.la forma del olor

.la forma del olor

 “Todos los olores entran dentro de unas pocas categorías básicas, casi como los colores primarios: mentolados (menta), floral (rosas), etéreo (peras), almizclado (almizcle), resinoso (alcanfor), pestilente (huevos podridos) y acro (vinagre).
Por eso los fabricantes de perfumes han tenido tanto éxito mezclando aromas florales o acercándose a los umbrales adecuados de lo almizclado o lo frutal.
Ya no se necesitan sustancias naturales; actualmente pueden hacerse perfumes en los laboratorios, partiendo de moléculas.
Uno de los primeros perfumes basados en un aroma completamente sintético el Chanel N° 5, que fué creado en 1922 y desde entonces ha seguido siendo un clásico de sensual femineidad.
También ha dado origen a respuestas memorables.
Cuando le preguntaron a Marilyn Monroe qué se ponía para dormir, respondió con picardía: “Unas gotas de Chanel N° 5”.
La nota superior de este perfume – es decir lo primero que se huele- es el aldehído, y después la naríz detecta la nota intermedia de jazmín, rosa, lirio del valle, lirio de Florencia e ylang-ylang, hasta captar finalmente la nota de base, que transporta el perfume y lo hace durar: vetiver, madera de sándalo y de cedro, vainilla, ámbar, algalia y almizcle.
Las notas de base son siempre de origen animal, antiguos emisarios de olor, que nos llevan a bosques y sabanas.
Durante siglos, el hombre atormentó y a veces diezmó especies animales en busca de cuatro secciones glandulares: el ámbar gris (fluido aceitoso que segregan ciertas ballenas para proteger su estómago del hueso afilado de la jibia o del pico afilado del calamar, de los que se alimentan), el castóreo (que se encuentra en el saco abdominal de castores canadienses y rusos, animales que lo emplean principalmente para marcar sus territorios), la algalia (una secreción de aspecto semejante a la miel, proveniente del área genital de un felino de Etiopía, nocturno y carnívoro) y el almizcle (una secreción roja, gelatinosa, que se extrae del vientre del vientre de un cérvido asiático).
¿Cómo descubrió el hombre que los sacos anales de ciertos animales contenían fragancias?
El bestialismo era común entre pastores, en algunas de esas regiones, y no se lo puede ignorar como una de las explicaciones posibles.
El almizcle animal es un pariente muy cercano de la testosterona humana y podemos olerlo en porciones tan ínfimas como 0,000000000000032 de onza.
Afortunadamente, hoy los químicos han creado veinte almizcles sintéticos, en parte porque las especies animales correspondientes están en peligro de extinción, y en parte para asegurar una consistencia de olor difícil de lograr con las sustancias naturales.
Una pregunta obvia es por qué las secreciones de las glándulas odoríferas de animales como ciervos, castores, felinos y otros pueden despertar el deseo sexual en el ser humano.
La respuesta parece estar en que estos olores toman la misma forma química que un esteroide, y cuando los olemos podemos responder como lo haríamos a las feromonas humanas.
De hecho, en un experimento llevado a cabo en International Flavors and Fragrances, las mujeres que olían almizcle desarrollaban ciclos menstruales más cortos, ovulaban con más frecuencia y les resultaba más fácil concebir.
¿Entonces el perfume es importante?
¿No se reduce al frasco y la publicidad?
No necesariamente.
¿Los olores pueden influirnos biológicamente?
Sin duda alguna.
El almizcle produce un cambio hormonal en la mujer que lo huele.
En cuanto a por qué nos puede excitar el olor de las flores, puede decirse que las flores tienen una poderosa vida sexual.
El perfume de una flor declara ante el mundo que es fértil, deseable, y que está disponible, con sus órganos sexuales empapados de néctar.
Su olor nos recuerda de algún modo la fertilidad, el vigor, la fuerza vital, y todo el optimismo, las expectativas y el florecer apasionado de la juventud. Inhalamos su aroma ardiente, a cualquier edad, y nos sentimos jóvenes y núbiles, en un mundo inflamado por el deseo.
Los rayos de sol borran algunos olores, como puede atestiguar cualquiera que haya tendido al sol ropa de cáma húmeda.
Aún así, lo que queda puede seguir oliendo a rancio y producirnos rechazo.
Necesitamos apenas ocho moléculas de una sustancia para desencadenar un impulso en una terminal nerviosa, pero deben activarse cuarenta terminales nerviosas antes que podamos oler algo.
No todo tiene olor: sólo las sustancias suficientemente volátiles como para difundir partículas microscópicas en el aire.
Muchas cosas que encontramos todos los días -incluyendo piedra, vidrio, acero y marfil- no evaporan nada cuando están a temperatura ambiente, por lo que no las olemos.
Si se calienta una col, se vuelve más volátil (algunas de sus partículas se evaporan en el aire) y de repente huele de forma más intensa.
La ingravidez hace que, en el espacio, los astronautas pierdan el gusto y el olfato.
En ausencia de gravedad, las moléculas no pueden volatilizarse, por lo que muy pocas de ellas se adentran lo suficiente en nuestra naríz como para que podamos registrarlas como olores.
Esto constituye un problema para los nutricionistas que inventan comidas para el espacio exterior.
Gran parte del sabor de la comida depende de su olor.
Algunos químicos han llegado a sugerir que el vino es simplemente un líquido insípido con una fuerte fragancia.
Si uno toma vino estando resfriado, no sentirá más que gusto a agua.
Antes de poder sentir el gusto de algo, es preciso que ese algo haya sido disuelto en un líquido (por ejemplo, un caramelo duro tiene que fundirse en la saliva), y antes de que algo pueda ser olfateado, tiene que estar en el aire.
Distinguiremos sólo cuatro sabores: dulce ácido, salado y amargo.
Lo que significa que todo lo demás que llamamos “sabor” es en realidad “olor”.
Y muchas de las comidas que pensamos que podemos oler, sólo podemos gustarlas.
El azúcar no es volátil, por lo que no lo olemos, aún cuando lo saboreamos con intensidad.
Si tenemos en la boca algo delicioso, que queremos saborear y estudiar, exhalamos; eso impulsa el aire de nuestra boca a través de nuestros receptores olfativos, de modo que podamos olerlo mejor.
Pero ¿cómo se las arregla el cerebro para reconocer y catalogar tantos olores?
Una teoría del olfato, la teoría “estereoquímica” de J.E. Amoore, analiza la conexión entre las formas geométricas de las moléculas y las sensaciones odoríferas que producen.
Cuando aparece una molécula de la forma adecuada, se inserta en el nicho de la neurona y desde allí dispara un impulso nervioso al cerebro.
Los olores almizclados tienen moléculas en forma de disco, que se adecuan al espacio elíptico de la neurona. Los olores mentolados tienen una molécula en forma triangular que se adecua a un espacio en forma de V.
Los olores alcanforados tienen una molécula esférica que se adapta a un espacio elíptico, pero es más pequeña que la del almizcle.
Los olores etéreos tienen una molécula en forma de vara, que se adecua a un espacio en forma de surco.
Los olores florales tienen una molécula en forma de disco con un tallo, lo que se adecua a un espacio en forma de cavidad y surco.
Los olores pútridos tienen tienen una carga negativa que es atraída por un espacio cargado positivamente.
Y los olores acres tienen una carga positiva que se adecua a un espacio cargado negativamente.
Hay olores que se adecuan a un par de espacios al mismo tiempo, con lo que producen un efecto de ramillete o combinación.
Amoore presentó esta teoría en 1949, pero ya había sido propuesta en el 60 a. C. por Lucrecio, un poeta de espíritu amplio, en su enciclopedia personal de conocimiento y reflexión, Sobre la naturaleza de las cosas.
La metáfora de la cerradura y la llave parece explicar cada vez más aspectos de la naturaleza, como si el mundo fuera un salón con muchas puertas cerradas.
O bien puede ser que la cerradura y la llave sean parte de la imaginería familiar, uno de los pocos modos en que los seres humanos pueden dar sentido al mundo que los rodea (el lenguaje y las matemáticas son los otros dos).
Como dijo una vez Abrm Maslow: “Si la única herramienta de que dispone un hombre es una llave, se imaginará todos los problemas bajo la forma de una cerradura”.
Algunos olores son fabulosos cuando están diluídos, y verdaderamente repulsivos cuando no lo están.
El olor fecal de la algalia pura es lo bastante desagradable como para revolver el estómago, pero en pequeñas dosis convierte el perfume en un afrodisíaco.
Una pequeña porción de algunos aromas (alcánfor, éter, aceite de clavo de olor, por ejemplo) es excesiva, embota la nariz y hace imposible el ejercicio del olfato.
Algunas sustancias huelen como otras de las que parecen muy remotas, en el equivalente nasal de desagrado (almendras amargas como cianuro; huevos podridos como azufre).
Muchas personas normalmente tienen “puntos ciegos”, especialmente respecto a algunos almizcles, y otras pueden detectar aromas débiles y fugaces.
Cuando pensamos en lo que es normal que sientan los seres humanos, tendemos a ser prudentes en exceso. Una cosa sorprendente del olfato es la amplitud del espectro de respuesta que se encuentra a lo largo de la curva que llamamos normal.”-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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