
El perro no conquistó la cima.
No clavó banderas.
No sacó fotos.
Se sentó.
Mientras muchas veces nosotros subimos para demostrar, él sube para estar.
No vino a vencer a la montaña, vino a escucharla.
Desde ahí arriba no mira el mundo con ambición, lo mira con pertenencia.
Como si supiera algo que olvidamos:
que la tierra no se posee, se honra.
No se pregunta cuánto falta, ni qué viene después.
Respira.
Y en ese respirar, todo está completo.
Tal vez por eso los perros llegan a lugares a los que el ego no entra.
Porque no cargan pasado, no negocian con el futuro, no necesitan ser más.
Están.
Y desde esa quietud nos dicen, sin palabras: no hace falta llegar tan alto para ser grande, hace falta vaciarse lo suficiente para escuchar.
La cima no es un lugar.
Es un estado.
Y a veces, el que mejor nos enseña a habitar el mundo no es el que habla…
sino el que se sienta en silencio y mira el infinito como si fuera su casa.
