.de violetas y neuronas

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      “Las violetas huelen como terrones de azúcar negro empapados en limón, y como el terciopelo, podría decir, haciendo lo que hacemos siempre: definir un olor por medio de otro olor o por medio de otro sentido. En una carta famosa, Napoleón le decia a Josefina que “no se bañara” durante las dos semanas que faltaran para que se encontraran, y así poder gozar de todos sus aromas naturales. Pero Napoleón y Josefina también adoraban las violetas. Ella solía utilizar un perfume con aroma a violeta, que era su marca característica. Cuando murió, en 1814, Napoleón plantó violetas en su tumba. Poco antes de partir hacia su exilio en Santa Elena, hizo una peregrinación a la sepultura, cortó algunas violetas y las guardó en un relicario, que llevó siempre colgado del cuello: allí quedaron hasta el fin de su vida. Las calles de Londres del siglo XIX estaban llenas de chicas pobres que vendían ramitos de violetas y de lavanda. De hecho, sinfonía Londres, de Ralph Vaughan Williams, incluye una interpretación orquestal del pregón de las floristas. La violeta se resiste al arte del perfumista, y siempre lo ha hecho. Es posible hacer un perfume de alta calidad a partir de la violeta, pero resulta excesivamente difícil y caro. Sólo los más ricos pueden permitírselo; pero siempre ha habido emperatrices, dandis, creadores de moda y extravagantes como para mantener con vida el negocio de los perfumes. El secreto de la violeta, que algunos encuentran empalagoso hasta la náusea, es que no suscita en nosotros ninguna reacción duradera. En palabras de Shakespeare, es: ‘Rápido, efímero, dulce, breve, el perfume y el anhelo de un minuto’ Las violetas contienen ionono, que bloquea nuestro sentido del olfato. La flor sigue despidiendo su fragancia, pero ya no somos capaces de olerla. Nos apartamos de ella un minuto o dos, y el perfume regresa a nosotros. Enseguida vuelve a desvanecerse, y asi sucesivamente. Fué muy característico de Josefina -mujer de sensualidad plena aunque ocasionalmente enigmática- elegir como su marca un aroma que asalta la nariz como una explosión súbita de perfume durante un segundo, para enseguida dejarnos vacíos de olor, y volver a atacarnos. Ningún aroma dispone de una técnica más refinada de seducción. Aparece, desaparece, aparece, desaparece, juega al escondite con nuestros sentidos, y no tenemos modo de oponernos. Hasta tal punto embrujó la violeta a los antiguos atenienses, que la eligieron como la flor oficial de la ciudad, y como su símbolo. Las mujeres victorianas se endulzaban el aliento con pastillas de violeta, especialmente si habían estado bebiendo. Mientras escribo este párrafo, estoy saboreando una pastilla Choward´s Violet, “la fragancia que refresca” según su publicidad, y el aroma dulzón y algo húmedo de la violeta me embriaga. Por otra parte, en el Amazonas, calenté una vez en el fuego un caldo de Casca preciosa, un pariente del sasafrás, cuya corteza macerada no tardó en perfumarme la cara, el cabello, la ropa, el cuarto y la mente con aroma de violetas ardientes de una sutileza exquisita. Si las violetas nos han atraído, obsesionado, repelido y en general durante siglos, ¿por qué es tan difícil describir su aroma como no sea indirectamente? ¿Acaso olemos indirectamente? De ninguna manera. El olfato es el más directo de todos nuestros sentidos. Cuando me acerco una violeta a la naríz e inhalo, las moléculas de olor suben flotando por la cavidad nasal, más allá del puente de la naríz, donde las absorbe la mucosa, que contiene células receptoras provistas de filamentos microscópicos llamados “cilias”. Cinco millones de estas células disparan impulsos al bulbo olfatorio del cerebro o centro del olfato. Esas células son peculiares de la nariz. Si se destruye una neurona en el cerebro, habrá desaparecido para siempre: no volverá a crecer. Si se dañan neuronas de los ojos o de los oídos, ambos órganos quedarán dañados irreparablemente. Sin embargo las neuronas de la nariz se reemplazan más o menos cada treinta días y, a diferencia de otras neuronas del cuerpo, se asoman al exterior y aspiran el aire como un arrecife de anémonas. Las regiones olfativas que se encuentran en la parte superior de cada fosa nasal son amarillas y están ricamente humedecidas y llenas de sustancias grasas. Pensamos en la herencia como la fuerza que determina la altura que tendremos, la forma de nuestra cara y el color del cabello. Pero la herencia también determina el matiz de amarillo del área olfativa. Cuanto más oscuro sea el color, más agudo será el sentido del olfato del individuo. Los albinos tienen mal olfato. Los animales, pueden oler con fantástica precisión, tienen regiones olfativas de un tono muy oscuro; las nuestras son de amarillo claro. Las de un fox-terrier son marrón rojizo, las de un gato, de un intenso marrón mostaza. Un científico afirma que los hombres de piel oscura tienen regiones olfativas más oscuras y, en consecuencia, deberían tener un olfato más sensible. Cuando el bulbo olfativo detecta algo -durante la comida, el acto sexual, un encuentro emocional, un paseo por el parque-, se lo comunica a la corteza cerebral y envía un mensaje directo al sistema límbico, una sección misteriosa, antigua e intensamente emocional de nuestro cerebro en la que sentimos, gozamos e inventamos. A diferencia de otros sentidos, el olfato no necesita intérprete. El efecto es inmediato y no es diluido por el lenguaje, el pensamiento o la traducción. Un olor puede ser abrumadoramente nostálgico porque desencadena poderosas imágenes antes de que tengamos tiempo de precisarlas. Lo que vemos u oímos puede desvanecerse muy pronto en el desván de la memoria a corto plazo, pero, como señala Edwin T. Morris en su libro Fragance, “con los olores casi no hay memoria a corto plazo”. Todo es a largo plazo. Más aún, el olfato estimula el aprendizaje y la retentiva. “Cuando a los niños se les daba información olfativa junto con una lista de palabras”, observaba Morris, “la lista era recordada con mucha más facilidad cuando se daba sin los acompañamientos olfativos”. Cuando le regalamos un perfume a alguien, le entregamos una memoria líquida. Kipling tenía razón: “Los olores son más seguros que las visiones y los sonidos para hacer sonar las cuerdas del corazón”. -Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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