.sueños

alice

“En plena tarde dorada
muy lentamente nos deslizamos;

porque nuestros remos, con poca habilidad
son manejados por pocos brazos,
mientras pequeñas manos en vano pretenden
guiar nuestro derrotero.
¡Ah, las tres Crueles! ¡A semejante hora,
bajo este cielo propicio al ensueño,
pedir un cuento, cuando la brisa no alcanza
a agitar la pluma más leve!
¿Pero qué puede hacer una pobre voz
contra tres lenguas aliadas?
La imperiosa Prima lanza primera
su orden: “Empiézala”.
Más suavemente, Secunda espera:
“Será una historia absurda”,
mientras Tertia no la interrumpe
más que una vez por minuto.
Pronto, entregadas a súbito silencio,
en la imaginación ellas persiguen
a la niña del sueño, a través de un país
de nuevas y disparatadas maravillas;
en amistosa charla con aves o con bestias…
Y casi lo creen cierto.
Y siempre, cuando la historia agota
las fuentes de la imaginación,
y débilmente intenta el narrador cansado
postergar el asunto:
“El resto la próxima vez…”, “¡Ésta es la
        [próxima vez!”,
las voces felices exclaman.
Así nació la historia del Pais de las Maravillas:
así, lentamente, una por una,
fueron forjadas sus extrañas peripecias…
Y ahora la historia está terminada,
y remamos hacia casa, alegre tripulación
bajo el sol poniente.
¡Alicia! Toma esta historia infantil
y con dulce mano ponla
donde los sueños de la Niñez se abrazan
en el místico lazo de la Memoria,
como marchita guirnalda de peregrino,
recogida en tierra lejana.
Alicia empezaba a sentirse muy aburrida de estar sentada junto a su hermana a la orilla de un río, y de no tener nada que hacer. Había curioseado una o dos veces en el libro que su hermana leía, pero éste no tenía ilustraciones ni diálogos, y “¿para qué sirve un libro sin ilustraciones ni diálogos?, pensó Alicia. De manera que estaba considerando (lo mejor que podía, porque el día caluroso la tenía muy somnolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas valdría la molestia de levantarse y recoger las flores, cuando súbitamente pasó a su lado un Conejo Blanco de ojos rosados.
No había nada excesivamente extraordinario en eso. Ni Alicia consideró excesivamente extraordinario oir que el Conejo se decía:
-¡Ay Dios mio! ¡Ay dios mío! ¡Llegaré demasiado tarde!
(Cuando pensó en el asunto tiempo después, a Alicia se le ocurrió que debería haberse maravillado; sin embargo, en aquel momento, todo le resultó perfectamente natural.) Pero cuando el Conejo realmente sacó un reloj del bolsillo de su chaleco, miró la hora y apuró la carrera, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de un pronto que nunca había visto a un conejo con chaleco, ni con un reloj para sacar del bolsillo del conejo; y ardiendo de curiosidad, corrió tras él a través del campo, justo a tiempo para verlo desaparecer en una gran conejera bajo el cerco.
Alicia lo siguió un instante, sin detenerse un momento a considerar cómo iba a arreglárselas para salir de allí.
Durante un trecho, la conejera se extendía recta como un túnel; después, abruptamente se hundía. Tan abruptamente, que Alicia no tuvo tiempo para pensar en detener su carrera antes de encontarse cayendo por lo que parecía ser un pozo muy profundo.
O el pozo era muy profundo o ella caía muy lentamente, porque mientras descendía le sobraba tiempo para mirar alrededor y preguntarse qué iba a pasar a continuación. Primero trató de mirar abajo para descubrir adónde iba, pero estaba demasiado oscuro para ver algo. Después miró las paredes del pozo y advirtió que estaban llenas de armarios y estanterías con libros: aquí y allá se veían mapas y cuadros colgados. Atrapó el cuelo un frasco de uno de los anaqueles: la etiqueta decía “MERMELADA DE NARANJA”, pero para su gran desilución estaba vacío. No quiso dejarlo caer por miedo a matar a alguien en el fondo, así que se las ingenió para ponerlo, al pasar, en uno de los armarios.
“¡Bueno -pensó Alicia-, después de semejante caída, no será nada rodar por las escaleras! ¡Qué valiente me imaginarán todos en casa! ¡También, si yo no diría nada ni siquiera después de caerme del tejado!” (lo que muy probablemente era cierto)
Abajo, abajo, abajo. ¿Nunca terminaría de caer?
-Lewis Carroll. Charles Lutwidge Dodgson, 1832-1898 (de “Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas”)
 alice 2

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