.carta de Jerusha Abbott al señor “Papaíto-Piernas-Largas Smith”, 20

papa 18

“Sr. Papaíto-Piernas-Largas Smith.

Muy señor mío:
Habiendo terminado el estudio de la retórica y la lógica, así como la ciencia de dividir un tema en capítulos y párrafos, he decidido adoptar en mis cartas ese estilo, pues contiene los hechos necesarios y suprime toda verborragia superflua.
I. Esta semana tuvimos exámenes escritos en:
A. Química
B. Historia
II. Están construyendo un nuevo pabellón.
A. Sus materiales son:
a) ladrillo rojo
b) piedra gris
B. Su capacidad será:
a) una decana, cinco instructoras
b) doscientas chicas
c) una ecónoma, tres cocineras, veinte camareras, veinte mucamas
III. Esta noche nos dieron flan de postre.
IV. Estoy escribiendo una monografía sobre las fuentes de las obras de Shakespeare.
V. Lou McMahon resbaló y se cayó mientras jugaba al básquet y:
A. Se dislocó un hombro
B. Se magulló la rodilla
VI. Tengo un sombrero nuevo, adornado con:
A. Una cinta de terciopelo azul
B. Dos cuchillas azules
C. Dos pompones rojos
VII. Son las nueve y media.
VIII. Buenas noches.
Judy”
“2 de junio
Querido Papaíto-Piernas-Largas:
Nunca adivinará usted la cosa agradable que ocurrió. Los McBride me invitaron a pasar con ellos las vacaciones en su campamento de verano de los Adirondacks. Pertenecen a una especie de club que hay junto a un precioso lago en medio de bosques. Los socios tienen allí casas de troncos salpicadas entre los árboles y todos poseen canoas para remar por el lago y hacen largas caminatas hasta otros campamentos. Una vez por semana hay baile en el local del club. Jimmie McBride llevará a un compañero
de estudios a quedarse casi todo el verano, así que no nos faltará con quién bailar. ¡Qué encanto la señora McBride de haberme invitado!
Parece que le gusté cuando estuve allí para Navidad.
Por favor, perdóneme por escribir tan corto hoy. No es una carta verdadera sino sólo un boletín para comunicarle que ya tengo programa para este verano.
Suya, en feliz estado de ánimo,
Judy”
“5 de junio
Querido Papaíto-Piernas-Largas:
Me escribió su secretario diciendo que el señor Smith prefiere que no acepte la invitación de la señora McBride sino que vuelva a Los Sauces, igual que el año pasado.
Pero ¿por qué, Papaíto? ¿Por qué?
Creo que usted no ha entendido bien de qué se trata. La señora McBride desea que yo vaya, lo desea de veras. No los incomodo para nada. Al contrario, los ayudo, pues no tienen muchos sirvientes y tanto Sallie como yo haremos muchas cosas útiles en la casa. Toda mujer debe aprender eso, y yo sólo sé manejar un asilo.
En el campamento no hay ninguna otra chica de mi edad y la señora me quiere para compañera de Sallie, con quien proyectábamos leer mucho este verano: todos los libros de inglés y sociología señalados para el año que viene, ya que el profesor nos dijo que sería una gran ayuda que adelantáramos la lectura durante el verano, y es mucho más fácil retener las cosas si se lee con otro y se comenta luego.
El solo hecho de vivir en la misma casa con la madre de Sallie ya constituye de por sí una educación.
Es la mujer más encantadora, entretenida y sociable del mundo; sabe de todo. Piense usted en todos los veranos que pasé con la señora Lippett y cómo voy a valorar el contraste. Tampoco debe temer que vaya a ocupar mucho espacio, porque la casa es elástica. Cuando tienen muchos huéspedes, no hacen más que salpicar el bosque de carpas y mandan a los varones a dormir afuera. Y será un veraneo muy saludable,
además, porque haremos ejercicio al aire libre todo el tiempo. Jimmie me va a enseñar a montar a caballo, andar en canoa y tirar con rifle, y otro montón de cosas más que yo ya debería saber. Sería el tipo de vacaciones que nunca he tenido, alegres y despreocupadas, como merece disfrutar toda chica al menos una vez en su vida. Por supuesto, voy a hacer lo que usted diga, pero por favor, Papaíto, diga que sí…
Déjeme ir, Papaíto, nunca he deseado nada en mi vida tanto como esto. Quien se lo pide no es Jerusha Abbott, la futura gran escritora, sino Judy, ¡una simple muchacha!”
“9 de junio
Señor John Smith.
Señor: Su carta del 7 del corriente en nuestro poder. En cumplimiento de las instrucciones recibidas por intermedio de su secretario, salgo el viernes próximo para pasar el verano en la granja Los Sauces.
Quedo de usted, Miss
Jerusha Abbott”
“Los Sauces, 3 de agosto
Querido Papaíto-Piernas-Largas:
Hace casi dos meses que no le escribo, lo cual no ha sido amable de mi parte, pero la cuestión es que este verano no lo quise mucho y, como verá, soy completamente franca al respecto.
No puede imaginarse mi desencanto al tener que renunciar al campamento de los McBride. Sé muy bien que usted es mi tutor y debo obedecer sus deseos, pero en este asunto realmente no he visto la “razón” de su negativa, ya que desde todo punto de vista
era lo mejor que me podía haber pasado. Si yo hubiera sido Papaíto y usted hubiera sido Judy, yo le habría dicho lo siguiente: Dios te bendiga, criatura, vé y diviértete, conoce gente nueva y aprende cosas útiles, vive al aire libre y ponte fuerte y descansa bien
para el intenso trabajo que te espera el año próximo… Pero no, ¡nada de eso! ¡Sólo unas breves líneas de su secretario dándome orden de ir a Los Sauces!
Creo que lo que más lastima mis sentimientos es lo impersonal de sus órdenes. Se diría que no siente usted por mí ni una milésima parte de lo que yo siento por usted. Si así no fuese, me enviaría de vez en cuando algún mensaje escrito de su puño y letra, en lugar de esas odiosas notitas escritas a máquina por su secretario. Con el menor indicio que tuviera de que a usted le importa lo que siento, me ablandaría por completo y no habría cosa en el mundo que yo no hiciera con tal de complacerlo.
 Ya sé que tenía que escribirle cartas largas y agradables sin esperar la más mínima respuesta, y por lo que a usted se refiere por cierto que está cumpliendo lo convenido. Y debe pensar sin duda que yo no lo cumplo, ¿no es así?
Pero, Papaíto, ¡es que resulta un pacto muy difícil de respetar! ¡Estoy tan sola! Usted es la única persona que tengo a quien querer…¡y es tan vago e indefinido! No es más que un hombre imaginario que yo misma me he fabricado y sin duda alguna la realidad es completamente distinta de mi fantasía. Sin embargo, en una ocasión, cuando estuve enferma, me envió usted un mensaje y todavía hoy, cuando me siento muy olvidada, saco aquella tarjetita suya y la releo.
Al final no le estoy diciendo nada de lo que quería comunicarle, que es lo siguiente:
Aunque mis sentimientos todavía están heridos, ya que me resultó humillante ser movida como una pieza de ajedrez por una Providencia arbitraria, terminante, irrazonable, omnipotente e invisible, cuando un hombre ha sido tan bueno y generoso como lo ha sido usted conmigo —hasta ahora—, supongo que tiene derecho a ser arbitrario, perentorio, terminante, irrazonable e invisible ¡si así se le da la gana! De modo que lo voy a perdonar y volveré a estar alegre como antes. ¡Lo cual no quita que me caiga muy mal recibir las cartas de Sallie contándome lo que se divierten en el campamento!
En fin, demos vuelta la hoja y empecemos de nuevo.
Todo el verano lo pasé escribiendo: cuatro cuentos terminados y enviados a diferentes revistas. Ya ve cómo estoy tratando de ser escritora, según sus deseos. Tengo mi cuarto de trabajo en un rincón del altillo donde el niño Jervie jugaba los días de lluvia. Es un rinconcito fresco y bien ventilado, con dos ventanas de bohardilla a las que da sombra un arce con una cueva en el tronco, donde vive toda una familia de ardillas.
De aquí a unos días le voy a escribir otra carta dándole todas las noticias de la granja.
Necesitamos lluvia.
Suya, como siempre,
Judy”
“10 de agosto
Señor Papaíto-Piernas-Largas:
Le escribo sentada en la segunda horqueta del sauce que hay junto al lago. Una rana está croando allá abajo y hay dos lagartijas que se pasean de arriba abajo por el tronco. Hace una hora que estoy aquí, pues la horqueta resulta muy cómoda tapizándola con dos almohadones. Subí a este árbol en la esperanza de escribir un cuento que me hiciera inmortal, pero mi heroína me está haciendo pasar un mal rato, ya que no consigo que se comporte como yo quiero, de modo que he resuelto abandonarla un momento y me puse
a escribirle a usted. Esto no representa ningún adelanto, ya que tampoco consigo que usted se porte como yo quiero.
Si sigue en esa ciudad terrible que es Nueva York, quisiera poder enviarle un poco de este aire y un trocito de este paisaje, precioso en un día de sol. El campo, después de una semana de lluvia, se pone como un pedazo de cielo.
Hablando del cielo, ¿se acuerda del señor Kellogg, de quien le hablé el año pasado? Era el sacerdote de la iglesita blanca del pueblo. Pues bien, ha muerto el pobre. El año pasado, de pulmonía. Como fui varias veces a oírlo predicar, me enteré muy bien de los principios de su teología. Siguió creyendo hasta el final las mismas cosas en que había creído desde el principio de su vida. A mí me parece que un hombre que puede
estar cuarenta y siete años sin cambiar una sola de sus ideas tendría que ser guardado en una vitrina como una curiosidad. ¡Espero que esté disfrutando del arpa y la corona dorada que estaba tan seguro de obtener!
En su lugar hay un cura nuevo, bastante joven y engreído. Los feligreses se muestran dudosos, en especial la facción que tiene como líder al diácono Cummings, y se diría que va a haber un cisma en la iglesia. En estas vecindades no nos gustan nada las innovaciones en materia religiosa.
Durante la semana de lluvia me di un banquete de lectura sentada en el altillo, en su mayoría de Stevenson. Aunque tiene libros apasionantes como La isla del tesoro y Dr. Jekyll y Mr. Hyde, su personalidad es más interesante que la de cualquiera de sus personajes. Me atrevo a pensar que él mismo plasmó su vida como la de un héroe de novela, de los que quedarían bien en letra de imprenta.
¿No le parece fantástico que haya invertido los 10.000 dólares que le dejó su padre en un yate y saliese navegando en él a los mares del Sur? Realmente vivió a la altura de su credo aventurero. El solo pensar en esos sitios me pone frenética. Yo también quiero visitar los trópicos, conocer el mundo entero… Y algún día lo haré, Papaíto, palabra de honor; ya verá usted, cuando logre ser una gran escritora, o artista o dramaturga o sea cual fuere la persona importante en que algún día me convertiré. ¡Tengo verdaderas
ansias de viajar! Sólo con ver un mapa me dan ganas de ponerme un sombrero y partir. “Antes de morir, veré los templos y palmeras de septentrión…” (La cita no es mía, por supuesto. Se la pedí prestada a Stevenson.).”
-J e a n W e b s t e r, “P a p a í t o p i e r n a s l a r g a s”

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