.cómo mirar el cielo

 .cómo mirar el cielo-

“Tras cuatro horas de viaje en coche hacia el sur, a lo largo de espectaculares acantilados y un mar salvaje donde nutrias marinas juegan sobre lechos de algas, ladran leones marinos, se amontonan focas como pequeñas cordilleras, y anida toda clase de pájaros de mar, me detengo en un talud de Big Sur trabajado por el viento.

Un pino de Monterrey se inclina sobre el Pacífico, y semeja un anaquel para el crepúsculo.
Los vientos tempestuosos han ido colocando todas sus ramas en una única dirección, y ahora parece un dedo esquelético apuntando al mar.
Llegan coches con gente que se baja y mira.
No hay necesidad de decir nada.
Todos comprendemos el alimento visual que estamos compartiendo.
Asentimos con la cabeza.
El algodonoso cielo azul y el mar oscuro se encuentran, en una línea recta y fina como el filo de una navaja.
¿Por qué es tan conmovedor ver un árbol que sostiene trozos de cielo en sus ramas, y oír la rompiente que golpea contra una costa rocosa y forma nubes de rocío, mientras las gaviotas gritan?
De los muchos modos de mirar el cielo, uno de los más familiares es hacerlo a través de las ramas de un árbol, o subidos a uno de ellos; esto tiene mucho que ver con el modo como realmente vemos y observamos el cielo.
Los árboles conducen el ojo desde el suelo hacia los cielos, vinculan la temporalidad detallada de la vida con la enorme abstracción azul que hay allá arriba. (…)
Es curioso pensar que el cielo tiene compartimientos, pero así es; hasta el viento los tiene.
Cuando en Big Sur se pone el sol, todo el hollín del mundo parece depositarse sobre la tierra.
Un doblón amarillo e hinchado se hunde lentamente en el mar, resplandor tras resplandor, como si el horizonte se lo tragara.
En ese mismo sitio, y durante un instante, una diminuta chispa verde brilla durante un segundo y desaparece.
Se le llama «el rayo verde», con mística solemnidad, pero en realidad se trata del más fugaz vislumbre de verde, y ésta es la primera vez en mi larga experiencia de contempladora de crepúsculos que lo veo.
Verde, azul, violeta, rojo: ¡qué afortunados somos por vivir en un planeta con cielos coloreados!
El cielo parece estar lleno de azul.
Esto es especialmente cierto cuando el sol está en el cenit, porque los rayos de luz tienen una distancia menor que recorrer.
Los rayos del rojo son más largos, y penetran mejor la atmósfera.
Cuando el sol se pone, es que un lado de la tierra está alejándose de él; la luz tiene que viajar más lejos, en ángulo, a través de más polvo, vapor de agua y moléculas de aire; los rayos azules se diseminan más aún y los rayos rojos permanecen, siempre viajando. El sol puede aparecer ampliado como un fantasma, o ligeramente elíptico, o incluso sobre el horizonte cuando en realidad está debajo, gracias a la refracción, al arqueamiento de las ondas lumínicas.
Lo que vemos es una puesta de sol gloriosamente roja, especialmente si hay algunas nubecitas que reflejen los cambios de colores.
El último color que surca la atmósfera sin dispersarse es el verde, por lo que a veces vemos el rayo verde inmediatamente después de que el sol desaparezca.
En el espacio exterior, el aire parece ser negro porque no hay polvo que disemine la luz azul.
En el faro de Big Sur, que se alza sobre un promontorio lejano, brilla una luz para advertir a los barcos del peligro de las rocas y bancos de arena; su luz les llega a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo.
El faro del sol tarda unos ocho minutos en llegar a la tierra.
Y la luz que vemos de la Estrella Polar salió de ella en tiempos de Shakespeare.
El sendero de la luz es extraordinariamente recto; sin embargo, si se hace pasar luz solar por un prisma, la luz se fracciona.
Como cada color se divide en una proporción diferente, los colores se separan en bandas.
Hay muchas cosas que captan la luz como un prisma (las escamas de un pez, la parte interior de la madreperla, una mancha de aceite en la calle, las alas de una libélula, los ópalos, las burbujas de jabón, los surcos de un disco, el metal bruñido, el cuello de un colibrí, las alas de un escarabajo, las telarañas con gotas de rocío), pero quizá la más conocida sea el vapor de agua.
Cuando llueve pero hay sol, o en una catarata neblinosa, la luz solar sobre las gotas de agua prismáticas se divide en lo que llamamos un «arco iris».
En días así, hay arcos iris por todas partes, escondidos bajo las faldas de la lluvia; pero para ver mejor uno hay que estar en la posición justa, con el sol atrás y ya bajo en el cielo.
Es de noche en el planeta Tierra.
Pero eso es sólo un capricho de la naturaleza, un resultado de que nuestro planeta gire en el espacio a una velocidad de mil seiscientos kilómetros por minuto.
Lo que llamamos «noche» es el lapso que pasamos frente a las honduras secretas del espacio, donde hay otros sistemas solares y quizá otros seres planetarios.
No debemos pensar en la noche como una ausencia de día; debemos pensarla como una especie de libertad.
Al darle la espalda a nuestro sol, vemos el amanecer de lejanas galaxias.
El sol ya no nos ciega en el universo estrellado en el que vivimos.
Al espacio negro interminable que parece estirarse indefinidamente entre las estrellas e incluso hacia atrás en el tiempo, hacia el Big Bang, lo llamamos «infinito», que significa etimológicamente «no terminado» o «incompleto».
La noche es un mundo en sombras.
Vemos las sombras que proyecta la luna, o la luz artificial, pero la noche misma es una sombra.
En el campo pueden verse más estrellas, y la noche parece un pozo profundo que se hunde para siempre.
Si se tiene paciencia y se espera a que los ojos se adapten a la oscuridad, se podrá ver la Vía Láctea como un trazo cremoso que cruza el cielo.
Las diferentes culturas que han poblado y pueblan el mundo, del mismo modo que han unido las estrellas en constelaciones, han visto en ellas sus propios dramas privados.
Los bosquimanos del Kalahari llaman a la Vía Láctea «el hueso de la noche».
Para los suecos es «la calle invernal» que lleva al paraíso.
Para los isleños de las Hébridas es «el sendero de la gente secreta».
Para los noruegos «el camino de los fantasmas».
Para los patagones, obsesionados con sus aves corredoras, «la pampa blanca donde los fantasmas cazan ñandúes».
En la ciudad se pueden ver con más facilidad las constelaciones principales porque hay menos estrellas visibles que nos distraigan.
Dondequiera que uno esté, el mejor modo de mirar las estrellas es tendido boca arriba.
Esta noche, la media luna tiene un perfil maya.
Parece cargada de luz, un verdadero faro en la noche, pero sé que su luz la ha tomado prestada.
De día, si dirijo con un espejo un haz de luz entre los árboles, estoy imitando a la luna, que no tiene luz propia que dar.
Encima de mí, entre Sagitario y Acuario, la constelación Capricornio recorre a largos pasos el cielo.
Los aztecas se la representaron como una ballena (cipactli), los hindúes vieron en ella un antílope (makaram), los griegos la llamaron «la puerta de los dioses», y para los asirios era un pez (munaxa).
Quizá la estrella más conocida en todo el mundo sea la Estrella Polar, o Polaris, aunque, por supuesto, tiene otros muchos nombres; para los navajos es «la estrella que no se mueve»; para los chinos, «el Gran Emperador del Cielo».
En todos los tiempos, la humanidad ha mirado al cielo para saber dónde estaba.
Cuando era niña, en el fondo de una lata vacía hacía agujeritos siguiendo el dibujo de una constelación; luego ponía una linterna dentro y ya tenía mi planetario privado.
iCuántos exploradores, perdidos en mar o tierra, han esperado la noche para tratar de orientarse con ayuda de la Estrella Polar y regresar a su hogar!
Al buscarla, como hacían ellos, tendemos un puente con aquellos lejanos nómadas.
Primero se encuentra la Osa Mayor y se traza una línea que pase por las dos estrellas exteriores de su caldero.
Entonces se verá la Estrella Polar, como una gota de leche caída del cucharón de la Osa.
Si ésta no es visible, puede hallarse la Estrella Polar por medio de Casiopea, una constelación que está justo debajo de Polaris, con forma de W o de M, según el momento.
Como la Tierra gira, las estrellas parecen desplazarse de este a oeste por el cielo, de modo que también puede determinarse la dirección manteniendo la vista fija en una estrella cualquiera; si parece subir, entonces estamos de cara al este; si parece caer, miramos al oeste.
Cuando yo era girl scout, para orientarnos de día hincábamos un palo bien recto en la tierra.
Lo dejábamos unas horas, y volvíamos cuando el palo proyectaba una sombra de unos veinte centímetros de largo.
El sol se había movido hacia el oeste, y la sombra apuntaba al este.
Si se ve un árbol en terreno abierto, con musgo a un lado del tronco, lo más probable es que ese lado apunte al norte, puesto que el musgo crece más en el lado sombrío de un árbol.
Si se encuentra un tocón, los anillos probablemente serán más anchos hacia el lado soleado, o sea, el sur.
También se puede mirar la copa de los pinos que, en general, apunta hacia el este.
0, si se sabe de qué lado viene el viento más frecuente en la región, es posible orientarse viendo hacia dónde se inclinan las plantas.
Estamos en noviembre.
Se espera a las Leónidas en la constelación de Leo.
Se trata de trozos de cometa que caen principalmente después del crepúsculo o antes del amanecer, y aparecen en la misma constelación todos los años en la misma época.
En la Antártida, yo esperaba ver auroras, cortinas de luz provocadas por el viento solar que rebota en los campos magnéticos de la tierra dejando atrás un glorioso resplandor.
Pero los días que estuve allí fueron muy soleados, y los atardeceres un desagradable crepúsculo grisáceo.
De noche, el mar parecía bronce fundido, pero no había auroras que hicieran brillar nuevos caminos en lo alto.
He aquí cómo describió una el capitán Robert Scott, en junio de 1911:
“La luz de la aurora dominaba todo el cielo hacia oriente… arco sobre arco y cortinas de vibrante luminosidad que subía extendiéndose por el cielo, para desvanecerse lentamente y renacer de nuevo. La luz más brillante parecía fluir y luego solidificarse en pliegues de los que saltaban lustrosos gallardetes, para de inmediato correr en ondas a través de la estructura de una figura más oscura. Es imposible presenciar un
fenómeno tan bello sin experimentar un sentimiento de reverencia, no inspirado por su grandeza sino por su delicadeza de luz y color, por su transparencia y, sobre todo, por la trémula evanescencia de la forma.”
Esta noche, Marte brilla como un tizón rojo.
Aunque es apenas un punto de luz en el cielo, en mi mente es un lugar plagado de llanuras barridas por vientos feroces, de volcanes, valles agrietados, dunas de arena, arcos excavados por el viento, lechos de ríos secos y brillantes casquetes polares blancos que aumentan y disminuyen con las estaciones.
Es posible que alguna vez hubiera allí un clima y agua.
Pronto aparecerá Venus como una brillante luz plateada, como hace habitualmente unas tres horas después de la puesta de sol o antes del amanecer.
Con su velado rostro blanco parece una foto antigua, pero sé que la impresión la producen los bancos de nubes llenas de ácido que flotan sobre una superficie cuya temperatura es tan alta como para fundir el plomo.
Hay muchas clases de visión: la literal, la imaginativa, la alucinatoria; visiones de grandeza o de grandes posibilidades.
Aunque todavía no puedo ver la luz de otros planetas, sé que están allí, junto con asteroides, cometas, galaxias distantes, estrellas de neutrones, agujeros negros y otros fantasmas del espacio exterior.
Y me los represento con una seguridad que Walt Whitman comprendió cuando dijo:
«Los soles brillantes que veo y los soles oscuros que no puedo ver están todos en sus lugares.»
Amanece.
La oscuridad del cielo comienza a diluirse.
Una capa espesa de niebla se levanta desde el valle como la crisálida de una mariposa. Venus, Mercurio y Saturno son vivos agujeros de plata en el cielo que lentamente se va volviendo azul.
Las estrellas se han desvanecido porque cuando su luz llega a la Tierra durante el día, es demasiado débil como para ser vista.
Dos formas oscuras se distinguen en la niebla, son dos vacas.
Aparece un ternero.
Aprender sobre el mundo es eso: mirar y esperar que las formas se revelen en la niebla de nuestra experiencia.
Un cielo pálido se coagula en franjas nubosas.
La tierra está velada por la bruma.
La colina más alta parece el penacho de humo de un tren seguido por las nubes.
Ahora, a medida que los cúmulos ascienden sobre las montañas, el mundo nuboso, que era horizontal, se vuelve vertical.
Venus palpita, un faro roto a través del cielo occidental.
Una nación de toldos de nubes se instala en los bordes del risco.
El primer halcón del día se desliza a través del aire frío, con las alas arqueadas.
El rocío se posa en gotas redondas sobre los tréboles.
Una escuadrilla de dieciocho pelícanos pasa volando sobre mi cabeza, gira abruptamente y desaparece, vuelve a aparecer y se aleja.
Una inmensa almohada de niebla rueda sobre el valle.
Las vacas desaparecen pero el cielo se vuelve más azul; Venus se desvanece, empiezan a formarse nubes blancas, la niebla se levanta como en un sueño, aparece una casa y más vacas.
Un árbol solitario, quebrado por el rayo, se alza como un tótem en la ladera, la luz se apresura, y los pájaros comienzan ya sus canciones aplicadas, cuando el primer rayo amarillo flota como yema de huevo sobre el umbral del mundo.
Y sale el sol, como una luz cantarina.”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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