.carta a D., una larga historia de amor

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André Gorz y Dorine Keir

En un mundo que exhibe y promociona los vínculos descartables; un mundo donde las personas, una vez obtenido el placer, se desechan; donde nada se construye y, por lo tanto, nada se pierde.

En un mundo de tiempos líquidos obsesionado por la inmediatez, que atenta contra la memoria y el conocimiento mutuo, donde las relaciones se disuelven antes de conformarse; un mundo que privilegia la velocidad y no la duración; un mundo de likes; un mundo narcisista, lleno de espejos y camaritas que nos siguen a todos lados para tomar imágenes de nosotros mismos; un mundo fascinado por la novedad, que convierte a las parejas en obsoletas cada temporada.

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Fueran encontrados muertos en su casa de Vosnon, en Francia, en septiembre de 2007.

 

Era un 23 de octubre de 1947 André Gorz, uno de los mayores exponentes de la ecología política, vio a Dorin Keir jugando poker en un baile en París, en la plaza de Saint-Sulpice, sin saber que aquella viajera se convertiría en el único y gran amor de su vida.

Tiempo después, el azar los volvió a reunir. Ella andaba sola con su andar de bailarina. Al verla, Gorz corrió para alcanzarla; lo logró y nunca más se separaron.

Hasta aquel día todo era incierto, sobre todo para Gorz, que no tenía mucha fe en el amor.

“No podía pasar más de dos horas con una muchacha sin aburrirse y hacérselo sentir”.

Dorine, por su parte, era una inglesa que hizo su vida en París. Venía de una familia que se rompió cuando su padre debió enlistarse en la primera guerra mundial. Cuando tenía cuatro años, su madre se enamoró de un aventurero y, en el momento de la ruptura, dos años después, fue él quien se hizo cargo de ella.

De personalidad extremadamente discreta, Gorz (Viena, 1923- Francia, 2007) perteneció a la cultura francesa, viviendo principalmente en París, donde fundó —junto a Jean Daniel— el semanario Le Nouvel Observateur y colaboró con el círculo filosófico de Les Temps Modernes, con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

Su vida intelectual siempre fluctuó entre el periodismo y la filosofía. A los 60 años, se le detectó una enfermedad degenerativa a ella, y Gorz decidió jubilarse y dedicarse a cuidarla.

“Me pregunté qué era lo accidental a lo que debía renunciar para concentrarme en lo esencial”.

Además, creía que para entender, de verdad, los acontecimientos de aquellos tiempos (estaba muy cerca la caída del muro de Berlín), le era necesario tener más tiempo para la reflexión, algo que, escasamente, le permitía el periodismo. No lo pensaron más y se mudaron al campo.

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«Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. (…) Necesito reconstruir la historia de nuestro amor para captar todo su sentido. Gracias a ella, somos lo que somos, uno por el otro y uno para el otro (…) Te escribo para comprender lo que he vivido, lo que hemos vivido juntos».

Así inicia Carta a D. Historia de un amor (2006), una confesión de casi 90 páginas que un anciano André Gorz le dedica a su compañera de vida, luego de que le diagnosticaran cáncer de endometrio y aranoicditis, esta última causada por una inflamación en una de las tres membranas que rodean el cerebro y la médula espinal.

“Éramos tú y yo, hijos de la precariedad y del conflicto”, le escribió Gorz. “Estábamos hechos para protegernos el uno al otro. Necesitábamos crear juntos, el uno para el otro, un lugar en el mundo que nos había sido originalmente negado. Pero, para ello, era necesario que nuestro amor fuera también un pacto para toda la vida”.

 

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La carta es un recuento sobre esa historia de amor que duró casi seis décadas junto a su cómplice personal e intelectual. No obstante, el texto completo es una reivindicación del autor consigo mismo, al darse cuenta de que entre lo que piensa y su vida personal hay una distancia que no recorrió con su compañera. Gorz, como muchos escritores, se sentía cómodo en la estrategia del fracaso y la aniquilación, no en la afirmación y el éxito. Pero fue en el ocaso de su vida cuando tuvo que admitir que lo más importante, tras haber escrito tantos libros, ensayos y artículos, era ese ‘vínculo invisible’ que ambos construyeron.

“¿Por qué estás tan poco presente en lo que he escrito si nuestra unión ha sido lo más importante de mi vida?”.

Todos los escritos de Gorz tratan sobre lo humano. Pero Carta a D. va más allá.

“Lo que quería poner en relieve —dijo alguna vez el pensador— es que la única riqueza humana es la sensibilidad. Cuando esta se elimina, entonces sólo hay sinsentido, solamente riqueza material, instrumental, pero no humana. Dorine me enseñó eso”.

 

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“Seremos lo que hagamos juntos”, le dijo André a Dorine.

Y de eso no cabe duda. Siempre desearon morir juntos, en el mismo día y de la misma forma. Y así fue. El 22 de septiembre de 2007, sobre la cama que los acogió durante casi seis décadas, se inyectaron una sustancia letal.

Murieron en su casa de Vosnon, una vez más: abrazados.

El texto termina como empezó y sería injusto —opinamos— no reproducir el párrafo entero.

“Acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío.

Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta ‘Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr’ (El mundo está vacío, no quiero vivir más) y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos”.

-Vía: El telegrafo

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“Al final de nuestra tercera o cuarta salida, por fin te besé.

No teníamos prisa.

Te desnudé con cuidado.

Y descubrí, maravillosa coincidencia de lo real con lo imaginario, la Afrodita de Milos encarnada.

El fulgor nacarado de tus pechos iluminaba tu rostro.

Durante mucho rato contemplé, mudo, ese milagro de vigor y suavidad.

Tú me enseñaste que el placer no es algo que se tome o se dé, sino una forma de darse y demandar la propia donación del otro.

Nos entregamos mutuamente por completo.

Durante las semanas que siguieron, nos vimos casi todas las noches.

Compartiste conmigo el viejo catre desfondado que me servía de cama.

No tenía más de sesenta centímetros de ancho y dormíamos apretados uno contra el otro.

Además del catre, mi habitación no contaba más que con una biblioteca hecha con tablas y ladrillos, una mesa inmensa atestada de papeles, una silla y una estufa eléctrica.

Mi austeridad no te sorprendió.

Tampoco me extrañó a mí que lo aceptaras.

Antes de conocerte, nunca había pasado más de dos horas con una chica sin cansarme y hacérselo notar.

Lo que me cautivaba de ti era que me hacías acceder a otro mundo.

Ese mundo me encantaba.

Podía evadirme entrando en él, sin obligaciones ni pertenencias.

Contigo me encontraba en otra parte, en un lugar extranjero, extraño a mí mismo.

Me ofrecías el acceso a una dimensión de alteridad suplementaria, a mí que siempre rechacé cualquier identidad y fui acumulando identidades que no me pertenecían.

Al hablarte en inglés, hacía mía tu lengua.

Hasta hoy he seguido dirigiéndome a ti en inglés, aunque tú me contestes en francés.

El inglés, que conocía principalmente por ti y por los libros, fue para mí desde el principio como una lengua privada que preservaba nuestra intimidad contra la irrupción de las normas sociales del entorno.

Era como si edificara contigo un mundo protegido y protector.”

(…)

“Estábamos en febrero y, al apagarse la pequeña estufa de madera, la única forma de entrar en calor era metiéndonos en la cama.

La precisión de los recuerdos que he conservado me dice hasta qué punto te amaba, hasta qué punto nos amábamos.

Durante los tres meses que siguieron, pensamos en casarnos.”

(…)

“Mis objeciones eran por principios, ideológicas. Consideraba el matrimonio una institución burguesa; que codificaba jurídicamente y socializaba una relación que, en la medida en que respondía al amor, ligaba a dos personas en su aspecto menos social. La relación jurídica tenía por tendencia, e incluso como misión, el hacerse autónoma con respecto a la experiencia y los sentimientos de los integrantes de la pareja.

También decía: « ¿Qué nos asegura que, dentro de diez o veinte años, nuestro pacto para toda la vida se corresponderá con el deseo de aquellos en quienes nos habremos convertido?».

Tu respuesta era insoslayable: «Si te unes con alguien para toda la vida, ambos ponéis vuestra vida en común y evitáis hacer lo que pueda dividir o contrariar vuestra unión. La construcción de tu pareja es tu proyecto común, nunca acabarás de confirmarlo, de adaptarlo y de reorientarlo en función de las situaciones cambiantes. Nosotros seremos lo que hagamos juntos».

Era casi Sartre.”

(…)

“Ahora todo habría podido ser muy sencillo.

La criatura más radiante de la Tierra estaba dispuesta a compartir su vida conmigo.

Se te invitaba en la «buena sociedad», que yo nunca había frecuentado; los amigos me envidiaban; los hombres se volvían para verte cuando caminábamos de la mano.

¿Por qué escogiste a este Austrian Jew sin un céntimo?

En teoría, era capaz de mostrar -invocando a Hero y Leandro, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta-que el amor es la fascinación recíproca de dos personas en su aspecto más inefable, menos   socializable y más reacio a los papeles y las imágenes de sí mismos que la sociedad les impone, y a cualquier pertenencia cultural.

Casi podíamos ponerlo todo en común porque era casi nada lo que teníamos al comienzo.

Me bastaba con aceptar vivir lo que vivía, con amar por encima de todo tu mirada, tu voz, tu olor, tus finos dedos y tu modo de habitar tu cuerpo, para que todo el futuro se abriera ante nosotros.

Únicamente esto: tú me habías suministrado la posibilidad de evadirme de mí mismo y de instalarme en un lugar distinto cuya mensajera eras tú.

Contigo, podía dar vacaciones a mi realidad.

Eras el complemento de la irrealización de lo real, incluido yo mismo, algo en lo que me empleaba desde siete u ocho años atrás mediante la actividad de escribir.

Para mí, eras la portadora de la puesta entre paréntesis del mundo amenazante donde yo era un refugiado de ilegítima existencia, cuyo porvenir nunca se prolongaba más allá de tres meses.

No tenía ganas de volver a poner los pies en el suelo.”

(…)

“Eras la primera mujer a la que pude amar en cuerpo y alma, con la que me sentía en profunda resonancia.

Si era incapaz de amarte de verdad, nunca podría amar a nadie.

Empleé palabras que nunca había sabido pronunciar; palabras con las que te dije que quería que permaneciéramos unidos para siempre.”

(…)

“Estoy tan atento a tu presencia como en nuestros comienzos y me gustaría hacértelo sentir.

Me entregaste toda tu vida y todo lo tuyo.

A mí me gustaría poder darte todo lo mío durante el tiempo que nos quede.

Recién acabas de cumplir ochenta y dos años.

Y sigues siendo bella, elegante y deseable.

Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca.

Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío.

Por la noche veo a veces la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre.

Es a ti a quien lleva esa carroza.

No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas.

Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta «Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr» y me despierto.

Espío tu respiración, mi mano te acaricia.

A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro.

A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos.”

-21 de marzo-6 de junio de 2006 (Extractos de “Cartas a Dorinne”)

 

 

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