.carta de Giovanna Tornabuoni a Cindy Sherman (una mujer con peluca)

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Giovanna degli Albizzi Tornabuoni (retratada por Domenico Ghirlandaio)

“No es la castidad, la pulcritud y la belleza lo que nos rige. Es la vanidad que ardió en las hogueras implacables de Savonarola, el fanático fraile dominico que cazaba espejos, cosméticos e instrumentos musicales para verlos arder…”

Muerta como estoy desde hace siglos, acuso recibo de tu operación de desmantelamiento. Ésta es la voz brumosa de una boca hecha cenizas aún cuando podía moverse y el movimiento de una lengua que perfora la lápida que le talló su época. Así me pintó para eternizarme, en 1488, Domenico Ghirlandaio, hijo de un orfebre con tienda sobre el Ponte Vecchio, maestro de un Miguel Angel niño y víctima de la peste que asoló Florencia en 1494.

Lo que muestra la tabla es una imagen geométrica de ensueño que no me pertenece. El fragmento de epigrama en latín escrito por Marcial, que ves a la derecha, afirma que si pudiera pintarse el alma no habría en la tierra un cuadro más hermoso. No le creas.

Esta hermosura es la representación rígida e inerte de un deseo. Un refinado perfil de moneda romana, que solo muestra el anverso inasible de la mujer que suponen que fui. Con un pañuelo blanco entre las manos, mi vestido con soles y palomas, los lazos y las flores bordados en las mangas, un rubí y tres perlas sobre mi pecho y, sobre el estante en el fondo uniforme y oscuro, otro rubí y un par de perlas montados sobre un dragón de oro, que no me llevó a ninguna parte, y mi devocionario, el libro de horas equivalente a una cadena de la que no supe o no pude soltarme y cuyas horas, quizá conscientemente, me negué a contar.

Fui la octava de doce hijas mujeres. Aprendí a leer de la mano de mi haya, como toda obediente señorita de la aristocracia florentina. Papá amaba los clásicos y los buenos negocios financieros. De los fastos de mi boda con Lorenzo Tornabuoni, laboriosamente premeditada, se habló durante un siglo y se acuñaron medallas. No vi a los gitanos hacinados en el extrarradio de la ciudad gloriosa y cruenta de los Médici. Y, si lo hice, fue como si no los viera.

Rozaba los veinte años cuando me enterraron definitivamente, poco después de parir mi primer hijo. El destino me mostró sus favores, sin entregármelos. Lo dice el poeta Poliziano, en mi epitafio.

No estoy en la capilla familiar, tras la fachada de mármol de Santa María Novella. Estoy en la violencia que, en el S. XX, has ejercido sobre mí. En tu acto de fotografiarte travestida de reverso de retrato clásico. En tu peluca, tus prótesis, tus trapos y tus joyas de bisutería. Te esperé tanto tiempo, hibernando en mi tumba multiplicada por doce, por cientos y por miles de tumbas dóciles y domesticadas. Soy la grotesca máscara a punto de partirse. Tenías que llegar para vengarme.

No es la castidad, la pulcritud y la belleza lo que nos rige. Es la vanidad que ardió en las hogueras implacables de Savonarola, el fanático fraile dominico que cazaba espejos, cosméticos e instrumentos musicales para verlos arder, persiguiendo los excesos babilónicos en mi ciudad de origen como si no supieran reproducirse y consistir, básicamente, en estos tristes abalorios de comedia que te adornan.

Tu parodia no es inofensiva. Es la resuelta exhibición de nuestra ridiculez irremediable. En mi retrato nada fluye, se mueve ni se arquea. Todo se alza, encorsetado, en su dignísimo esplendor vertical que tranquiliza y blinda la mirada. En tu retrato el mundo se desorganiza, como un puñado de detritus en plena descomposición horizontal que arrastra al ojo del que mira, perturbado y diciendo que no. Que no le gusta, que no te quiere, que quién podría colgarte en un museo o en su casa.

Te observan diciendo que ellos no son así. Que no son eso. Pero no pueden dejar de observarte, lo sé. Con la fascinación morbosa de quien observa a los enfermos graves, sintiéndose a salvo del mordisco de la realidad. ¿Ves, a mis espaldas, ese collar de cuentas de coral? A mis espaldas y no en mi cuello, como en el cuello del pequeño Jesús en tantos cuadros renacentistas. Es el talismán que te protege de las acechanzas del Maligno, el amuleto entregado a los recién nacidos para ahorrarles la degradación y el sufrimiento.

El coral es el rojo de la sangre de Medusa decapitada por Perseo y el rojo de las gotas de sangre de Cristo. Yo no lo llevo puesto. A mí no me alcanzó.

Ultrájame en tu siglo. Dinamita mi rostro sereno y coloca tu ortopedia invertida, tus harapos y tus perlas de outlet en su lugar, por mí y en mi iracundo nombre.

Viola el canon para que alguien sepa que, parada en el centro inapelable el dolor, mi cabellera suelta no fue la de esa Diana cazadora frente a quien retrocedían las bestias del bosque. Y mi cabellera recogida en un nudo dorado no fue la de esa Venus cortesana que eclipsaba a los cuerpos celestes.

Muéstrales el eclipse de espanto del que nadie se libra, tritura sin piedad los tristísimos talismanes del marketing inútil que se han organizado como estrategas ciegos y escupe, escupe con todas tus fuerzas, a los poetas que nunca miran hacia abajo.

Beso tu frente descarriada. Junto a esta carta van mis huesos, para que los sumerjas, como los restos fosforescentes de un naufragio, en el cuarto más insumiso y oscuro de tu laboratorio fotográfico.”

Mariel Manrique

 

Sherman

Cindy Sherman

 

Giovanna degli Albizzi Tornabuoni

Florencia, septiembre de 1486. La ciudad más poderosa de Italia, la más sofisticada y culta, se engalana para celebrar la boda de Giovanna degli Albizzi Tornabuoni  con Lorenzo Tornabuoni, ambos hijos de excelentes familias florentinas. Tres días duraron los actos que celebraban el enlace.

Lorenzo de Médicis era el primus inter pares de la República. Controlaba la banca, el comercio, la política, pocas decisiones importantes se tomaban sin su consentimiento. Pero para llegar a tal posición de preeminencia, los Médicis tuvieron que habérselas con otra familia de parecida relevancia, los Degli Albizzi. Rinaldo di Maso fue el oponente más encarnizado de Cosimo di Giovanni Médicis, el pater patriae de la familia. Tras una lucha encarnizada, este último se hizo con el poder, apoyado por el pueblo, y Rinaldo fue expulsado de la ciudad y confiscados sus bienes.

Pero no toda la familia Degli Albizzi siguió sus pasos. Luca di Maso, abuelo de Giovanna, no compartía las ambiciones de su hermano mayor y se alió desde el primer momento con los Médicis, de manera que sus propiedades y prestigio quedaron a salvo. Incluso llegaron a emparentar al contraer matrimonio, en segundas nupcias, con Aurelia di Niccola de Médicis, miembro de una rama menor de la familia. El mayor de sus hijos, Maso di Luca, tuvo doce hijas con Catherina, hija de Tommaso Soderini y Dianora Tornabuoni. Giovanna era la octava.

Como toda hija de la aristocracia florentina, Giovanna recibió una esmerada educación de manos de una comunidad religiosa dirigida por Annalena Malatesta, ubicada en la orilla sur del Arno, en un convento hoy conocido como de San Vincenzo, en el que se fomentaba el desarrollo intelectual de las jóvenes en paralelo a su formación piadosa.

El acontecimiento más importante de su vida fue su matrimonio con Lorenzo Tornabuoni, celebrado en 1486, cuando ella contaba 17 años y él 18. Era Lorenzo, único hijo legítimo de Giovanni di Francesco Tornabuoni y de Francesca di Luca Pitti, uno de los mejores partidos de Florencia. En el grabado de Emilio Burci podéis contemplar el palacio Tornabuoni con la calle del mismo nombre.

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Palacio Tornabuoni

Rico, educado, inteligente, de excelente linaje, se le describe con estas palabras en un tratado de matemáticas dedicado a él: “Nacido de nobilísimos progenitores con abundantísima riqueza, criado según las mejores costumbres y desde su más tierna infancia educado en el conocimiento de las letras.” En las Storie Fiorentini abundan en ello: ” un hombre noble y distinguido, más amado por todo el mundo que cualquier otro de su edad.” En el Vaticano se conserva un fresco de Ghirlandaio, La llamada de Jesús a San Pedro y San Andrés, realizado en 1482, en el que aparece un retrato del joven, en primera fila, el tercero por la izquierda.

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Ghirlandaio Lorenzo

El padre de Lorenzo, Giovanni, había multiplicado la riqueza familiar como apoderado en Roma de la banca Médicis, con quienes le unían vínculos familiares. Amante de las artes y de las letras, nombró tutor de su hijo al poeta Angelo Poliziano, que lo consideraba uno de sus alumnos mejor dotados.

La celebración de los esponsales de Lorenzo y Giovanna tuvieron lugar los días 3, 4 y 5 de septiembre de 1486. El instigador del matrimonio fue nada menos que Lorenzo de Médicis, con el objetivo de sellar una alianza política y material entre las dos familias. En el epitalamio (composición lírica que conmemora la boda) realizada por el poeta Naldo Naldi, se habla de la riqueza de los ropajes y el elaborado peinado de Giovanna, cuyo objetivo era realzar su belleza natural. Soldados de caballería, caballeros, dignatarios y jóvenes formaban el séquito de la novia, acompañándola en su recorrido por las calles de Florencia camino del palacio de los Tornabuoni, donde fue recibida con todos los honores. Más tarde, ese mismo día, bailaría delante de la iglesia de San Michele, cerca del palacio, invitando a otras jóvenes parejas a unirse a ella. Banquetes, bailes, torneos, ceremonias, durante días en Florencia no se hablaba de otra cosa. Se encargaron obras de arte espléndidas para conmemorar el enlace: los frescos de Botticelli para la casa de campo de Chiasso Macerelli y varias obras de arte destinadas a adornar los aposentos de Lorenzo, entre otros muchos. Os muestro los frescos de Botticelli. A la izquierda, Lorenzo Tornabuoni ante la asamblea de las Artes Liberales y a la derecha, Giovanna Tornabuoni, Venus y las Gracias.

Un año después Giovanna da a luz a su primer hijo, Giovannino, pero al año siguiente, cuando esperaban el nacimiento del segundo, murió Giovanna de repente por causas desconocidas. Sus funerales se celebraron en Santa Maria Novella. Poliziano escribió en su memoria el siguiente epigrama:

“Por linaje, belleza, nacimiento, riqueza y marido
Fui afortunada, y también por talento, carácter y espíritu
Pero en el segundo parto y en el segundo año de matrimonio
¡Ay de mi! cuando aun no había nacido la criatura perecí.
No podría haber muerto más tristemente pues la Parca me mostró muchos bienes
Pero no me los concedió”
Y su marido, Lorenzo, en la última página de un manuscrito que contiene el poema nupcial que les dedicó Naldo Naldi, escribió:

Aquella a la que las Gracias otorgaron belleza interior y Venus belleza externa
Aquella a quien la diosa Diana concedió un casto corazón.
Yace aquí Giovanna, honor de su tierra, descendiente de los Albizzi,
Pero casada, todavía joven doncella, con un Tornabuoni.
Así como en vida fue muy amada por la gente
Que sea ahora querida por el Altísimo Dios.

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