.la luz

.la luz

“¿Sin luz podríamos ver algo?
¿Podría existir la vida, sin luz ni agua?
Es difícil imaginarse la vida sin luz.
La oscuridad más completa que recuerdo la vi en las Bahamas, cuando buceaba en una caverna submarina.
Llevábamos linternas, pero en cierto momento apagué la mía y me quedé a oscuras.
Después, cuando salí de la caverna y nadé hasta la superficie, enfrentándome a la luz cegadora de un día de calor en las Bahamas, el sol ardía a ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia, pero yo lo sentía como papel de lija nuevo sobre mis brazos y piernas.
Exactamente a las cuatro de la tarde llovió unos minutos, como sucedía todos los días a esa hora.
Las calles mojadas brillaban.
No así las paredes de piedra.
Las ondas de luz, al dar en una superficie plana y lisa, rebotan uniformemente y la hacen brillar, pero si esa superficie es rugosa las ondas de luz se desperdigan en diferentes direcciones.
Las que vuelven a nuestros ojos son pocas, y la superficie no parece brillante.
Se necesita muy poca luz para estimular el ojo (basta una vela encendida a quince kilómeros de distancia); una noche de luna, especialmente después de una nevada, inundará el ojo con reflejos, formas y movimiento.
Los astronautas que efectúan órbitas alrededor de la Tierra pueden ver abajo las estelas que dejan los barcos en el mar.
Pero cuando estamos en un bosque, bajo una pesada capa de nubes, y cae la noche como una apisonadora negra, no hay rayos de luz que reboten hasta a nuestros ojos, y no vemos.
Como observó sagazmente Sir Francis Bacon en su ensayo sobre la religión: «En la oscuridad todos los colores se ponen de acuerdo.»
Hasta a los ciegos de nacimiento les afecta la luz, porque, aunque no la necesitan para ver, la luz también nos influye de otros modos.
Afecta a nuestro humor, pone en movimiento nuestras hormonas, desencadena nuestros biorritmos.
En las latitudes altas, durante la estación de oscuridad aumenta la tasa de suicidio, la demencia amenaza muchos hogares y el alcoholismo se vuelve una plaga.
Algunas enfermedades infantiles, incluido el raquitismo, provienen en parte de la falta de luz solar; los niños son criaturas muy activas y necesitan la vitamina D, producida por la luz, para conservar la salud.
Otros males, como el desorden afectivo estacional, que hace sentir vacía y deprimida a mucha gente en los meses de invierno, puede corregirse con dosis diarias de luz muy brillante (veinte veces más brillante que la luz artificial corriente) durante una media hora por las mañanas.
La depresión remanente puede curarse cambiando los horarios de sueño del paciente, de modo que se adapte mejor a los períodos de luz y oscuridad estacionales.
La ciudad de Ithaca, en el estado de Nueva York, tiene por regla general sólo dos estaciones, y las dos húmedas (húmeda caliente y húmeda fría), por lo que tiende a estar nublado la mayor parte del año.
Al amanecer no entra una luz brillante por los ventanales.
De todos modos, las ventanas de mi dormitorio tienen gruesas cortinas y yo duermo en un cuarto tan oscuro que un lirón no se sentiría fuera de lugar.
Aunque hago una caminata rápida de cincuenta minutos todos los días, sin importar la estación o el clima, he comprobado que me siento con más energía y por lo general más contenta, si en invierno hago mi caminata a primera hora de la mañana y la hago todos los días sin falta; en verano, no parece importar a qué hora salgo, o si me pierdo un día.
Actualmente se está aplicando terapia lumínica para ayudar a personas que padecen psoriasis, esquizofrenia y aun algunas formas de cáncer.
La glándula pineal o «tercer ojo», como se la ha llamado místicamente, parece estar relacionada de modo íntimo con nuestro sentido de la estación, del bienestar, del comienzo de la pubertad, de la cantidad de testosterona o estrógeno que producimos, y con algunas de nuestras conductas estacionales más sutiles.
La testosterona llega a su nivel más alto en los hombres durante las primeras horas de la tarde (alrededor de las dos), y en el mes de octubre.
Supongo que porque un niño concebido entonces nacerá en verano y tendrá mayores posibilidades de supervivencia.
Por supuesto, no todos los hombres esperan ese climático mes otoñal para hacer el amor, seguir haciéndolo en un crescendo de libido en noviembre, para luego descender en ardor hacia la Navidad.
Una de las características de nuestra especie es la capacidad no sólo de adaptarnos a nuestro entorno sino también de cambiarlo para que nos convenga más.
Soportamos el frío razonablemente bien, pero no permitimos que sus excesos nos obliguen a emigrar; nos limitamos a construir casas y utilizar ropa.
Respondemos a la luz y creamos luz para las horas en que hay poco sol o no lo hay.
Usamos la energía del fuego, y creamos energía.
A diferencia de otras criaturas, preferimos hacer la mayor parte de esas cosas fuera de nuestro cuerpo.
Cuando queremos encender el mundo alrededor de nosotros, fabricamos lámparas.
Muchos insectos, peces, crustáceos, calamares, hongos, bacterias y protozoarios tienen luz biológica: son ellos los que se encienden.
El llamado pez pescador tiene colgado de la boca un cebo luminoso con el que atrae a sus presas.
Una luciérnaga macho enciende sus fríos semáforos verdeamarillentos de deseo, y si la hembra está dispuesta, enciende su propia luz para dar su consentimiento.
Parecen acaloradas y apuradas cuando, en una noche de verano, parpadean como amantes corriendo de un farol callejero a otro.
Su luz viene de la mezcla de dos sustancias químicas, la luciferina y la luciferasa (Lucifer significa «brillante»).
Si una persona rema de noche por la Bahía Fosforescente, en la costa sudoeste de Puerto Rico, dejará una estela luminosa en el agua y verá un fuego frío que se desprende de los remos; proviene de invertebrados microscópicos que viven en el agua y secretan un fluido luminoso cuando son agitados.
James Morin, un biólogo marino de la UCLA, ha estudiado unos crustáceos del tamaño de un grano de arroz, del género Varguza, a los que apodó «pulgas luminosas».
Existen treinta y nueve especies conocidas, y emplean la luz no sólo para el cortejo, sino también para alarmar a sus enemigos.
Cuando se encienden, se vuelven más visibles, pero lo mismo le pasa al predador que, a su vez, se vuelve más fácil de detectar por un predador más grande.
Durante el cortejo, cada especie enciende su propio dialecto de luz.
Mucho más brillantes que las luciérnagas, las Varguza desprenden un resplandor intenso.
«Con un solo ejemplar que aplastara entre los dedos, podría leer el diario durante unos diez minutos», dice Morin.
Los marinos hablan de barcos que arrastran fuego por la popa.
No se refieren al fuego de San Elmo (un fenómeno atmosférico que puede encender un mástil con un resplandor verde frío, crujiente y fantasmal), sino a una luminosidad lunar que se agita en el agua cuando el barco pasa sobre pequeñas vidas luminosas.
Hacia la época de Halloween, las jugueterías empiezan a vender collares, varitas y otros elementos de plástico que brillan con luz fría en la oscuridad.
Basados en la bioluminiscencia, contienen luciferinas, y funcionan como el brillo de una luciérnaga.
Pero, para lograr chispas extra, un bromista puede masticar un caramelo de gaultheria.
Si alguien está a oscuras y muerde uno, lanzará reflejos azulverdosos.
Ciertas sustancias (algunos cuarzos y micas, e incluso la cinta adhesiva cuando es arrancada de determinadas superficies) son triboluminiscentes: producen luz si se las frota, aplasta o quiebra.
Las hojas de gaultheria rotas tienen fluorescencia, y el azúcar aplastado desprende luz ultravioleta; la combinación, en caramelos que contienen azúcar y aceite de gaultheria, produce pequeños rayos de luz azulverdosa.
Pruebe este juego de salón: métase en un armario con un puñado de caramelos de gaultheria en la boca y un amigo, y espere a que empiecen a saltar las chispas.”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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