«Recuerdo, sin un orden concreto:

-la reluciente cara interior de una muñeca;

-el vapor que sube por un fregadero mojado cuando jocosamente se introduce en él una sartén caliente;

– gotas de esperma alrededor de un desagüe, antes de que las engullan las largas tuberías de la casa;
– un río que fluye absurdamente cauce arriba y los rayos de media docena de linternas que lo persiguen e iluminan su chapoteo y sus ondas;
– otro río, ancho y gris, y el viento recio que agita su superficie y encubre la dirección de su flujo;
– agua de bañera que se ha enfriado hace mucho detrás de una puerta cerrada con llave.
Esto último no lo vi realmente, pero lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado.

Vivimos en el tiempo —nos contiene y nos moldea—, pero nunca he creído comprenderlo muy bien. Y no me refiero a las teorías sobre cómo se desvía y se desdobla, o a que pueda existir en otro lugar en versiones paralelas.

No, me refiero al tiempo ordinario, cotidiano, que los relojes de pared y de pulsera nos aseguran que transcurre regularmente: tictac, clic-cloc. ¿Hay algo más verosímil que una segunda aguja? Y, sin embargo, el placer o el dolor más nimio basta para enseñarnos la maleabilidad del tiempo. Algunas emociones lo aceleran, otras lo enlentecen; de vez en cuando parece que no fluye, hasta el punto final en que desaparece de verdad y nunca vuelve. No me interesa mucho mi época escolar y no la añoro.

(…)

«Me llevo bien con Susie. Bastante bien, en todo caso.
Pero la generación más joven ya no siente la necesidad, o ni siquiera la obligación, de mantener el contacto.
Al menos, no el «contacto» en el sentido de «verse».
Un e-mail bastará para papá; lástima que no haya aprendido a procesar textos.
Sí, ya está jubilado, sigue dando vueltas a esos misteriosos «proyectos» suyos, dudo que alguna vez termine algo, pero por lo menos le mantienen el cerebro activo, es mejor que el golf, y sí, pensábamos ir a verle la semana pasada, hasta que surgió algo.
Espero que no enferme de Alzheimer, en realidad es lo que más me preocupa, porque, bueno, es muy difícil que mamá se haga cargo, ¿verdad?
No: exagero, estoy tergiversando.
Estoy seguro de que Susie no piensa así.
Viviendo solo tienes esos momentos de autocompasión y paranoia.
Susie y yo nos llevamos muy bien.
Una amiga nuestra —todavía digo esto instintivamente, aunque Margaret y yo llevamos divorciados más tiempo del que estuvimos casados— tenía un hijo en una banda de punk rock.
Le pregunté si había oído algunas de sus canciones.
Ella mencionó una titulada «Todos los días son domingo».
Recuerdo que me reí aliviado de que el mismo viejo aburrimiento adolescente se transmita de una generación a otra.
Y también de que utilicen las mismas ironías para huir del tedio.
«Todos los días son domingo»: estas palabras me remontaron a mis años de estancamiento, y a aquella terrible espera de que la vida empezara.
Pregunté a nuestra amiga qué otras canciones tenía el grupo.
«No —dijo ella—, ésa es su canción, la única que tienen.»
«¿Cómo sigue entonces?», pregunté.
«¿Qué quieres decir?».
«Pues ¿cuál es la frase siguiente?».
 «No lo entiendes, ¿eh? —dijo ella—. Ésa es la canción. Repiten la frase, una y otra vez, hasta que a la canción le da por acabarse.»
Recuerdo que sonreí.
«Todos los días son domingo»; no estaría mal como epitafio, ¿verdad?.


Era uno de esos largos sobres blancos con mi nombre y mi dirección escritos debajo de una ventanilla de plástico transparente.
No sé ustedes, pero yo nunca tengo prisa en abrirlos.
En otro tiempo, esas cartas significaban otra etapa dolorosa de mi divorcio; quizá por eso recelo de ellos.
Hoy día pueden contener un recibo de impuestos sobre las pocas acciones, lastimosamente poco rentables, que compré al jubilarme, o una nueva petición de esa obra benéfica a la que contribuyo con una orden de pago periódica.
Así que me olvidé del sobre hasta horas más tarde, cuando estaba recogiendo todos los papeles de desecho en mi casa —hasta el último sobre— para reciclarlos.
Resultó que contenía una carta de un bufete de abogados del que nunca había oído hablar, los letrados Coyle, Innes & Black.
Una tal Eleanor Marriott me escribía: «Relativo al patrimonio de doña Sarah Ford (difunta)».
Tardé un rato en llegar hasta ahí.
Vivimos con suposiciones muy fáciles, ¿no?
Por ejemplo, que la memoria es igual a sucesos más tiempo.
Pero es algo mucho más extraño.
¿Quién dijo que la memoria es lo que creíamos que habíamos olvidado?
Y debería ser obvio que el tiempo no actúa como un fijador, sino más bien como un disolvente.
Pero no conviene —no es útil— creer esto; no nos ayuda a seguir adelante; por lo tanto, lo pasamos por alto. «

(…)

Llegas hacia el final de la vida; no, no de la vida misma, sino de algo distinto: el final de cualquier posibilidad de cambio en esa vida.

Se te consiente una larga pausa, el tiempo suficiente para hacerte la pregunta: ¿qué más hice mal?

Pensé en una panda de críos en Trafalgar Square.

Pensé en una mujer joven bailando, por una vez en su vida.

Pensé en lo que no podía saber ni comprender ahora, pensé en todo lo que nunca podía saberse ni comprenderse.

Pensé en una mujer que freía huevos de una forma despreocupada y chapucera, sin inquietarse cuando uno de ellos se rompió en la sartén; después en esta misma mujer, más tarde, haciendo un gesto secreto y
horizontal debajo de una glicinia iluminada por el sol.

Y pensé en una ola de agua que se encrespa, pasa de largo velozmente y se desvanece río arriba, perseguida por una banda de estudiantes gritando con antorchas cuyos rayos se entrecruzaban en la oscuridad.
Hay acumulación.

Hay responsabilidad.

Y, más allá de ellas, hay desasosiego.

Un gran desasosiego.»

– Julian Barnes

2 Replies to “.el sentido de un final”

    1. Siempre creí aun desde muy chica que había más realidades o mundos del que yo percibia.
      Cuando me iba a acostar le pedí a mi ángel de la guarda que los mostrara en sueños.
      Al instante de despertar, con los ojos aún entrecerrados sé que algo ví… pero ni bien se corre el velo del despertar… se esfuma el recuerdo.

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