(En memoria de mi papá, Jorge Omar Reino Dakoff y de mis ancestros)

“La primera vez que vi esta flor, me enamoré.

Me gustan las flores, las plantas, todos los seres vivos, desde chica. Me emociona ver lo que hace el paso de las estaciones en la naturaleza. Hay algo sagrado y precioso, una alquimia que funciona de manera perfecta, en los ciclos de la vida.

Me volví una observadora de lo simple y la vida cotidiana de eso que afloraba a diario en mi jardin.

En silencio y con respeto, escucho los sonidos de los pájaros, de madrugada, que llegan a mi ventana del canto de amor de las calandrias. Al principio, me molestaba. Estar en lo profundo del sueño y ese gorjeo rápido, sostenido y largo que se sucedia con otras notas que se entrelazaban con sonidos más agudos, me despertaban. Y el insomnio llegaba. Hoy lo siento como una visita de buen augurio, y su canto peregrino con las canciones que va dejando a su paso, me dan alegría. El canto de amor de la calandria me recuerda que vinimos al mundo envueltos de sonidos. Así su huella sonora, la disfruto. De noche, mis sentidos se agudizan y si un par de calandrias me despiertan, empiezo a respirar muy profundo, hasta que siento los latidos de mi corazón. Al principio es un rugido furioso y galopante. Más luego, se va acompasando. Y como un diapasón siento que la sangre fluye armónica por todo mi cuerpo. Descubro que soy parte de un todo, una ínfima parte de un infinito Cosmos. Esos días mis sueños son profundos y lentos y casi nunca puedo recordarlos al despertar.

Me divierte mucho las charlas a gritos de las cotorras que anidan en el lapacho de un vecino. Trato de imaginar de qué va la charla tan animada que empieza en pequeños murmullos y termina en simpáticos gritos. ¿Me pregunto qué será que las hace gritar tanto? ¿Habrá algo que las amenaza y se avisan entre ellas? ¿O simplemente es una simple charleta?

Como sea, el canto de los pájaros es un despliegue sonoro fascinante y misterioso.

Disfruto emocionada, cada vez que veo aparecer un colibrí. Una vez uno rozó mi pelo. Mi corazón se aceleró. Ese aleteo tan cerca de mi piel de su diminuto cuerpo, el zumbido delicado, la presencia tan amorosa, el color tornasolado, lo sentí entonces como un milagro, una señal preciosa del universo que todo estaba bien en mi vida. Tiempo después alguien me dijo que cuando un colibrí te visita es el alma de alguien que ya partió para decirte que está bien.

Me gusta el gorjeo de las palomas. Ellas tienen una rutina, un circuito matutino: van del la azotea del edificio vecino al palmar, luego a mi techo de tejas rojas, de ahi al cielo y de nuevo a la azotea vecino. A veces, cuando hacen un nido en el palmar, se siente un dulce arrullo. A mi se me hace un canto de amor. Una vez hicieron un nido en el palmar y ví asomar un polluelo. La mamá picoteaba entre la grama del jardín buscando bichos, y de su pico iba directo al pichón. Tenía los ojos bien negros como dos bolitas y el plumaje gris claro. Fuí testigo de su primer vuelo, cuando abandonó el nido del palmar y se integró a la azotea comunal del edificio vecino.

Las mariposas son un capítulo aparte. Las venero. Me han enseñado que los procesos de metamorfosis de la vida son sagrados y misteriosos. Donde muchos ven el fin de la vida de oruga, es el comienzo de un proceso que terminará en una nueva mariposa. Investigué el tema y supe que había pocas mariposas porque muchas plantas nativas estaban en extinción, asi que con mucho trabajo conseguí unas plantas y la mano habilidosa de mi vieja produjo muchos hijos. Así que mi jardín se llenó de ellas sólo para que vengan y liben la flor. Revolotean un buen rato la planta que tiene botones rojos y lóbulos amarillo narajientos. Las plantas se llaman Asclepia Curassavica y son fuente de alimento de mariposas monarcas, y tambien algunas mariposas espejito, que vienen a nutrirse de su sabia lechosa.

El proceso es más o menos así: la mariposa monarca detecta a la planta por su olor desde muy lejos. La hembra pone los huevos en las hojas verdes que parecen pequeños cuernos. Al poco tiempo aparecen unas diminutas orugas que son a rayas amarillas y negras y tienen un par de cuernecitos blandos y flexibles de color negro en la cabeza. También tienen tan buen apetito que en cuestión de días acaban con las hojas, las flores, los brotes tiernos y la planta queda hecha un palito. Cuando están bien gordas, comienzan a caminar. Lo hacen buscando un lugar más seguro para pasar a la etapa de crisálida. ¡Es maravilloso! Con una de sus patas se adhieren a alguna hoja, rama o también un muro a través de un corto y resistente cordón de seda. El capullo, de 1,5 cm de largo, tiene un precioso color verde esmeralda con una fila de puntitos dorados. Al cabo de 2-3 semanas sale la mariposa. Nunca pude presenciar un nacimiento. Sólo vi varias veces el esqueleto vacío de la crisálida y una sola vez una recien nacida, con las alitas mojadas. Esperó un buen rato hasta que se secaron y dió su primer vuelo.

La planta de lavanda es mi otro vergel cotidiano. Puedo estar una hora, sentada en posición de loto en el pasto y con los ojos cerrados para que el viento desparrame ese aire a bucólica lavanda provenza sobre mi. Después de la segunda inspiración profunda, empiezo a escuchar el zumbido de las abejas y su danza circular. Vienen decenas de ellas. Verlas me llena de dulzura el alma. No entiendo cómo hay personas que temen a las abejas. Yo las amo.

Me gusta tanto el aroma a pasto y tierra seca, como el olor a tierra mojada cuando llueve. Disfruto del improvisado concierto que se produce cuando llueve mucho. Las canaletas de zinc que rodean mi techo se rebalsan. El agua cae en cascada y cuando va mermando el caudal de lluvia, quedan unas gotas repiquetando en esos tubos metálicos y se arma otra sinfonía.

Cuando llega el verano, dejo la ventana abierta de mi cuarto. Tengo la fortuna que un coro de grillos comienzan a grillar. Es para mi como una canción de cuna. Mi niña interior les dice gracias. Recuerdo que una vez llegué a grabar una sesión entera de noche de grillos. Cuando no me puedo dormir, la escucho.

Y qué decir de las flores silvestres del trébol. Cuando pasa el tiempo y no cortamos el pasto, aparecen. Son unas florecillas muy pequeñas de tallos muy delicados con cinco pétalos de un color rosa muy pálido, con vetas púrpura en la base. Me enoja que cuando cortan el pasto desaparezcan. ¡Desearía que les dieran otra oportunidad para que inunden el cesped con su belleza!

Y todo este preámbulo de sonidos, aromas y sentires para decir que me enamoré a primera vista de la Rosa Damascena. ¡Qué vueltera! EL caso es que esta Rosa, terminó siendo la flor de mis ancestros. Es la Flor Nacional de Bulgaria o la Rosa Búlgara. La gente que vive allí dedica su vida al cultivo y cosecha de la planta desde hace más de tres siglos. El Valle de las Rosas se encuentra en la parte central de Bulgaria. Ahora entiendo el por qué me gusta tanto. Y empecé a indagar su historia.

Al parecer la planta llegó a Bulgaria desde Persia, que es el Irán de hoy. Lleva el nombre de la ciudad persa de Damask. Los comerciantes importaron la rosa  hace aproximadamente 300 años. Comenzaron a destilarlo y sentaron las bases del aceite esencial de rosa búlgara . La tierra fértil y el aire fresco de las montañas del Valle de las Rosas eran tan adecuados para la planta Rosa Damascena, que el aceite esencial era de la mejor calidad y ganó rápidamente popularidad en Francia e Italia y luego al resto de  los perfumistas europeos.
La flor de Rosa Damascena se ve muy diferente a la rosa decorativa. Tiene un color rosa y muchas flores. La rosa de Damasco florece durante mayo y junio cuando los trabajadores recogen cuidadosamente las flores. Cada planta tiene muchas flores y la cantidad diaria de rosas florecientes aumenta gradualmente. El período de cosecha dura entre 15 y 35 días dependiendo de las condiciones climáticas ya que florece de manera constante en climas fríos, lo que hace que la temporada dure más. Los trabajadores llegan a los campos al anochecer y recogen las flores hasta el mediodía. En este momento las flores son frescas y tienen el mayor contenido de aceite esencial de rosa. Recogen la producción en bolsas y la transportan a las destilerías.

Una bolsa llena de flores de Rosa Damascena pesa entre 12 kg y 18 kg dependiendo de la humedad del material vegetal. Este es un proceso que toma tiempo y solo los mejores recolectores alcanzan hasta 100 kg de flores de rosas por día. Por cada hectárea de huertos de Rosa Damascena, debe haber 10 personas recolectando la cosecha.

Cuando termina la temporada de recolección de rosas, todos los agricultores preparan los jardines de rosas para la próxima temporada. El trabajo es a mano: cada planta debe recortarse mientras que las ramas viejas deben eliminarse. De esta manera, la planta permanece joven y da a luz flores que contienen aceite de rosa de alta calidad .
En el Valle de las Rosas, hay pueblos que han sido recolectores de rosas durante generaciones. Una generación pasa las habilidades a la otra.  Debido al tiempo limitado de cosecha, la velocidad es un factor importante en la recolección manual. Las flores de rosa que quedan de días anteriores, pierden su aceite esencial y se vuelven blancas. Los trabajadores no recogen flores blancas, ya que comprometerían la calidad del producto terminado. Para producir un kilogramo de aceite de rosa de Bulgaria, se tiene que destilar entre 2800 y 3500 kilogramos de flores de Rosa Damascena.

El aceite de rosa se produce en el pueblo de Chernozhemen, Bulgaria, en la parte sur del famoso Valle de las Rosas.”

-Gabi Dakoff

Fuentes consultadas: Wikipedia y https://www.rosabul.com/

Rosa Damascena Vintage, Bulgaria, 1936

El valle de la rosa, la vieja montaña y las fuerzas medias en otoño.

Es el Valle de los Reyes … Kazanlak.
Una tierra hospitalaria y fértil, imbuida de leyendas místicas  con historias sobre búlgaros dignos y trabajadores, y por un precioso regalo dado desde arriba.
Es mayo, a primera hora de la mañana, con el crujido de las primeras flores, comienza la recolección. Para la gente de Kazanlak, es un sacramento, una ocasión de trabajo, pero también de diversión y orgullo.Se conservan las tradiciones desde tiempos inmemoriales, y cada pequeño detalle es importante: la camisa blanca está hecha a mano por la niña, y los adornos del bordado expresan su alma única. El vestido es de color rojo festivo. El delantal verde, las hebillas representan un pájaro…¡Todos los símbolos glorifican la primavera y el nuevo comienzo!

El día se despierta con una suave canción de doncella y un aroma embriagador. Apenas abrió los ojos, la mañana se alarga bajo el ruido de los madrugadores. Y cuando los primeros rayos del sol besan la tierra, se revela la verdadera magia y fragancia del lugar.
Bajo los fuertes hombros de los Balcanes, nace una forma de vida suave y humilde: la rosa oleaginosa, ¡un símbolo de Bulgaria!
Cautiva a todo el que se le acerca con su Aroma y con amor incondicional, desinteresado.Tanto color, tanta belleza, tanta vida.

Hay una razón para llamar divina a la fragancia de la rosa búlgara que contiene aceite.
El poder de esta pequeña flor es tan místico que, milagrosamente, alrededor de las reliquias e íconos de santos y santas, el aroma del aceite de rosa se ha extendido durante mucho tiempo en los días de su celebración.
Sí, el Creador nos ha dado este precioso regalo, en su forma más perfecta, a nosotros, los búlgaros …
Usémoslo con dignidad y cuidémoslo con responsabilidad … Y aprendamos a dar  belleza, ternura, alegría y vida. ¡Como las rosas!

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