.el pintor brillante que producía belleza aún en sus obras más oscuras

Scroll down to content

800px-El_Tres_de_Mayo,_by_Francisco_de_Goya,_from_Prado_thin_black_margin.jpg

Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío-Francisco de Goya y Lucientes

 

“El cuadro respira (¡vive!) en el Museo del Prado. Su título: El 3 de mayo de 1808: los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío. Sus medidas: 266 x 345 cm. El pueblo español se defiende como puede contra la invasión de Napoleón Bonaparte.

Un pelotón de fusilamiento dispara contra un grupo de campesinos indefensos (hombres y mujeres). Uno de los fusilados, ya muerto, se desangra. Otro, la próxima víctima, rodeado por vecinos aterrorizados, levanta sus brazos en cruz. Clara alusión al Crucificado.

Tan clara, que en la palma de su mano derecha, aunque sutil, hay una cicatriz. Un pequeño hueco que alude a uno de los clavos de Cristo. Viste una abierta camisa blanca: el toque maestro. El toque del genio.

Una luz que captura de inmediato los ojos del espectador. Un blanco purísimo en una escena sombría… Y en un extremo, los soldados. Los fusiladores. Que no parecen hombres: se asemejan a muñecos, a feroces robots sin caras, ocultas bajo las grandes gorras del uniforme.

Ningún relato, ninguna foto (si hubiera cámaras en 1808), ninguna desesperada descripción podría elevarse al horror, a la crueldad de esa escena. La pintó el aragonés Francisco de Goya y Lucientes. Es una de las 768 pinturas que urdió hasta sus 82 años, cuando –el 16 de abril de 1828– rindió cuerpo y alma, aniquilado por tumores y fiebres indomables.

Pero esas 768, de las cuales más de 400 están en El Prado, no son el número total. Sus dibujos, tintas, grabados, obras atribuidas a él sin firma, la cifra supera largamente las mil.

Como Mozart, como Shakespeare, como Félix Lope de Vega Carpio (más de mil trescientas piezas teatrales), como Beethoven, que lo igualó en el drama de la sordera, Goya fue un monstruo de la naturaleza. Y para ciertos críticos y expertos indiscutibles, “el primer pintor moderno”.

Nacido en Zaragoza en 1746, hijo de un artesano, alumno de primeras letras poco aplicado, empezó a dibujar a los 14 años. Como a tantos genios, la ceguera de los amos le vedó tres veces el ingreso a la Academia de San Fernando, en Madrid.

Poco le importó: acabaría por perfeccionar su técnica iluminado por maestros como Tiepolo, Velázquez –otro monster–, Rembrandt, y su largo periplo por Italia a partir de 1770, donde conoció el recién nacido neoclasicismo.

Pero fue otro oficio el que lo adiestró (aunque en el estilo rococó, del que abjuró como quien huye de un veneno): pintor de cartones para los tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara.

Mucho trabajo, buena paga…, pero muy alto precio: la sordera casi total que la causó su trabajo con plomo –el mal conocido como saturnismo–, y que agrió su carácter.

De esa anomalía nació el nombre de La quinta del sordo, su reino. Estaba en la margen derecha del río Manzanares, cerca del puente de Segovia y camino hacia la pradera de San Isidro.

Goya la compró en 1819: 60 mil reales por esas diez hectáreas en las que desplegaría lo más estremecedor de su obra: las pinturas negras, la brujería, la prostitución, el odio hacia el clero y la Inquisición, las injusticias sociales, la superstición, la incultura, y hasta su sátira a la medicina y el arte en obras como El asno médico y El mono pintor…

Antes de su sordera fue un hombre mundano, aunque sin sofrenar su duro carácter de baturro. En parte, por ósmosis: el rey Carlos IV lo nombró pintor oficial del palacio.

Una tarea que lo obligó a retratar a duques, duquesas, condes, condesas, obispos, cardenales, y afirmarse como pintor de temas religiosos. Terreno en el cual, con convicción o sin ella –no fue un hombre de fe y observancia–, logró cuadro asombrosos. Entre ellos, un Cristo crucificado insoslayable…

Sus años en la corte fueron prósperos para su bolsa. Ayudó a su familia, venida a menos. Cambió su coche de dos ruedas por una berlina de cuatro. Fue figura constante en grandes fiestas y en corridas de toros (a éstas les dedicó obras memorables), se tenía por buen bailarín, guitarrero y esgrimista, pero también –según mentas– un gran tacaño…

Sin embargo, por más admiración que susciten sus estampas callejeras, sus campesinos, o el espanto de Saturno devorando a sus hijos, su Tribunal de la Inquisición, su Entierro de la sardina, El pelele, La carga de los mamelucos, Ataque a la fortaleza sobre una roca.

Etcétera…, eternamente, urbi et orbi –por lo menos para gente del común–, Goya es igual a sus Majas. En especial y obviamente, a la desnuda. Y ya que así es…, habrá aquí que desentrañar la historia íntima del fenómeno.

En 1794, el aragonés empezó a ir al palacio madrileño de los duques de Alba para pergeñar los retratos de ambos. Apenas pasado un año, el todopoderoso duque murió…, y Goya, bien pronto, se instaló en la finca de la viuda, María Teresa Cayetana, en Sanlúcar de Barrameda, provincia de Cádiz, Andalucía.

Desde luego, medio Madrid y todo Sanlúcar urdieron su comidilla social –chimenterío, bah– sobre los presuntos y/o evidentes amoríos del pintor y la dama.

Es curioso: al parecer, ella estaba más entusiasmada que él, a juzgar por una carta enviada por el galán a su amigo Martín Zapater: “Mas te balia venir á ayudar a pintar a la de Alba, que ayer se me metio en el estudio a que le pintase la cara, y se salió con ello; por cierto que me gusta mas que pintar en lienzo, que tanbien la he de retratar de cuerpo entero”. Grafía original…

Datos más que sugerentes: en el Álbum de Sanlúcar hay dibujos de Goya en las que ella no ahorra sensualidad, y su retrato de 1797 luce dos anillos: en uno dice Goya, y en el otro, Alba.

Y la pintó de cuerpo entero. La primera vez, vestida de blanco con lazo rojo en la cintura. La segunda, como el Creador la mandó a este valle de lágrimas. Pero en ambos casos eludió la cara. Sólo el cuerpo es fiel. La cabeza sería de una amiga de Goya conocida como “La gitana”.

1280px-Maja_vestida_(Prado).jpg

La maja vestida, 1800-1807, óleo sobre lienzo, 95 x 190 cm.

 

1280px-Maja_desnuda_(museo_del_Prado).jpg

Francisco de Goya, La maja desnuda, 1795-1800, óleo sobre lienzo, 98 x 191 cm.

Como era de imaginar, y frente a ese desnudo pecaminoso que entraría en la historia, los jueces de la Santa Inquisición intentaron quemar al genio en la hoguera, pero su fuerte relación con la corte redujo la pena a un tirón de orejas y un pedido de disculpas…

Dato no menor: primer desnudo que muestra vello púbico. En esos años, un escándalo.

Más allá de sus años en la corte real, el aragonés siempre ocultó su desprecio por esos inútiles enjoyados y bastante estúpidos. Y por eso se permitió toques imperceptibles, salvo para ojos refinados.

Por caso, cuando el gran Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) conoció el famoso cuadro La familia de Carlos IV, deslizó unas palabras lapidarias: “El rey parece un tabernero, y la reina, una mesonera”.

Muerto Goya, lo enterraron en el cementerio de La Charteuse, Burdeos, ciudad en la que pasó sus últimos años. Exhumado en 1888 para llevar sus restos a España… ¡su cabeza había desaparecido! Por fin, en 1919, lo que de él quedaba pasó para siempre a la ermita de San Antonio de la Florida, al pie de la cúpula que pintó un siglo atrás.

Una justa simetría.”

-Jorge Fernández Díaz

 

 

 

Anuncios

One Reply to “.el pintor brillante que producía belleza aún en sus obras más oscuras”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: