.date prisa, no te muevas.

.date prisa, no te muevas

 

 

 

 

 

“Date prisa, no te muevas,
o la cosa al final de la escalera,
o nuevos fantasmas
de mentes viejas

Date prisa, no te muevas.
Es la lección de la lagartija.
Para todos los escritores.
Cualquiera sea la criatura superviviente que observen, verán lo mismo.
Saltar, correr, congelarse.
En su capacidad de destellar como un párpado, chasquear como un látigo, desvanecerse como vapor, aquí en un instante, ausente en el próximo, la vida se afirma en la tierra.
Y cuando esa vida no se precipita en la huida, con el mismo fin está jugando a las estatuas.
Vean al colibrí: está, no está.
Igual que el pensamiento se alza y parpadea este vaho de verano; la carraspera de una garganta cósmica, la caída de una hoja.
¿Y dónde fue ese murmullo…?
Y entre las fintas y huidas, ¿qué?
Ser un camaleón, fundirse en tinta, mutar con el paisaje.
Ser una piedra, yacer en el polvo, descansar en agua de lluvia, en el tonel que hace tanto tiempo, junto a la ventana de los abuelos, llenaba el canalón de desague.
Ser vino de diente de león en a botella de Ketchup cubierta y guardada con una leyenda en tinta: Mañana de junio, primer día de verano de 1923.
Verano de 1926, noche de fuegos artificiales. 1927: último día de verano. Último diente de león: 1 de octubre.
Y de todo esto, fraguar el primer éxito como escritos, a veinte dólares el cuento, en Weird Tales.
¿Cómo empezar a escribir algo nuevo, que dé miedo y aterrorice?
En general uno tropieza con la cosa.
No sabe qué está haciendo y de pronto está hecho.
No se propone reformar cierta clase de literatura.
Es un desarrollo de la vida propia y los miedos nocturnos.
De repente mira alrededor y ve que ha hecho algo casi nuevo.
El problema para cualquier escritor de cualquier campo es quedar circunscrito por lo que se ha hecho antes o lo que se imprime día a en libros y revistas.
Yo crecí leyendo y amando las tradicionales historias de fantasticas de Dickens, Lovecraft, Poe, y más tarde Kuttner, Bloch y Clark Ashtton Smith,
Intentaba escribir historias fuertemente influídas por varios de esos escritores y lograba confeccionar pasteles de barro de cuatro capas, todos lenguaje y estilo, que negándose a flotar se hundían sin dejar rastro.
Era demasiado joven para identificar el problema; estaba demasiado ocupado imitando.
Entré casi a tumbos en mi identidad creativa durante el último año de la secundaria, cuando escribí una especie de larga reminiscencia del hondo barranco de mi pueblo natal, y del miedo que me daba de noche.
Pero no tenía ninguna historia que se adecuara al barranco, por lo que el descubrimiento de la verdadera fuente de mi futura obra se retrasó un tiempo.
A partir de los doce años escribí al menos mil palabras por día.
Durante mucho tiempo por encima de un hombro la mirada de Poe, mientras por sobre el otro me observaban Wells, Burroughs y casi todos los escritores de Astounding y Weird Tales.
Yo los amaba y ellos me sofocaban.
No había aprendido a mirar hacia otro lado y, en el proceso, no a mirarme a mí mismo sino a lo que sucedía detrás de mi cara.
Sólo pude encontrar un camino cierto en el campo minado de la imitación cuando empecé a descubrir los gustos y ardides que acompañan a las asociaciones de palabras.
Al fin resolví que si uno va a pisar una mina, mejor que lo haga por cuenta propia.
Volar, por así decir, por las propias delicias y desesperanzas.
Empecé a tomar breves notas describiendo amores y odios.
Durante mis veinte y veintiún años vagué por mediodías de verano y medianoches de octubre, presintiendo que en algún lugar de las estaciones brillantes y oscuras debía haber algo que era mi verdadero yo.
Tenía veintidós cuando una tarde al fin lo descubrí.
Escribí el título «El lago» en la primera página de una historia que se terminó dos horas más tarde, sentado ante mi máquina en un porche, al sol, con lágrimas cayéndome de la nariz y el pelo de la nuca erizado.
¿Por qué el pelo de punta y la nariz chorreante?
Me daba cuenta de que por fin había escrito un cuento realmente bueno.
El primero en diez años.
Y no sólo era un buen cuento sino una especie de híbrido, algo al borde de lo nuevo.
No un cuento de fantasmas tradicional sino un cuento sobre el amor, el tiempo, el recuerdo y el ahogo.
Se lo envié a Julie Schwartz, mi agente para revistas populares, y a ella le gustó pero dijo que no era una historia tradicional y quizá costara venderla. Weird Tales dio unas vueltas alrededor, lo tocó con una vara de tres metros y al fin decidió, ¡qué demonios!, publicarlo aunque no se adecuara a la revista.
¡Pero debía prometer que la próxima vez escribiría un buen cuento de fantasmas tradicional!
Me dieron veinte dólares y todo el mundo feliz.
Bien, algunos de ustedes conocen lo demás.
Desde entonces, en cuarenta y cuatro años, «El lago» se ha vuelto a publicar decenas de veces.
Y fue el cuento que llevó a diversos editores de otras revistas a alzar la cabeza y fijarse en el chico del pelo de punta y nariz mojada.
¿Recibí de «El lago» una lección rápida, dura o aun fácil?
No.
Volví a escribir cuentos de fantasmas a la antigua.
Porque era demasiado joven para comprender mucho sobre la escritura y tardé años en percatarme de mis descubrimientos.
La mayor parte del tiempo vagaba por todos lados y escribía mal.
A los veinte y algo mi narrativa extraña era imitativa, con alguna sorpresa ocasional de concepto y acaso una sorpresa de ejecución, mi escritura de ciencia-ficción era abismal y mis cuentos de detectives rayaban en lo ridículo.
Pero durante esos años empecé a hacer listas de títulos, a escribir largas líneas de sustantivos.
Eran provocaciones, en última instancia, que hicieron aflorar mi mejor material.
Las listas decían más o menos así:
EL LAGO. LA NOCHE. LOS GRILLOS. EL BARRANCO. EL DESVÁN. EL SÓTANO. EL ESCOTILLÓN. EL BEBÉ. LA MULTITUD. EL TREN NOCTURNO. LA SIRENA. LA GUADAÑA. LA FERIA. EL CARRUSEL. EL ENANO. EL LABERINTO DE ESPEJOS. EL ESQUELETO.
En esa lista, en las palabras que simplemente había arrojado al papel confiando en que el inconsciente, por así decir, alimentara a los pájaros, empecé a distinguir una pauta.
Echando a la lista una mirada, descubrí que mis viejos amores y miedos tenían que ver con circos y ferias.
Recordé, luego olvidé, y luego volví a recordar, cómo me había aterrorizado la primera vez que mi madre me había llevado al tiovivo.
Con el organillo gritando y el mundo dando vueltas y los saltos de los terribles caballos, yo añadí mis chillidos al bochinche.
No volví a acercarme al tiovivo durante años.
Cuando décadas más tarde lo hice, me precipitó directamente en La feria de las tinieblas.
Pero mucho antes de eso seguí haciendo listas.
EL PRADO. EL ARCÓN DE LOS JUGUETES. EL MONSTRUO. TlRANOSAURIO REX. EL RELOJ DEL PUEBLO. EL VIEJO. LA VIEJA. EL TELÉFONO. LAS ACERAS. EL ATAÚD. LA SILLA ELÉCTRICA. EL MAGO.
Empecé a recorrer las listas, elegir cada vez un nombre, y sentarme a escribir a propósito un largo ensayo-poema en prosa.
En algún punto a mitad de la primera página, o quizás en la segunda, el poema en prosa se convertía en relato.
Lo cual quiere decir que de pronto aparecía un personaje diciendo «Ése soy yo», o quizás «¡Esa idea me gusta!».
Y luego el personaje acababa el cuento por mí.
Empezó a hacerse obvio que estaba aprendiendo de mis listas de nombres, y que además aprendía que, si los dejaba solos, si los dejaba salirse con la suya, es decir con sus propias fantasías y miedos, mis personajes harían por mí el trabajo.
(…) Como dice la vieja canción del Mikado, yo tenía una listita, salvo que larga, que me llevó al país del Vino del Estío y me ayudó a trasladar el país del Vino del Estío a Marte, y de rebote me devolvió a un territorio de vino oscuro cuando una noche, mucho antes del amanecer, llegaba el tren del señor Tinieblas.
Pero la primera y más importante fila de nombres fue esa llena de hojas que susurraban en las aceras a las tres de la mañana y de funerales que rodaban por vías férreas vacías, uno tras otro, y de grillos que de pronto, sin ninguna razón, se callaban, de modo que uno se oía el corazón y hubiera deseado no oírlo.
Lo cual nos lleva a una revelación final…
Uno de los nombres de mi lista de la secundaria era La Cosa o, mejor aún, La Cosa del final de la escalera.
Donde yo crecí, en Waukegan, Illinois, había un solo cuarto de baño: arriba.
Hasta encontrar una luz y encenderla había que subir un tramo de escalera a oscuras.
Yo intentaba convencer a mi padre de que dejase la luz encendida toda la noche.
Pero eso era caro.
La luz quedaba apagada.
A eso de las dos o tres de la mañana me entraban ganas de orinar.
Me demoraba en la cama una media hora, dividido entre la torturante necesidad de alivio y lo que, sabía, me aguardaba en el oscuro corredor que llevaba al altillo.
Al fin, impulsado por el dolor, me asomaba del comedor a la escalera pensando: date prisa, salta, enciende la luz, pero hagas lo que hagas no mires arriba.
Si miras antes de encender la luz, allí estará Eso.
La Cosa.
La terrible cosa que aguarda al fin de la escalera.
De modo que corre, ciego; no mires.
Corría, saltaba.
Pero siempre, inevitablemente, a último momento, en un parpadeo, miraba la espantosa oscuridad.
Y aquello siempre estaba.
Y yo gritaba y caía por la escalera, despertando a mis padres.
Mi padre gruñía y se volvía en la cama, preguntándose de dónde había salido su hijo.
Mi madre se levantaba, me encontraba en el vestíbulo hecho un revoltijo y subía a encender la luz.
Esperaba a que subiera al cuarto de baño y volviera para besarme la cara sucia de lágrimas y arroparme en la cama el cuerpo aterrorizado.
A la noche siguiente y la otra y la otra pasaba lo mismo.
Enloquecido por mi histeria, papá sacó el viejo orinal y me lo puso bajo la cama.
Pero nunca me curé.
La Cosa no se movía de allí.
Sólo me alejé de ese terror cuando a mis trece años nos mudamos al Oeste.
¿Qué he hecho en los Últimos tiempos con esa pesadilla
Bien…
Ahora, muy tardíamente, La Cosa está en lo alto de la escalera, aguardando aún.
Desde 1926 hasta hoy, primavera de 1986, la espera ha sido larga.
Pero al fin, cosechando en mi siempre fiable lista, he mecanografiado el nombre en papel, añadiendo «La escalera», y al fin me he enfrentado con el tramo oscuro y la frialdad ártica que se mantuvo quieta sesenta años, esperando que, a través de mis dedos helados, la pidieran bajar hasta la corriente sanguínea de ustedes.
Surgido de las asociaciones del recuerdo, el cuento quedó acabado esta semana, al mismo tiempo que yo escribía este ensayo.
Ahora los dejo al pie de la escalera, treinta minutos después de medianoche, con un bloc, una pluma y una posible lista.
Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad.
Peldaños arriba, en las sombras del altillo, espera su Cosa.
Si le hablan con suavidad y escriben toda vieja palabra que quiera saltar de sus nervios a la página…
Tal vez, en su noche privada, la Cosa del final de la escalera… empiece a bajar.”- 1986

-Ray Bradbury (de “Zen en el Arte de Escribir”)-

 

 

 

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