.las cartas más apasionadas del mundo-Conquistadoras IV

Marco Aurelio - Palazzo dei Conservatori

Marco Aurelio – Palazzo dei Conservatori

Marco Aurelio escribió en el Siglo I a.C., casi implorante, a Macrina, una doncella romana de la cual se enamoró viéndola en una ventana. En esta carta, en la que tilda un poco compasiva y se compara con un condenado a muerte por no gozar de sus favores, podemos asistir, en primera fila, a los curiosos tratamientos de belleza de la época, que él describe con todo detalle. Algunos son reconocibles, como alcoholar los ojos, colorar los labios, encarnar los dientes o cercenar las pestañas (que, sin embargo suena fatal), pero otros como descrimar los cabellos o entornijar las manos suenan muy misteriosos… En cualquier caso, todo ello fué suficiente para seducirle y hacerle escribir líneas como éstas: Marco Aurelio a Macrina “Marco, el muy deseoso, a tí, Macrina, la muy deseada: No sé si en dicha de mi desdicha, o en desdicha de mi dicha, pocos días ha te vi en una ventana, donde tenías tus brazos tan cogidos, como yo mis ojos despegados: ¡malditos para siempre sean, pero en mirando ellos tu rostro, luego de tí quedó mi corazón cautivo! El principio de tu conocimiento fué fin de mi razón y sentido. De huir un trabajo vienen a los hombres infinitos trabajos; dígolo porque si yo no estuviera ocioso, no saliera de casa, y no pasando por tu calle, no mirara a tu ventana, y no mirando a tu ventana, no deseara a tu persona, y no molestando tu persona, no pondría en tanto peligro tu fama, yo no arriesgara la vida, ni daríamos qué decir a toda Roma. Por cierto, señora Macrina, en este caso a mí condeno, pues te quise mirar , y a tí no salvo, pues quisiste ser mirada. Pues te pusiste por blanco, no es mucho acertase yo con las saetas de mis ojos a tu terreno. Alcoholar los ojos, cercenar las pestañas, entresacar las cejas, enternecer el rostro, encarnar los dientes, colorar los labios, descrimar los cabellos, entornijar las manos, estirar la garganta y vestirse mil maneras de ropas, traer las bolsas llenas de olores, las muñecas y orejas llenar de brujerías, pregunto: una mujer, con todas estas cosas, ¿qué es su fin ponerse a las ventanas? Por ahora, hasta que más piense en ello, digo, que pues nos mostráis vuestros cuerpos públicos en secreto, y sí así es, paréceme señora Macrina, debes querer a quien te quiere, amparar a quien te busca, responder a quien te llama y sentir a quien te siente y entender a quien te entiende, pues me entiendes que te entiendo y te entiendo que me entiendes. Acuérdome que yendo a la via Salaria a ver ajusticiar a unos ladrones, a unas ventanas te vieron mis ojos, de lo cual quedaron ahorcados todos mis deseos. Más justicia hiciste a la justicia, sin osarte ninguno dar pena. No fué tan cruda la horca con aquéllos, que jamás supieron sino malhacer, como tú conmigo, que no pienso sino en qué te puedo servir. Ellos padecieron una muerte, y tú hacedme padecer mil; ellos en un día y una hora acabaron su vida, y yo cada momento trago la muerte; ellos padecieron culpados, más yo padezco inocente; ellos en público, yo en secreto; ¿qué más quieres que te diga? Por cierto, ellos lloraban con los ojos lágrimas porque morían, y yo lloro con el corazón gotas de sangre porque vivo. Ésta era la diferencia, con ellos tenían derramados los tormentos por todo el cuerpo, y yo los tengo juntos en el corazón. ¡Oh, cruel Macrina, no sé qué justicia es ésta, que maten a los hombres que hurten dineros y disimulen con las damas que roban corazones! Pues cortan las vidas a los que cortan las bolsas, ¿por qué perdonan a las damas que desentrañan nuestras entrañas?” Si creemos a Marco Aurelio, debemos imaginarlo transido de amor y, también, de dolor ante la posibilidad que la bella no le corresponda. El hombre no sólo asegura que tiene los ojos arrancados en lágrimas, sino que además, firma como “Marco el muy amoroso”… “Por tu nobleza te ruego,y por la diosa Venus te conjuro, o respondas a mi deseo, o me restituyas el corazón que me tienes robado. Bien quisiera que siquisiera, señora Macrina, conocieras antes la fe muy limpia de mi corazón, que no la carta borrada de mis pulgares. Si mi dicha en esto fuera tan grande y tu amor tan comedido, esperara yo con la vista ganar lo que sospecho por la carta perder. La razón de esto es porque oirás mis malas razones leyendo la carta, y si me vieses, verías mis crudas lágrimas, que ofrece mi mala vida. ¡Oh si los rabiosos males los supiese así pregonar la boca como sabe sentir el corazón, yo te juro, señora, que el grave dolor mío despertase el mucho descuido tuyo, y como tu hermosura y mi aflicción me hicieron tuyo propio, tu conocimiento y mi pasión te harían mías sola! Querría yo que mirases los principios, y por ellos guiases los fines. Por cierto, en aquel día que desde el homenaje que desde tus ventanas agarrotaste mis deseos, no tuve menos flaqueza para vencerme que tú fuerza para forzarme, y más fué el poder tuyo para quitarme de mí, que no mi razón para quitarme de tí. Ahora, señora Macrina, no te pido mercedes, sino que nos declaremos nuestras voluntades. Pero en este caso, ¿qué quieres que te diga, qué espero que me dirás?, sino que tuviste tanto poder en mí y yo tan poco en mi libertad, que no queriendo, mi corazón no puede ser sino tuyo, y el tuyo, pudiendo y queriendo, no quieres declararle por mío. Y pues ya no puede ser que no sea estar encadenada mi vida al fisco de tu servicio, sé tan cierta de mi fe como yo dudoso de mi esperanza, que por mayor bien habré por tí perderme que por ninguno ganarme. No te quiero por ahora más decir, sino que de mi perdición tú hagas cuenta, de mi mente saques vida, de mis lágrimas pregones gozo; y porque yo en mi fé tendré mi fé y en tu esperanza nunca desesperaré, ahí te envío unas diez sortijas de oro con diez piedras de Alejandría, y por los dioses inmortales te conjuro que cuando las pusieres en los dedos, a mi me pongas en tus entrañas. Marco, el muy amoroso, te escribe de su propia mano…” -Marco Aurelio -Selección de Alicia Misrahi  

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