.por qué las hojas cambian de color en otoño

(a Vos !!! ^^ ^^) Autumn-5

Autumn-7

    “La cautela con que se aproxima el otoño nos toma por sorpresa. ¿Era un jilguero posado en un árbol a comienzos de septiembre, o la primera hoja cambiando de color? ¿Un grajo de alas rojas o un arce cerrando su tienda para el invierno? Con la vista aguda de un leopardo, nos quedamos quietos y revisamos lo que nos rodea, buscando señales de movimiento. La helada del amanecer cubre la hierba y hace del alambre de púas una cadena de estrellas. En una colina distante, un pequeño cuadrado amarillo parece un escenario iluminado. Al fin, la verdad se hace evidente: el otoño llega, justo a tiempo, con su equipaje de noches frías, fines de semana macabros y hojas espectaculares, tan hermosas, que pueden detener un corazón. Pronto las hojas dejarán de sostenerse ufanas en los árboles, y se enrollarán como puños cerrados antes de caer. Vainas secas se sacudirán como pequeños sonajeros. Pero antes habrá semanas de un color tan brillante, tan festivo, que vendrán turistas de toda la región sólo para mirarlo: la estación de las hojas. ¿De dónde vienen los colores? La luz solar gobierna a la mayoría de los seres vivos con sus dorados edictos. Cuando los días empiezan a acortarse, después del solsticio de verano, el 21 de junio, un árbol reconsidera la función de sus hojas. Durante todo el verano las alimenta de modo que puedan procesar la luz solar, pero en los días culminantes de la estación el árbol empieza a almacenar nutrientes en el tronco y las raíces, se provee, y pronto empieza a escupir sus hojas. En el delgado pecíolo de las hojas se forma una capa de células muertas que las aísla. Subalimentada, la hoja deja de producir el pigmento clorofilico, y la fotosíntesis cesa. Los animales pueden emigrar, hibernar o almacenar comida para pasar el invierno. ¿Pero adónde puede ir un árbol? Sobrevive desprendiéndose de sus hojas, y al final del otoño las hojas que permanecen en su puesto están sostenidas apenas por un frágil hilo portador de fluídos. Una hoja moribunda se mantiene parcialmente verde al comienzo, después, a medida que la clorofila disminuye, le aparecen manchas amarillas y rojas. El verde oscuro parece permanecer más tiempo en las venas, dibujándolas y definiéndolas. Durante el verano, la clorofila se disuelve en el calor y la luz pero es prontamente reemplazada. En el otoño, en cambio, no se produce nuevo pigmento, por lo que notamos los otros colores que ya estaban allí, en la misma hoja, aunque el vigoroso verde de la clorofila los tenía ocultos. Cuando el camuflaje parte, vemos esos colores por primera vez en el año, y nos maravillamos, pero siempre habían estado ahí, ocultos como un secreto debajo del cálido resplandor verde del verano. En ningún lugar del mundo el follaje otoñal da un espectáculo tan rico y variado como en el noreste de los Estados Unidos y en el este de China, donde el vigor del colorido de las hojas se debe en parte a un clima especialmente bueno. Los arces europeos no alcanzan los mismos rojos flamígeros que sus parientes norteamericanos, que prosperan con las noches frías y los días soleados. En Europa, el clima húmedo y tibio pone las hojas marrones o amarillentas. La antocianina, el pigmento que da a las manzanas su rojo y vuelve las hojas rojas o rojovioláceas, es producido por los azúcares que permanecen.en la hoja cuando se corta la provisión de nutrientes. A diferencia de los carotenoides, que dan su color a las zanahorias, la calabaza y el cereal, y vuelven las hojas anaranjadas y amarillas, la antocianina varía de año en año, según la temperatura y la cantidad de luz. Los colores más vívidos se manifiestan en años en que la luz solar, en otoño, es más fuerte y las noches son frías y secas (un estado de gracia que a los meteorólogos les resulta muy difícil pronosticar). Por eso también las hojas brillan con un color y una claridad que marean en un día soleado de otoño: la antocianina brilla como un cartel de neón. No todas las hojas adquieren el mismo color. Los olmos, sauces y el antiguo gingko se vuelven de un radiante amarillo, junto con el nogal, el álamo temblón, el castaño, la ceiba y los altos y erguidos álamos. El tilo se vuelve bronce; el abedul, oro. Los arces amantes del agua despliegan una sinfonía de rojos vivos. Los zumaques también se ponen rojos, lo mismo que los cornejos de flor y también los eucaliptos. Aunque algunos robles pasan directamente al amarillo, la mayoría prefiere un intermedio marrón rosado. Las tierras cultivadas también cambian de color cuando las parvas de maíz o los fardos de heno se secan en los campos. En algunos sitios, una ladera de la colina puede estar verde y la otra ya de algún color cálido porque la ladera que da al sur recibe más sol y calor que la del norte. Un rasgo curioso de los colores es que no parecen tener ninguna función especial. Nos sentimos predispuestos a admirar su belleza, por supuesto. Se encienden con los tonos de la puesta de sol, de las flores en primavera, el dorado de las ancas de un potrillo, el rosa trémulo de unas mejillas. Los animales y las flores se colorean por alguna razón, por ejemplo la adaptación al medio, pero no hay motivo que explique que las hojas tomen colores tan bellos en otoño, así como no hay razón para que el cielo o el mar sean azules. Es sólo uno de los maravillosos azares que el planeta nos regala año tras años. Nos conmueve su ardiente paleta y, en cierto sentido, nos dejamos engañar por ella. Al igual que las cosa vivas, indican la muerte y la desintegración. Con el paso de los días, se volverán frágiles y, como el cuerpo, volverán al polvo. Son como esperamos que sea nuestro destino cuando hayamos muerto: no desvanecernos, sino sólo sublimarnos de un estado hermoso a otro. Las hojas pierden su vida verde, pero florecen en colores maravillosos, a medida que los bosques se momifican, y la naturaleza se vuelve más sensual, muda y radiante. En inglés, el otoño se llama fall, palabra que deriva del antiguo inglés feallan, «caer», que se remonta al indoeuropeo phol, que también significa «caer». De modo que la palabra y la idea son ambas extremadamente antiguas, y en realidad no han cambiado desde que el primero de nuestra especie tuvo que dar un nombre a la abundancia de hojas caídas del otoño. Cuando pronunciamos la palabra, recordamos aquella otra Caída, en el Jardín del Edén, cuando las hojas de higuera nunca se marchitaban y el velo cayó de nuestros ojos. A los niños les gusta jugar con las hojas caídas, las lanzan hacia arriba como trozos de papel y las apilan como blandos colchones. Para los niños, el otoño es sólo una más de las escenas de la naturaleza, como el granizo o la nieve. Basta caminar por un sendero entre los árboles, en otoño, y uno olvidará el tiempo y la muerte, perdido en la delicia de los colores. Adán y Eva ocultaron su desnudez con hojas, ¿lo recuerda? Las hojas siempre han ocultado nuestros secretos más incómodos. ¿Pero cómo caen las hojas coloreadas? Cuando la hoja envejece, desaparece la hormona de crecimiento, la auxina, y las células de la base del pecíolo se dividen. Dos o tres hileras de pequeñas células, dispuestas en ángulos rectos al eje del pecíolo, reaccionan al agua, se separan y dejan al pecíolo sostenido apenas por dos o tres hebras. Una ligera brisa, y las hojas remontan el vuelo. Planean y hacen tirabuzones, acunadas en hamacas invisibles. Son todo alas y pueden ir de un patio al vecino, llevadas por el viento, siempre girando. Por estar aferrados con firmeza al suelo, amamos ver cosas que vuelan: burbujas de jabón, globos, pájaros, hojas en otoño. Nos recuerdan que la estación es caprichosa, como lo es el fin de la vida. Nos gusta especialmente el modo en que se acunan las hojas al caer. Todos conocemos ese movimiento. Los pilotos suelen hacer una maniobra que se llama «hoja que cae», en la que el avión pierde altura abruptamente, inclinándose primero a la derecha y después a la izquierda. El aparato pesa una tonelada o más, pero en la mente del piloto es un objeto sin peso, una hoja que cae de un árbol. Sin duda ha visto ese movimiento antes, cuando era niño y jugaba en los bosques de Vermont. Allá abajo, en la superficie terrestre, ve la radiación dorada, cobriza y roja de los árboles. Las hojas están cayendo, aunque no pueda verlas caer, mientras él también se deja caer acercándose como para ver mejor. Al fin, las hojas parten. Pero antes cambian de color y nos maravillan durante semanas enteras. Después crujen bajo nuestros pies. Crujen con un ruido seco cuando los niños arrastran sus pequeños pies por entre las hojas amontonadas en la acera. Tras una lluvia, hojas fláccidas y barrosas se pegan a la suela de los zapatos. Una capa húmeda de hojas semipútridas protege los brotes nuevos hasta la primavera, y enriquece el humus. En los montículos de hojas, un movimiento repentino anuncia la presencia de un ratón excavando en ellas. A veces se encuentran impresiones de hojas en piedras fósiles, hojas desintegradas mucho tiempo atrás, cuyo dibujo nos recuerda lo detalladas, vibrantes y vivas que son las cosas perecederas de esta tierra.” -Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)    

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