
La voz interior que hoy nos ocupa es fruto de las voces que escuchamos.
Y esto no siempre ha podido hacerse de la mejor forma posible.
Observar nuestro diálogo interior es una oportunidad para transformar aquello que hemos heredado y que, posiblemente, podría adoptar una forma más saludable. Que algo no esté mal no es excusa para
no mejorarlo.
La presencia de palabras dañinas hacia uno mismo, de tonos exigentes y autoritarios y sobre todo la abundancia de pensamientos despreciativos operan en nuestro cuerpo de la misma forma que un pensamiento cualquiera.
Pruebe a imaginar detenidamente que corta un limón y se lo lleva a la boca. Habrá observado la reacción inmediata de su cuerpo. El mismo efecto tiene un pensamiento expresado desde el reproche, un
desprecio. No sobre su saliva, sino sobre su cerebro.
El diálogo interior es un lenguaje que solo nosotros escuchamos, que se queda en nuestro cuerpo como una semilla que germina cada día.
Heidegger nos recuerda que todo está inmerso en un sentido. La percepción es una interpretación, no existe lo objetivo, no existe lo neutro, nos recuerda Heidegger.
Existe un narrador que llevamos dentro y cuya narrativa se traduce en la química del cuerpo. A consecuencia de estas investigaciones, muchos especialistas apuestan por intervenciones basadas
en la formación de nuevas mentalidades y creencias sobre uno mismo para el tratamiento de la enfermedad física.
Y coinciden con Heidegger, que propone abrirse a la experiencia de los tonos emocionales en los que se
expresa nuestro pensamiento o lenguaje, como ventanas a un mundo interior que solo la emoción puede abrir. Los tonos afectivos nos permiten ver con otros ojos.
Heidegger dedicó horas al estudio del miedo, de la alegría, del aburrimiento y, sobre todo, de la angustia, por considerarlas las enfermedades de nuestra época.
Refinar nuestro diálogo interior, especialmente el monólogo, supone depurar aquellos aspectos nocivos. Entre ellos, la autocrítica dañina.
Cuando cometemos un error, o realizamos algún acto que consideramos, o se considera, inapropiado en un determinado contexto, la reflexión hacia nuestra conducta conlleva un valioso aprendizaje.
Sin embargo, se torna en crítica dañina cuando lleva asociado un tono de reproche, censura y recriminación que enfatiza los aspectos negativos.
Reflexionar es diferente a criticar, y muchas veces el tono marca la diferencia.
La ternura es más importante que la inteligencia.
La compasión impacta incluso sobre la salud física.
No vemos la amabilidad si no la llevamos dentro. Un mundo cordial se torna hostil si la ternura no ocupa su lugar. Esto explica muchas de las bofetadas que damos y recibimos.
Refinar el pensamiento, desechar aquello que lo hace dañino, trasladarlo a un lenguaje que no hiera a su paso, es parte de la labor de un escultor de cerebros. Pero no podemos refinarlo si no lo conocemos, si antes no lo hemos observado con ecuanimidad y amabilidad, que no significa con indulgencia.
Dice Heidegger que «recibimos muchos dones y de tipos muy diversos.
Pero el don supremo y propiamente duradero en nosotros sigue siendo nuestra esencia, de la que estamos dotados de tal manera que, en virtud de ese don, seamos por primera vez los que somos».
Aquí acaba mi íntima traducción biológica del ensayo urbanístico de Heidegger, y lo hace con un grito: ¡seamos por primera vez los que somos!
Hay un momento mágico en la vida, un instante alquímico que cierra un universo para abrir otro.
Es la apuesta por el amor a uno mismo.
No hablo de valoración ni de apreciación. El nivel socioeconómico, los estudios, las apariencias, el éxito o las condiciones sociales no entienden el lenguaje sordo del amor.
Hablo de respeto, de cariño, de afecto incondicional, de la ternura que me hace sentir merecedora de la vida que me habita.
Hablo de aquello que, si me piden que lo defina, no sabría hacerlo, pero que, si no me lo piden, sé de qué se trata, que diría san Agustín. Hablo de aquello que si no me concedo a mí misma, nunca encontraré fuera.
Hay un momento misterioso en el que uno dice ¡basta!
Qué diferente es el mundo cuando lo miramos con unos ojos un poco más sanos.
Qué liberación siente el cuerpo cuando ha soltado un peso. Es agridulce, sí, porque me separo de algo que realmente he amado: el apego no entiende de daños. Es ese momento en el que uno se asoma a un abismo donde no hay ningún camino asfaltado, pero que, al mirar atrás, solo sabe que quiere huir.
Es ese momento de inspiración en el que el aire fresco apuesta por la libertad, y ser libre significa, según Heidegger, defender la esencia, encontrar la calma, la paz, volver a uno mismo.
Qué satisfacción recordar un pasado donde se fue diferente.
Qué coraje hay que llevar dentro para dejar de ser quien se fue.
Todos deberíamos experimentar ese renacer en el que comenzamos a caminar con amor en la mirada; un amor y un cuidado dirigidos hacia dentro.
Qué curioso eso de que cuando no te quieren, dejas de quererte. Es cierto.
Y qué desgarrador es el instante en que vuelves a amarte.
Pocas sensaciones se asoman a la de apostar por el cuidado de uno mismo.
Qué seductor es ver cómo el cambio transforma a quienes estoy unida. Qué dignidad se siente cuando sabes que cuidarte es un acto de bondad hacia los que vienen detrás, o hacia los que están al lado.
A veces el camino se inicia recogiendo los pedazos que alguna guerra ha dejado, pero se recogen con
dignidad, con cariño y humildad. Estoy re construyéndome y lo hago desde la plenitud. Tampoco sé a dónde me dirijo, pero sigo caminando.
Qué milagroso reinventar el pasado. No hay mayor integridad que saberse trabajando para proteger el crecimiento, suceda o no. No hay mayor aliado que la intención, ni meta más honesta que la nobleza. Qué humildad y asombro se experimentan cuando uno se da cuenta de que, al final, agradece la tormenta. No hay nada como un nacimiento elegido por decisión propia. Todos deberíamos saborear su dulzura al menos una vez en la vida. Hay que renacer para llegar a la esencia.
Dentro de la famosa frase de don Santiago Ramón y Cajal, «todo hombre puede ser escultor de su propio cerebro, si se lo propone», la parte más interesante a mi entender es la última: «si se lo propone».
Nada de lo que aquí he relatado tiene sentido si detrás no hay una intención de esculpir el cerebro. La intención requiere de un objetivo, más o menos abstracto, pero necesita de una meta a la que llegar.
Los grandes viajes no se lideran desde la cabeza.
¿Por qué proponerse esculpir el cerebro? La verdad es que, después de conocer las bases de la plasticidad cerebral, quedan pocas ganas de emprender un camino que sabemos costoso, agradecido, pero costoso; nadie dijo que fuera fácil. Quizás los que nos ponemos frente a un micrófono
debiéramos ser más prudentes a la hora de inspirar. Yo no siempre lo hago: los escenarios traicionan. Crecer no es sencillo ni divertido. Pero se nos convoca a hacerlo.
Todos llevamos heridas, más grandes o más pequeñas; todos cobijamos traumas en nuestra memoria y en nuestro cuerpo; podríamos ser y estar mejor, aunque no estemos aparentemente mal. Y todos tenemos la responsabilidad de buscar una mejor versión de nosotros. ¡Responsabilidad!
No somos conscientes de la responsabilidad que entraña habitar la vida.
Cada acto es una muestra de la responsabilidad con el planeta, con los demás y, por supuesto, y la más importante, con nosotros mismos.
La responsabilidad de cuidarse, de ofrecernos y ofrecer la mejor escultura posible.
Hay aspectos fabulosos en las crisis, y uno de ellos son los encuentros con seres humanos que se abren a ti para mostrar su humanidad y tenderte una mano. Algunos han pasado por situaciones similares y
generosamente te ofrecen su aprendizaje, otros están a resguardo y te acogen en sus casas, y otros, sencillamente, te dan su compasión, su profesionalidad y su cariño. Pero en todos ellos encontré un denominador común: perseguimos estar bien, cuidarnos. Todos.
El verbo sorgen es «cuidar» y «tener cuidado». El cuidado es el ser del hombre y por tanto la intención es una señal de cuidado. Cuidar es prestar atención, proteger, amar respetando la esencia, valorar sin atributos y refinar las formas. Y se nos suele olvidar. ¡Se nos olvidan tantas cosas! Así que cuando nos proponemos ser escultores de nuestro propio cerebro lo hacemos con la intención de cuidarnos.
¿Hay función más noble que la de cuidarse? Dice don Santiago: «Si hay algo en nosotros verdaderamente divino es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter,
desafiamos la adversidad, corregimos el cerebro y nos superamos diariamente».
Cuidarse pertenece al ser humano, si se lo propone.
-Nazareth Castellanos
