.las cartas escogidas de los grandes compositores-la carta, ¿Autorretrato…?

.las cartas escogidas de los grandes compositores-la carta, Autorretrato

“Sólo de vez en cuando tengo ataques de melancolía,
pero la mejor manera de liberarme de ellos
es mediante cartas…”
-W.A.Mozart

“Mi mayor defecto es que aparentemente no actúo siempre
como debiera actuar”.
-W.A.Mozart
Viena, 13 de junio de 1781

La Carta, ¿Autorretrato…?

Arnorld Schönberg, que además de músico fué un excelente pintor, realizó una serie de autorretratos a lo largo de su vida que nos permiten ver algo más que la evolución de sus facciones. Eco del instante en que se escribe, cada carta actúa de un modo parecido. Pero, tratándose de compositores, hay que escuchar la música para completar el cuadro. O a la inversa, leyend sus cartas podremos concluir el retrato del alma que constituye su música.

“Si la gente pudiera ver dentro de mi corazón, casi tendría que avergonzarme. Todo me parece frío, helado. Si estuvieras conmigo, quizás me satisfaría más el buen comportamiento de los demás hacia mí, pero así, es algo tan vacío…”
-W.A.Mozart
Frankfurt, 30 de septiembre de 1790

Si sólo conociéramos esta cita, la imagen que nos muestra es la de la desolación, por no hablar directamente de la depresión. Si embargo, esta imagen es tan real como el que se refleja en la siguiente, mucho más acorde con la jovialidad que en general se le atribuye:

“Si te contara todo lo que hago con tu querido retrato, a menudo te reirías. Por ejemplo, cuando lo saco de su prisión, le digo: ¡Dios te salve Stanzer! (1) ¡Dios te salve! ¡Dios te salve, picarona-picapica-naricitas-bagatela-buen bocado! Y cuando lo guardo otra vez, lo dejo resbalar poco a poco, sin dejar de decir ¡Ya! ¡Ya ¡Ya! ¡Ya!, pero con el acento especial que esa palabra tan importante requiere.
(Me parece que he escrito algo bastante tonto. Para la gente, al menos…)”

Las dos pertenecen a la misma persona, se escribieron en circunstancias no muy distintas (un viaje) y están separadas por algo más de un año. El contraste puede desconcertar y a veces se explica con un diagnóstico precipitado: el de atribuirlo a un diagnóstico psiquiátrico. En concreto la depresión bipolar o psicosis maníaco depresiva. Para aportar este juicio se esgrimen fragmentos de cartas como los anteriores, o razones musicales tan peregrinas como el uso frecuente de las tonalidades menores, de carácter -en principio- más “triste”. De admitir este último argumento, deberíamos llevar a terapia a todo el gremio por el mismo motivo. Ha habido otros compositores que sí han padecido patologías mentales muy severas (por ejemplo Antonio Salieri), pero aquí deberíamos hablar, a lo sumo y con cautela, de tendencia. De tratarse del trastorno bipolar, en una época en que aún no se conocía el tratamiento, durante largas y recurrentes temporadas le habría sido imposible trabajar e incluso vivir de manera autónoma, ya fuera por extrema depresión o euforia descontrolada. Y no sería éste precisamente su caso. El viaje que relata la primera cita, además, fué fruto de no haber sido invitado a la coronación en Frankfurt del emperador Leopoldo, a la cual habían sido invitados los músicos de la corte. No sólo supuso una muestra de la falta de consideración que, tras la muerte de José II, se le tenía en el nuevo contexto político, sino una auténtica ruina para Mozart, quién tuvo que empeñarse hasta las cejas para ir hasta allí por su cuenta. El sentimiento de decepción y aislamiento entraría dentro de las reacciones lógicas a una situación de este tipo. En este sentido ya escribiría a su padre en 1778:

“Sólo de vez en cuando tengo ataques de melancolía, pero la mejor manera de librarme de ellos es mediante cartas. Las que escribo o recibo, eso me anima otra vez. Puede estar seguro, sin embargo, de que nunca se producen sin causa.”

Beethoven también se refiere a menudo a su “melancolía”. No obstante, lo que más nos choca de su carácter son los constantes raptos de furia que, seguidos de sinceros pero igualmente espectaculares arrepentimientos, tantas veces pusieron a prueba la fidelidad de sus amigos. Aquí tenemos dos muestras de este contraste, extraídas de dos cartas que envió en dos días casi consecutivos de 1799 a su amigo y colega Johann Nepomuk Hummel:

“¡No vuelvas más por aquí! ¡En la perrera deberías estar como perro mentiroso que eres!

Querido Hummel de mi corazón. Eres un hombre honesto y ahora me doy cuenta de que tenías razón. “

[. Pianista y compositor, Johann Nepomuk Hummel (1778-1837) había sido alumno de Mozart. Éste, impresionado por sus dones como niño prodigio, entre los años 1786 y 1788 le dió clases gratuitas y, como era costumbre cuando el discípulo venía de lejos, le tuvo viviendo en su casa.]

La desidia de Ludwig van Beethoven ante las formas sociales rayaba la excentricidad. Su pereza por cambiarse de ropa “exterior”, por ejemplo, entraba en abierta contradicción con el esmero que ponía en el cuidado de su higiene personal. En este sentido, era famoso entre el vecindario por su costumbre de echarse agua por encima varias veces al día mientras cantaba a grito pelado. Las filtraciones que causaba esta afición levantaban la ira de sus vecinos y caseros, y fueron el motivo de más de sus setenta mudanzas. Sus amigos cuentan que le habían llegado a sustituír la ropa que dejaba en la silla mientras dormía, de manera tal que a la mañana siguiente se vestía con la nueva sin apercibirse del cambio. También dicen los suculentos relatos de los que lo conocieron que un buen día se presentó a dar una clase en bata, pantuflas y el gorro de dormir todavía puesto.
Este mismo desorden es el que respiraba su vivienda, razón por la cual no es de extrañar el extravío de la partida de nacimiento que mencionábamos en la biografía inicial, que después de culpar de la forma más horrenda a amigos y criados de la pérdida de un importante manuscrito éste apareciera como envoltorio de una barra de mantequilla, o mil anécdotas más de este tipo. Una de las numerosas descripciones, citadas en tantas biografías, del “estado de las cosas” en su apartamento, dice así:

“El desorden de su hogar era asombroso: libros de música diseminados por todos los rincones, aquí restos de una cena fría, allá botellas descorchadas medio vacías; a un lado, sobre un pupitre, el borrador de un nuevo cuarteto; al otro, los restos del desayuno; encima del piano, hojas garrapateadas, bocetos de una sinfonía grandiosa todavía en embrión; aquí unas pruebas de imprenta a la espera de ser corregidas, allá, cartas de amigos o de negocios tiradas por el suelo; entre las ventanas, un respetable queso de stracchino; al lado, las ruinas de un auténtico salchichón de Verona… Y, a pesar de este caos, nuestro maestro tenía la manía, en contradicción perfecta con la realidad, de proclamar a toda hora, con elocuencia ciceroniana, su preocupación y amor por el orden. Ahora bien, cuando se veía obligado a buscar durante horas, días, e incluso semanas, algo que necesitaba sin encontrarlo, su tono era muy distinto y los inocentes podían prepararse…”
(1) Diminutivo de Constanze

-Selección y texto de Rafael Esteve

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