
Aώpia
Permanece en mí como los humores eternos
del inhóspito viento, y no
como las cosas transitorias—
lozanas flores.
Albérgame en la imbatible soledad
de acantilados sin sol
y de aguas grises.
Deja que los dioses hablen de nosotros en voz baja.
En los días por venir,
las oscuras flores del Orco
te recuerden.
El regreso
Mira, ellos regresan; ¡oh, mira los movimientos
imprecisos, y los pies lentos,
la dificultad en el paso y el equilibrio
oscilante!
Mira, ellos regresan, uno a uno,
con temor, semi dormidos;
como si la nieve vacilara
y murmurara en el viento,
y dando media vuelta;
estos fueron los “alados reverenciales”,
inviolables.
¡Dioses de aquel zapato alado!
¡Junto a perros de plata,
olfateando el rastro del aire!
¡Ea! ¡Ea!
Estos fueron los que raudos acosaron;
estos, los hábiles para el rastro;
ellos, el alma de la sangre.
Aflojad las riendas,
¡pálidos hombres de las fustas!
-Ezra Pound, Idaho, 1885 – Venecia, 1972 («En Des imagistes, an anthology, Albert and Charles Boni, New York, 1914, Versión © Silvia Camerotto)
