Arte: Jody Hewgill-Madame Butterfly (*)

«¿Y si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?

¿Y qué?
¿Y qué me das a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?
¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
«¿Es que yo soy? ¿Verdad que sí?
¿No es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?».

Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.
Pues esto es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.»

-Alejandra Pizarnik (De «Las Aventuras Perdidas».)

(*) M. Butterfly is a 1988 play by David Henry Hwang loosely based on the relationship between French diplomat Bernard Boursicot and Shi Pei Pu, a male Peking opera singer. Client: Arena Stage.

«Hay veces que la belleza crea lágrimas cuando nos conmueve, pero también hace brotar sangre cuando
nos acomete en esos lugares inhabitados de nosotros mismos que no nos atrevemos a recorrer…
La noche oscura del alma recrea un territorio que sólo los héroes son resueltos a transitar y Alejandra, se alejó tanto pretendiéndose acercar a los confines de su psique más profunda, que vio sus propios ojos
alejándose de ella misma y de todo cuanto se atrevió a mirar.

Y como Alicia en su “País de las Maravillas” cayó en su madriguera de conejo… Y no supo, o no quiso,
salir.

En su época en París entrados los años 60, se confabuló con el alma luminosamente oscura de
Baudelaire y el espíritu adolescente de Rimbaud y también ella se supo “maldita”, y cabalgó briosa entre
las letras de su doliente y extrema poesía hacia el único lugar donde encontraba dolor y consuelo al mismo tiempo, que resultaron ser motivos recurrentes en sus poemas; la infancia, los espejos, el jardín, la noche y el silencio.

Su extrema sensibilidad y un “algo” que en su atracción por el psicoanálisis intentó comprender, la hicieron vivir la experiencia del tormento, de una vida dedicada a discernir si lo vivido es un reflejo o una realidad asumida solamente, si la infancia es un estado que en nostalgia se convierte al revivirlo o si dejarlo es necesario en el olvido en la aventura incierta del crecer, de ilusamente alcanzar una madurez que no sabemos exactamente en qué consiste si la vivencia del presente se ahoga en un ayer no concluso ni asumido.

Y es su caso, seguramente,como muestra cuando escribe:

«Un claro en un jardín oscuro o un pequeño espacio de
luz entre hojas negras. Allí estoy yo, dueña de mis
cuatro años, señora de los pájaros celestes”

Pero en su viaje en el tiempo va mucho más allá y en esa nostalgia de un “no sé qué”, apunta con sus palabras a heridas más antiguas incluso que las de la propia existencia presente:

“Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos…
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira y grita que algo se fue para
siempre.”

Alejandra…
¿Qué le sucedió a la niña?…
La poeta convierte a su infancia en parte ineludible del mismo acto poético y continuamente le habla a “ella”, la busca, ¿la halla?… En su poema “Quién alumbra” nos dice:

“Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.”

Vertiginoso ejercicio psicológico es pretender seguir a Alejandra Pizarnik en su viaje poético, en su angustiosa vivencia plenamente existencial, en ese dolor común de no saber e intuir que no se podrá llegar a saber nunca.
Casi todos lo aceptamos, pero ella no…
Aunque quizá su dolor reside en la propia paradoja que ella misma se creó; Quiero saber, pero no quiero,
porque quizá no debo o no puedo asumir… En su poema “la mesa verde” acaba concluyendo:

“El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo tiene
que quedar abajo”…

Concluyente.
Y en naufragio convirtió la travesía, el camino tornó en laberinto, una trampa acabó siendo la madriguera del conejo, un insondable abismo, un arma certera aquellas cinco decenas de pastillas que se descerrajó como cincuenta incruentos tiros a bocajarro en las entrañas.
Sólo tenías 36 años Alejandra… ¿Eran tantos? ¿Qué le sucedió a la niña?…

La poeta nombró a sus alas “dos pétalos podridos”, como también adjetivó dolorosamente al mismo
firmamento declarando que “el cielo tiene el color de la infancia muerta”.

¡Cuándo dolor agrupado en tu pecho querida Alejandra!… ¿Quién se llevó tu amor?…

En su estremecedor poema “La enamorada” la poeta nos dice con desolada ironía:

“ríe en el pañuelo, llora a carcajadas,
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú…”

Quizá no exista pena más cruel que amar y no poder amar, que no te amen y lo sepas. Yo creo que si el
mundo está tan alejado del amor es por el temor inmenso de desearlo y no tenerlo. Y Alejandra se atrevió a suspirar por él y el no haberlo encontrado la mató.

En su poema “Exilio” nos dice:

…” ¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?…”

Fue tanto su desengaño y la hondura de su dolor que descreyó de todo, de ella misma principalmente y hasta a los mismos ángeles nombró como “ángeles bellos como cuchillos que se elevan en la noche y devastan la esperanza”.

En su poema “Mucho más allá”, la poeta se interroga acerca del tesoro que siente que dejó atrás y que
imposible era ya de recuperar; se pregunta ante el inevitable y dudoso espejo de la vida si ella es ella o una sombra imaginada nada más; apunta, sin de momento disparar, al centro de su propio corazón, para acercar, un pasito más si cabe, ese postrero final que demorar no quiso.

Qué decirte Alejandra…
¿Sirve acaso de algo que admiremos ya por siempre la belleza que anidaba en tu dolor? ¿Sirve a acaso, como Tu Fu le escribió a Li Po que… “Al cabo de diez mil, cien mil otoños no tendrás otro premio que el inútil de la inmortalidad”?

Alejandra Pizarnik dejó el vacio propio de cuando muere la voz misma de toda una generación de poetas y tal vez, sin ninguna duda diría yo, las letras argentinas serán deudoras eternas del alma de una mujer que sollozó con la misma pasión con la que rió, trasladando la melancolía bohemia del París que conoció a un Buenos Aires que bien servido estaba ya de una nostalgia propia.

Alejandra apagó su luz pero no para llevársela, pues aquí nos la dejó.»

-Ricardo De Bastante

Ilustración revista Ñ, Buenos Aires, 2010

2 Replies to “.mucho más allá”

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