
No voy a negarlo, soy groupie de los escritores.
De los muertos, no por necrofilia, sino porque son prácticamente los únicos que leo o los que leo con interés genuino, con la certeza de que ya no estamos hablando de un libro o dos o tres, sino de una obra.
Una obra no es una suma de objetos ni una acumulación de palabras tipeadas, es una mezcla homogénea.
Para tratar de explicarlo con mayor claridad, me voy a servir de la distinción entre mezclas que aprendí en la escuela.
Las homogéneas son soluciones de composición uniforme, los componentes no se distinguen a simple vista y, si queremos separarlos, necesitamos métodos complejos como evaporación, destilación o cristalización; las heterogéneas tienen una composición no uniforme, sus componentes son fácilmente distinguibles y los podemos separar con métodos sencillos.
Básicamente, la diferencia entre un café y una ensalada.
En el terreno de la literatura, Chéjov es homogéneo, Knausgård es heterogéneo.
Borges homogéneo, Enríquez heterogénea.
En los heterogéneos literarios, la persona que escribe (y que hace declaraciones, interviene en la conversación pública, da entrevistas, tuitea o no tuitea, firma solicitadas o no las firma, publica, hace giras de promoción, va a festivales o no la invitan, posa, se saca fotos) no es parte de algo mayor, como una obra, por más que lo intente.
Es rápidamente aislable en tanto persona, salta a simple vista y es mucho más prosaica que lo que aspira a ser.
No es que los muertos no hayan hecho esas cosas o las similares de su época, lo que sucede es que su perduración en el tiempo ha hecho que el ser físico quede subsumido en algo más grande que lo contiene: su obra.
No alcanza con escribir y publicar; edificar una obra no es para cualquiera capaz de agrupar letras, una detrás de la otra.
Lo de la perduración es fundamental.
Cuando lo escrito es significativo, todo lo dicho por ese autor, los libros y también lo más banal, lo dicho en notas, en cartas, en diarios o en papeles sueltos es leído dentro del marco general de una obra ya cerrada y a la vez abierta a infinitas lecturas, porque infinito es el tiempo.
Los autores con obra, los homogéneos, no han terminado de decir lo que tienen por decir.
Porque siguen escribiendo, aunque estén muertos.
En presente.
Veamos a Antón Chéjov, el hombre que cambió el modo de contar cuentos.
Chéjov escribe rápido y cortito.
Tiene poco más de 20 años y está desesperado por plata.
Quiere ser médico.
Su hermano dibuja y manda sus tiras de caricaturas a un periódico humorístico; él prueba con algunos textos porque tiene facilidad de palabra: escribe, quema y vuelve a probar hasta que le salen a la medida del público.
Las revistas de la época son papeles destinados al olvido cinco minutos después de haber sido leídos; los editores son unos carcamanes: andan por la ciudad buscando jóvenes hambrientos, talentosos y sin pretensiones para llenar páginas a bajo costo.
Pagan mal y tarde, quieren textos cortos y divertidos.
¿Será capaz de escribir cuentos de 50 a 80 líneas?
Por qué no, contesta Chéjov, si escribir para él es tan fácil como hablar, para eso no hace falta ninguna habilidad especial.
En 1880 publica nueve relatos, en 1885, 129.
¿Siente placer en la escritura? Para nada.
Escribe rápido, con tedio, sólo preocupado en contar las líneas que debe llenar.
¿Le gusta lo que escribe? Tampoco.
Está convencido de no tener ninguna habilidad especial, lo que escribe «son sandeces, tonterías» sobre cualquier cosa: un robo, una escena en la tienda, una pelea en la calle.
Moscú está lleno de estas cosas y sólo le hace falta salir, observar, volver a casa, buscar el rincón con más silencio —que no es fácil— y escribir.
Él no lo sabe, pero está adquiriendo un oficio.
Incluso podría corregir los manuscritos antes de entregarlos, pero ya es médico, no dispone de tiempo y no podría «abandonar un oficio verdadero por garabatos».
Los verdaderos escritores son otros, los que escriben relatos perfectos y melancólicos, como Turguéniev, o novelas maravillosas, como Tólstoi, que es Dios.
Chéjov, en cambio, le dedica a la literatura apenas su tiempo libre. No más de tres horas por día.
Pero entonces alguien, algún encantador de serpientes, comienza a dejar en él la sospecha del talento y lo tienta con un libro, siembra la idea de que su nombre, y ya no un seudónimo, se deje ver en las librerías.
Tal vez sí haya algo en él.
Sale su primer libro y cambia todo. No por el éxito, que no lo hubo, sino por la responsabilidad que empieza a sentir. Aquello que había hecho hasta entonces, garabatear palabras para pagar la comida y comprar algunos muebles, amenaza con convertirse en algo más.
Hasta entonces no había sido más que un joven con buena voluntad y ya no se siente libre. No puede escribir sobre cualquier cosa.
El ambiente literario —no la gente— espera algo de él. Es escritor.
Hay muchos, y muy buenos, en Rusia y además todos se posicionan políticamente.
¿Debería hacerlo?
Se espera mucho de los escritores profesionales: calidad, trascendencia y una lección para el público en cada línea.
Su escritura es otra cosa y le alcanza con tres ingredientes que le salen con facilidad.
Humor, pudor, economía.
Sabe decir mucho con poco, no siente apego por sus personajes, no se encariña ni los juzga, no es sentimental, no es absurdo.
Ya quedó atrás esa época en que escribía y entregaba. Ahora lee y relee.
Corrige sus textos como si fueran de otro, con negligencia y desdén.
En 1886 se vuelve famoso. Tiene 26 años.
Algo ha cambiado —sobre todo el dinero, quiere más cada día—, pero no su literatura.
No es capaz de alargar sus relatos, aunque se lo proponga, le salen cortos y limpios, las mismas sandeces y tonterías de los primeros días, pero con más trabajo.
Con oficio.
Además de sus cuentos, recomiendo leer «Sin trama y sin final», un libro que, aunque lleve su nombre, no es de él, sino una compilación de «consejos de escritura» que no son consejos.
Chéjov no escribió nunca un ensayo ni un esbozo de teoría literaria, pero su correspondencia con amigos, editores, colegas y aspirantes a escritores está llena de notas y reflexiones sobre la escritura, a menudo tan concisas que parecen máximas o aforismos.
Piero Brunello, profesor de la Universidad de Venecia, entresacó de la correspondencia una selección de pasajes y armó un buen libro con eso.
-Andrea Calamari
