mis andanzas. Escribía, dibujaba o les daba alas. Ajena a cualquier plan que no fuera el simple acto de caer entre las ortigas y que me levantara un recolector compasivo con los pequeños.
El tiempo pasa y con él ciertas sensaciones. Pero de vez en cuando aflora la magia del campo y de todo lo que ocurrió allí. No necesariamente en la naturaleza sino dentro de las páginas de un libro, en un cuadro de Millet o en los tonos de Corot. Deambulando por el largo pasillo de la galería, a un luz resueltamente holandesa, acude a mi memoria. Me veo a mí misma volando sobre el prado y siento lo que sentía: alegría pura e indescriptible.
Una serpiente en el pasto con alas…
Había dado por descontado ese don, como hacen los niños. Me olvidé de él, nunca lo puse a prueba. Sólo era una de esas cosas simples y poco comunes que sabía que eran ciertas.
No hace mucho tuve un sueño, si puede llamarse sueño a ciertas experiencias. Ocurría en el campo de Thomas una despejada tarde de otoño. En esa pequeña parcela, en apariencia abandonada, mientras mi hermano y mi hermana, sentados, observaban mudos de admiración, yo permanecía suspendida unos cuantos metros por encima del suelo. No volaba, más bien planeaba, como un platillo, como Nijinsky, lo que, en su simplicidad, parecía aún más milagroso. Como era habitual entre nosotros, todavía no habíamos pronunciado una palabra. Una comunión nacida del amor y la inocencia.
Me desperté con una sensación de bienestar y estuve contenta todo el día hasta que, al volcarme en una tarea, se me ocurrió pensar que había sido un sueño. Atrapada en esa tensión menguante me vine abajo. Sin embargo, tenía la impresión de que en otro tiempo había sido realmente capaz de realizar esa modesta y asombrosa hazaña, y que podía volver a repetirla si me lo proponía.
Después de tomarme una infusión, llena de optimismo, estoy casi resuelta a intentarlo de nuevo. Mis mocasines parecen apropiados para el cometido. Y el deseo de probar una destreza irresistible sigue ahí. Pero me espera mi escritorio, con mi diario abierto, mis plumas, los tinteros, y hay palabras preciosas para pulir. De modo que me quedo con la incógnita y empiezo, porque siempre imaginé que algún día escribiría un libro.
Encima de mi escritorio hay un pequeño retrato flamenco del siglo XV. Nunca falla, cuando lo miro siempre me produce un escalofrío seguido de una curiosa oleada de emoción, de reconocimiento. Quizá sea la serenidad de la expresión, o simplemente el tocado, un hábito frágil que enmarca la cara como las alas de una gran polilla diáfana al plegarse.”

 

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

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