.soneto a Laura

Francesco y Laura

Francesco y Laura

 

“Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.
Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,
ni me retiene ni me suelta el lazo;
y no me mata Amor ni me deshierra,
ni me quiere ni quita mi embarazo.
Veo sin ojos y sin lengua grito;
y pido ayuda y parecer anhelo;
a otros amo y por mí me siento odiado.
Llorando grito y el dolor transito;
muerte y vida me dan igual desvelo;
por vos estoy, Señora, en este estado.”

-de Francesco Petrarca a su musa, Laura de Noves (el aliento de su poesía, la inspiración de su vida)

 

 

 

 

 

 

Laura tenía diecisiete años; Francesco, veintitrés:

“Fe el día en que del sol palidecieron
los rayos, de su autor compadecido,
cuando, hallándome yo desprevenido,
vuestros ojos, señora, me prendieron.”
Cancionero 1ª, III, vv. 1-4)

El Cancionero, escrito con manifiesta pasión contenida por la cortesía, apunta también a una bien definida diana erótica. Veamos, si no, el soneto nº VI

“Mi loco afán está tan extraviado
de seguir a la que huye tan resuelta,
y de lazos de Amor ligera y suelta
vuela ante mi correr desalentado,
que menos me oye cuanto más airado
busco hacia el buen camino la revuelta:
no me vale espolearlo, o darle vuelta,
que, por su índole, Amor le hace obstinado.
Y cuando ya el bocado ha sacudido,
yo quedo a su merced y, a mi pesar,
hacia un trance de muerte me transporta:
por llegar al laurel donde es cogido
fruto amargo que, dándolo a probar,
la llama ajena aflige y no conforta.”

Laura no renuncia a lo que ama y a quien ama; lo hace en absoluto silencio.
Lo que Laura constata a partir de ese momento heroico es la aguda presencia de la extinción.
todo su ser se ve de repente agostado; su manantial interior, la pulsión de la alegría y del afecto, seco; el jardín de la intuición, la inquietud de la espera, el destello de la mirada, ajado, apagado.
a Laura ya no le queda sino el recuerdo para volver a vivir —siquiera conectada a la máquina de la memoria— en ese su nuevo estado agónico… Leamos:

«Cuando vuelvo la faz hacia aquella parte donde solíais en invierno tomar para vuestras manos el calor, veo también la lumbre en vuestro rostro y en el mío el encendido rubor de saberos mi dueño. Este recuerdo me atraviesa con tantas llamas que me quema y me derrite de parte a parte. Temo a mi corazón, por si estalla, aunque es la manera de sentirlo aún vivo. De este modo escapo de la muerte y no huyo del deseo. Callada permanezco y a nadie digo lo que este lenguaje casi muerto a otros haría llorar. Prefiero que mi llanto caiga solo al suelo.»

«Su supierais cómo este llanto amargo me inunda el rostro entre suspiros cuando me oculto de mi casa y hacia vos mi pensamiento vuelvo, oh mi señor verdadero, el que sería mi verdadero esposo… Este viento de llanto que me angustia de vos no me separa en el pensamiento. Es verdad que cuando os recuerdo una risa mansa es el reposo de mi ardiente deseo y me ampara de tanto fuego. Pero luego, al saberos lejos, que ya en Avignon no estáis y no tengo esperanza de veros, mi espíritu se hiela, señor mío, y por seguiros mi alma vuela de mi pecho.»

Estamos en 1338.
Han pasado ocho años desde la ruptura unilateral de Laura, pero Laura no muestra ningún síntoma de desamor; no ha olvidado a su Francesco.
Es más: sabe que ha regresado a Fontaine de Vaucluse, muy cerca de Avignon, y su proximidad alimenta una esperanza abiertamente oculta, pues jamás Laura dio muestras de abandonar su voluntario claustro laico.
Tampoco Francesco Petrarca se movió de Vaucluse con intención de volver a ver a Laura (de hecho, viajó a Roma en seguida); siguió completamente fiel al deseo que ella le expresó.
Esa tensión, sin embargo, no impidió ni a uno ni a otro echar mano de esa fuerza positiva, casi un recurso de la naturaleza para permitirles a ambos seguir vivos.
Escribe Petrarca en Vaucluse:

“Si del tormento áspero mi vida
puede guardarse, y de los desengaños,
tanto que vea en los postreros años
la luz de vuestros ojos extinguida,
la áurea melena en plata convertida,
dejar guirnaldas y vistosos paños,
y ajarse el bello rostro que, en mis daños,
me hace lento el lamento y me intimida:
al fin me dará Amor tanta osadía
que podré de mis penas descubriros
cuáles fueron el año y hora y día;
y aunque la edad me impida conseguiros,
que llegue al menos a la angustia mía
un socorro de ya tardos suspiros.”

Y Laura, en Avignon, escribiría:

«Siéndome vuestras vivas voces prohibidas un día por mi voluntad y mi ceguera, en ellas he vivido, empero, escuchándolas, y ahora, al saberos cerca, siento que no soy mía y que, si muero, el daño es vuestro. Me creí digna ante vuestros ojos y esta esperanza me hizo atrevida como me hace ahora al pensar en vos, mi señor. Sé que estáis cerca y, en cambio, no habrá a mi alrededor sombra vuestra ni huellas de vuestros pasos. Bebed de esa fuente donde os encontráis si de mí alguna vez habéis bebido y sabréis así que os amo.»

Mientras existe el amor, la memoria actúa.
En realidad, en el amor no hay pasado, presente y futuro, sino una especie de eterno presente que se alimenta, gracias a la memoria, de los hechos del pasado y los proyecta indefinidamente e idénticos hacia el futuro.

-Manuel Martínez Forega

 

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