.el color

.el color(Azul en Monte Grande)

“En el crepúsculo, alas rosadas tiemblan sobre las colinas, y el violeta nos regala con una danza de sombras sobre el lago.
Cuando la luz da sobre un coche rojo estacionado en la esquina, en nuestros ojos se reflejan sólo los rayos rojos, y decimos: «rojo».
Los otros rayos los absorbe la pintura del coche.

Cuando la luz da sobre un buzón azul, el azul es reflejado, y decimos: «azul».
El color que vemos es siempre el reflejado, el que no es absorbido.
Vemos el color rechazado, y decimos «la manzana es roja».
Pero en realidad esa manzana es de todos los colores menos rojo.
Incluso durante el crepúsculo, cuando la cantidad, calidad y brillo de la luz han disminuido, seguimos viendo azul el buzón azul, y rojo el coche rojo.
En realidad, no somos cámaras fotográficas.
Nuestros ojos no se limitan a medir la longitud de onda.
Como dedujo Edwin Land (inventor de la cámara Polaroid y de la fotografía instantánea), juzgamos los colores por la compañía que tienen.
Los comparamos unos con otros, y revisamos el dato de acuerdo con la hora del día, la fuente de luz y la memoria.
De otro modo, nuestros antepasados no habrían podido encontrar comida durante el crepúsculo o en días nublados.
El ojo trabaja con proporciones de color, no con absolutos.
Land no era biólogo, pero sí un agudo observador del modo como observamos, y su teoría de la constancia del color, propuesta en 1963, sigue siendo válida.
Todo estudiante ha preguntado en un momento u otro qué significa saber algo, y si hay verdades perceptuales simples que comparte la gente.
Vemos televisión en colores porque nuestros antepasados tenían ojos sintonizados con el punto de madurez de las frutas, y también tenían que cuidarse de plantas y animales venenosos (que tienden a estar brillantemente coloreados).
La mayoría de las personas puede identificar entre ciento cincuenta y doscientos colores.
Pero no todos vemos exactamente los mismos colores, especialmente si somos parcial o completamente ciegos a color,2 como lo son muchas personas, sobre todo hombres.
Un barco azul puede no parecer del mismo color si se lo mira desde los dos lados de un río, según el paisaje de fondo, las nubes y otros fenómenos.
Las emociones y recuerdos que asociamos con ciertos colores también manchan el mundo que vemos.
Y aun así, ¡qué sorprendente resulta que nos pongamos de acuerdo sobre lo que llamamos rojo o verdeazulado o crema!
No todos los idiomas disponen de nombre para todos los colores.
Los japoneses incluyeron recientemente una palabra para «azul».
En el pasado, aoi era una palabra «sombrilla» que servía para el espectro de colores que van del verde y el azul al violeta.
Las lenguas primitivas empiezan desarrollando palabras para el blanco y el negro, después agregan rojo, después amarillo y verde; son muchas las que ponen juntos el verde y el azul, y algunas no se molestan en distinguir otros colores del espectro.
Como el griego antiguo tenía muy pocas palabras para designar colores, hubo mucha discusión entre eruditos sobre lo que quiso decir Homero con metáforas como la del «mar color vino oscuro.
El galés dispone de la palabra glaz para designar el color de un lago de montaña que podría ser azul, gris o verde.
En swahili, nyakundu podría significar pardo, amarillo o rojo.
Los tribeños jalés de Nueva Guinea no tienen una palabra para el verde, y se contentan con decir que una hoja es más oscura o más clara.
Aunque el inglés dispone de una buena cantidad de vocablos para distinguir el azul del verde (incluyendo arure, aqua, teal, emerald, indigo, oliue), solemos discutir sobre si un color realmente debería ser considerado azul o verde, y recurrimos principalmente a símiles como verde hierba o verde manzana.
El lenguaje «colorístico» del inglés tropieza cuando intervienen los procesos de la vida.
Deberíamos seguir el ejemplo de los maoríes de Nueva Zelanda, que cuentan con muchas palabras para el rojo, todos los rojos que nacen y se desvanecen cuando se desarrollan las flores y los frutos, lo mismo que la sangre fluye y se seca.
Necesitamos ampliar nuestro espectro de verdes para describir el verde ya casi amarillo de la hierba a fin del invierno, el verde dolorosamente fluorescente de las hojas en pleno verano, y todos los caprichos de la clorofila entre medio.
Necesitamos palabras para los muchos colores de las nubes, desde el rosa perlado de un crepúsculo sereno sobre el mar hasta el gris verde eléctrico de los tornados.
Necesitamos rejuvenecer nuestras palabras del marrón para todos los matices de la corteza.
Y necesitamos palabras cooperativas para ayudarnos a matizar los colores, que cambian cuando les da el sol, o son lavados por luz artificial, saturados con pigmentos puros, o bañados suavemente por la luna.
Una manzana sigue siendo roja en nuestra mente, no importa dónde la veamos, pero pensemos lo diferente que se ve su rojo bajo la luz fluorescente, en la rama sombreada de un árbol, en un patio por la noche, o en una cesta de la compra.
El color no tiene lugar en el mundo, sino en la mente.
Recordemos la vieja pregunta paradójica: Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para oírlo, ¿produce un ruido?
Una cuestión paralela para la visión sería: Si no hay ningún ojo para verla, ¿es realmente roja la manzana? La respuesta es no, no es roja según lo que significa rojo para nosotros.
Otros animales perciben el color de modo diferente de nosotros, según su química.
Muchos ven en blanco y negro.
Algunos responden a colores que son invisibles para nosotros.
Pero los muchos modos en que disfrutamos, identificamos y usamos el color para hacer la vida más plena son propios de los humanos.
En la Sala de Gemas del Museo de Historia Natural, en Nueva York, una vez me detuve ante un enorme trozo de azufre tan amarillo, que empecé a llorar.
No es que me sintiera triste en absoluto.
Más bien lo contrario; sentía una oleada de placer y excitación.
La intensidad del color me afectaba al sistema nervioso.
En ese momento, llamé «maravilla» a mi emoción y pensé: «¿No es maravilloso vivir en un planeta donde hay amarillos como éste?»
Uno de los «consultores colorísticos» que hay hoy podría haberme dicho qué chakra, o centro energético, estaba estimulando ese amarillo.
El uso terapéutico del color se ha puesto de moda últimamente, a cambio de honorarios, toda clase de gente le ayudará  «saber qué colores necesita su cuerpo», como lo ha definido un gurú.
Libros de reciente aparición decretan los únicos y perfectos colores que nos harán hermosos o curarán nuestros decaimientos.
Pero los científicos saben desde hace mucho que ciertos colores desencadenan una respuesta emocional determinada en la gente.
Los niños utilizarán colores oscuros para expresar su tristeza cuando están pintando, y colores brillantes para expresar felicidad.
Una habitación pintada en rosa «chicle» (conocido en hospitales, escuelas y otras instituciones como «rosa pasivo») les tranquilizará si son demasiado inquietos.
En un estudio hecho en la Universidad de Texas, los sujetos miraban luces coloreadas mientras se medía el vigor con que apretaban el puño.
Cuando miraban luz roja, que excita el cerebro, la fuerza en la mano subía el 13,5 por ciento.
En otro estudio, cuando pacientes hospitalizados, con temblores, miraban luz azul, que calma el cerebro, sus temblores aminoraban.
Las culturas de la antigüedad (como las de Grecia, Egipto, China, India y otras) aplicaban terapias de color de muchas clases, y prescribían colores para diversos males del cuerpo y el alma.
Los colores pueden alarmar, excitar, calmar, elevar.
Las salas de espera de los estudios de televisión y teatros son llamadas «salas verdes», y se las pinta de ese color por el efecto relajante que tiene.
La costumbre de vestir a los bebés de rosa si son niñas y de azul si son varones tiene una larga historia.
Para los antiguos, el nacimiento de un varón era motivo de celebración, ya que significaba otro trabajador y prolongador del nombre de la familia.
El azul, el color del cielo donde vivían los dioses y los destinos, tenía poderes especiales para energizar y para alejar el mal, por lo que a los bebés varones se los vestía de azul para protegerlos.
Más tarde, una leyenda europea dijo que las niñas nacían dentro de delicados capullos de rosa, y el rosa se convirtió en su color.
Hace unos años, cuando trabajé como directora de un programa de escritura en St. Louis, Missouri, solía usar el color como un tónico.
Ignorando los ojos implorantes de los estudiantes que acudían a mi depacho, o el último capricho de la secretaria, o las presiones del director histéricamente ansioso, trataba de llegar a casa a la misma hora todas las tardes para ver el crepúsculo desde un gran ventanal de la sala, que daba al Forest Park.
Todos los días, la puesta de sol se anunciaba con plumajes violeta y cohetes fucsia en el cielo rosado, después se oscurecía en capas plagadas de verde pavo real hasta adquirir todos los matices del azul de la India y un tono negro sobre el que las nubes se posaban a veces como muñecas de alabastro.
El opio visual de la puesta de sol era lo que me calmaba.
Una vez, cuando estaba almorzando una ensalada de langosta y aguacate en el pretencioso restaurante de la facultad, y hablaba con una joven colega anoréxica, descubrí que me sentía ansiosa por que el día terminara y pudiera salir de ese mundillo cadavérico, para poder llevar mi silla a la ventana y purgar mis sentidos con los colores puros y el tumulto visual de la puesta de sol.
Esto me sucedió otra vez al día siguiente, en la cafetería, mientras charlaba con una profesora de historia de la literatura que siempre utilizaba los colores más apagados en su ropa y seguía hablando mucho después de que su interlocutor estuviera convencido.
Adapté los músculos faciales a la máscara de «escuchar embobada » mientras ella parloteaba sobre su especialidad, los poetas carolinos, pero en mi mente el sol empezaba a ponerse, un resplandor verdoso daba lugar a franjas de amarillo sulfúreo, y un tren de nubes violeta había empezado a marchar por el horizonte.
Mi colega me dijo que yo pagaba demasiado alquiler por mi apartamento.
Era cierto, decía, que el apartamento tenía vista a las estaciones cambiantes del parque, un ventanal que capturaba la puesta de sol todas las tardes, y estaba a una calle de distancia de un sector peatonal lleno de galerías de arte, anticuarios y restaurantes étnicos.
Pero todo eso era gasto, enfatizaba ella, no sólo gasto financiero sino una experiencia de vida extravagante.
Esa noche, mientras veía los círculos anaranjados y malvas explotar lentamente en cintas rojas, pensé: los avaros sensoriales heredarán la tierra, pero antes la despojarán de todo lo que tiene de bueno.
Cuando se piensa en algo como la muerte, tras la cual (mientras no haya pruebas que demustren lo contrario) podemos extinguirnos
como la llama de una vela, probablemente no importa si nos esforzamos demasiado, si a veces somos extravagantes, si nos preocupamos en exceso, si somos demasiado curiosos sobre la naturaleza, o demasiado abiertos a la experiencia, o disfrutamos de
un gasto sin pausas de los sentidos en el esfuerzo por conocer la vida íntima y amorosamente.
Probablemente no importa si, cuando tratamos de ser modestos y ávidos observadores de los muchos espectáculos de la vida, a veces parecemos torpes o nos ensuciamos o hacemos preguntas estúpidas o revelamos nuestra ignorancia o decimos lo que no debemos o nos encendemos de placer como los niños que somos.
Probablemente no importa si alguien que pasa nos ve metiendo un dedo en el almohadillado húmedo de docenas de pantuflas de mujer para descubrir qué insectos tienden a meterse en ellas, y nos consideran un poco excéntricos.
O que un vecino que sale a recoger su correspondencia nos vea de pie, temblando de frío, con las cartas en una mano y una hoja roja de otoño en la otra, con su color golpeando nuestros sentidos como un disparo, y nosotros nos quedemos, con una enorme sonrisa, demasiado paralizados por la decoración de venas intrincadas de la hoja para movernos.”
-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)
 

 

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