.la mejor pizza del mundo

Slice of pizza margarita being removed from whole pizza with tomatoes in background

Fuente: Web

“Isidoro Blaistein es un escritor al que admiré como colega, pero además, como lectora, le tengo mucho cariño. Eso nos pasa con los autores que nos han dado placer y alegría. Los cuentos de Blaisten tocan todas las cuerdas posibles: el humor, la emoción, la ternura.

Y en cuanto el lector se descuida, conmovido, zás, el autor, siempre al acecho, lo sorprende con un golpe de literatura que lo deja sin aliento.
Un día estábamos conversando con varios escritores en un café de la Feria del Libro. Blaisten contó una anécdota con pizza incluída que me dió pie para el pequeño relato que sigue. Pueden imaginárselo como personaje de esta historia. verosímil y casi verdadera…”

-Ana María Shua

(De “Historias Verdaderas”)

“Los porteños estamos convencidos de tener la mejor pizza del mundo, mucho mejor que la de Roma (sobre todo, si nunca estuvimos en Roma). Cada uno tiene sus preferidas entre las pizzerías tradicionales: no es lo mismo Güerrín que Las Cuartetas, Banchero o El Cuartito. Pero además, todos tenemos otra, una más chica, íntima, barrial, que sólo conocemos unos pocos iniciados de la zona. Así como cada uno de nosotros sabe cuál es la panadería que hace las mejores medialunas y está dispuesto a defender esa certeza somos también los dueños simbólicos de esa pizzería secreta de la que estamos orgullosos y que a veces compartimos con los amigos verdaderos.
Por acepté la invitación de mi amigo Federico a conocer La Cucaracha Podrida, donde comió las primeras, insuperables pizzas de su niñez.
-¿De verdad se llama así?
-No -me cuenta Federico- Se llama Sputnik, porque se inauguró en 1956, el año en que los rusos mandaron al espacio el primer satélite artificial. Con la perra Laika adentro, ¿te acordás? La Cucaracha Podrida la llamaban las madres del barrio. No querían que los chicos comiéramos esa pizza, tenía mala fama. Yo creo que le hacían la contra porque les parecía un poco sucia.
Por el camino, Federico ensalza las bondades y maravillas de la pizza que me va a hacer probar. La mejor muzzarella, una masa gruesa, como las de antes, bien amasada y bien levada, en vez de la masa finita que ahora está de moda. El toque justo de aceite. La salsa tipo casera y sin embargo con ese no-sé-qué de pizzería que ningún ama de casa puede lograr.
No es fácil llegar. La Cucaracha queda en la provincia y salir de la capital es bastante azaroso en estos tiempos. Los piqueteros están cortando el Puente La Noria, pero Federico sabe dónde dejar el auto. Cruzamos a pie, saludando a los muchachos. Al otro lado tomamos un taxi al que se le rompe el distribuidor: puede parecer increíble, pero la vida no necesita ser verosímil, cuando pasa una, pasan todas. Es muy tarde y la zona tiene un aspecto poco alentador. Pero todo vale la pena, me dice Federico, con tal de probar ese manjar. Parece tener una enorme necesidad de compartir su secreta maravilla. Finalmente llegamos a un local chico, mal iluminado. Plástico roto, fórmica cachada, papeles en el suelo, poca gente, televisión de imagen borrosa y sonido estremecedor.
Cuarenta y cinco minutos después, nos traen una grande de muzzarella. Está quemada por abajo y con una masa cruda en el medio, la salsa de tomate es ácida, la muzzarella está rancia.
-¿No es la mejor pizza del mundo? -dice Federico.
Claro que si. Transportado por el deleite, Federico deja caer lágrimas de felicidad mientras se come a grandes bocados una porción increíble y salada de su propia infancia…”

-Ana María Shua

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