Ivan Pokidyshev Shining man series

«El amor es el gran intangible.

En nuestras pesadillas, creamos bestias a partir de la emoción pura.

El odio ronda las calles con colmillos ensangrentados, el miedo vuela por los callejones con alas de murciélago, la envidia teje viscosas telarañas en el cielo.

En nuestras ensoñaciones, maniobramos con sereno equilibrio, burlando a nuestro oponente, alcanzando las cimas de la gloria ante los hurras de la muchedumbre, zambulléndonos en el corazón de una aventura.

¿Pero qué estado onírico es el amor?

Frenético y sereno, vigilante y calmo, tenso y fuerte, explosivo y moderado, el amor comanda un vasto ejército de estados de ánimo.

Anhelando la victoria, cojeando después de la última escaramuza, los amantes regresan al ruedo.

Sin movernos, somos valientes como gladiadores.

Un hombre y una mujer están sentados ante una pequeña mesa, con candelabros, en un restaurante. Él la ha invitado a ella a cenar, y mientras comen y hablan sus ojos se encuentran. Se sostienen la mirada un poco más de lo normal, un segundo de más o dos.

Ella sonríe, mueve la cabeza y lo mira tímidamente; luego una caída de ojos y aparta la mirada por un momento. Vuelve a mirarlo, ríe, se atusa el pelo. Mientras hablan, él deja el brazo cerca de ella sobre la
mesa. Sus ojos azules brillan de animación, de excitación, con una pizca de nerviosismo. Las pupilas, que normalmente son diminutas como minas de lápiz, están ahora bien abiertas, como el objetivo de
una cámara, captando más y más de ella.

La pareja habla de todo y de nada. Cada cual trata de presentarse del modo más positivo, y a la vez de revelar su auténtico yo, sus heridas y sus sueños.

Gradualmente, de un modo sutil, porque están en un camino emocional, empiezan a moverse al mismo ritmo, a copiar cada uno los gestos del otro. Cuando él se reclina en la silla, ella se apoya también. Cuando ella bebe, él bebe. Son como bailarines inconscientes. Mientras coquetea, las pupilas de ella se abren como las de él. Es señal de un interés, emocional o sexual, pero no puede evitarlo. Tampoco lo desea.

No son adolescentes; han pasado por esto antes. Ninguno de los dos dice lo mucho que desea probar los
labios del otro, el tacto de las caricias del otro, la esencia del cuerpo del otro, el calor de la pasión del otro.

Esto se llama una cita para cenar. Pero en realidad es una «alimentación de cortejo». Muchos animales lo hacen. Los machos que desean copular con una hembra a menudo le ofrecen comida o algún otro regalo. Los pingüinos lo hacen. Lo hacen los monos. Y los escorpiones. También las luciérnagas. Y los seres humanos.

El propósito es demostrar a la hembra que el macho será un buen proveedor y que saciará sus necesidades. Pensamos en los hombres como grandes seductores, pero las mujeres intervienen mucho en la elección. Muy a menudo son las mujeres las que inician el coqueteo, dan señales sutiles para indicar que están de acuerdo en que prosiga la conquista, y deciden si quieren irse a la cama con el hombre. Esto
también sucede entre la mayoría de los animales.

Los machos se presentan ante las hembras, que eligen a qué machos desean. Entre los tamarinos, unos pequeños monos que habitan las selvas sudamericanas, los machos intervienen en gran parte de la crianza de los pequeños. Si un macho quiere unirse a una hembra, se exhibe cargando a un cachorro en la espalda. Esto llama la atención de la hembra. Esencialmente, el macho le está diciendo: «¿Ves qué
bien lo llevo? Sería un padre fantástico para tus hijos.»

¿Qué más eligen las hembras en un macho? Una de las prioridades es la salud. Las hembras retroceden ante síntomas de enfermedad, parásitos o debilidad. Un cortejo exhaustivo y competitivo no sólo impresiona a la hembra por el grado de compromiso que demuestra, sino que le indica si el macho es duro, si su sistema cardiovascular es fuerte, si tiene resistencia para ser su pareja. Ella puede comprobarlo por su forma atlética, su ímpetu, o imponiéndole pruebas.

O haciendo que él le cante serenatas. Las hembras de la rana gris de los árboles se sienten atraídas por los machos tenores que cantan sonoras arias en las largas noches caribeñas. Los machos emplean grandes cantidades de oxígeno en ese proceso, y se agotan; pero eso complace a la hembra. Ella quiere un macho robusto, un vocalista vigoroso, que engendrará una descendencia fuerte.

Para algunas especies de ranas, está en juego algo más que la fuerza. Hace unos años, el biólogo Merlin Tuttle descubrió cómo el Trachops cirrhosus, un murciélago centroamericano, cazaba a sus víctimas por el sonido. Aficionado al sabor de la rana Physalaemus, el murciélago escucha la llamada nupcial de la rana macho. Cuanto más alto es el canto, más gordita y jugosa es la rana. Esto pone a la
rana en una posición difícil. Tiene que cantar para conseguir aparearse y perpetuar la especie —y la noche tropical está saturada de deseo sexual—, pero cantar revela su ubicación al hambriento Trachops cirrhosus. Si canta con contención no impresionará a las ranas hembra, aunque el murciélago pensará que es un amante canijo. Si canta a pleno pulmón, con vigor e ímpetu, entonces el murciélago ejecutará a la rana de un modo demasiado sádico para ser descrito.

La salud es también importante. Una hembra quiere un macho generoso, que proteja y ayude a su descendencia. Cuando un escarabajo Pyrochroidae desea a una hembra, le muestra una profunda hendedura en su cabeza, uno de sus movimientos de cortejo. Ella queda impresionada. Es toda una hendedura. En el lenguaje de los escarabajos, él es un gran escarabajo, guapo y bien dotado. Así que ella le agarra la cabeza, se la lame y acepta aparearse. Lo que el macho lleva en la hendedura es una pequeña
dosis de veneno a la que ella es inmune, y que protegerá a los futuros huevos de las hormigas y otros predadores. Él le da a ella una pequeña muestra durante el cortejo para darle a entender que le interesa aparearse con él, porque durante las relaciones ella recibirá un gran regalo químico junto con su esperma. «Es como si le enseñara una cartera llena», explica el entomólogo Tom Eisner, «y le dijera: “Hay más en el banco de donde salió esto.”»

La hembra del ave del Paraíso de Nueva Guinea exige al macho múltiples talentos. Ha de ser el que recoja más adornos, diseñe nidos más grandes e interprete la mejor danza nupcial. Un macho que no es un hábil y buen constructor no interesa. Así que los machos construyen maravillas arquitectónicas —a veces, de tres metros de altura— con palitos, liquenes, helechos y hojas. Luego decoran los nidos con orquídeas, conchas de caracol, alas de mariposa, flores, pedacitos de carbón, plumas de aves del Paraíso,
semillas, hongos, caparazones de escarabajo, capuchones de bolígrafo, cepillos de dientes, pulseras, cartuchos y cualquier otra cosa que puedan encontrar. La actividad decorativa vuelve locos a los machos. Como las flores se marchitan, las cambian cada día. En sus nidos siempre hay un esquema cromático cuidadosamente equilibrado, donde destaca el azul como color favorito. Los investigadores han llegado a contar hasta 500 adornos en un solo nido. Como se desatan fieras batallas entre los machos que tratan de asaltar los nidos de los vecinos para quitarles los ornamentos, un nido bien provisto revela la fuerza de su macho constructor. Las hembras se sienten atraídas por los «apartamentos de soltero»
amplios, artísticamente decorados y en buen estado. Si el macho del ave del Paraíso puede construir un buen nido, explica Jared Diamond, es que «está dotado de fortaleza física, destreza y resistencia, y además conoce las técnicas de búsqueda y tiene memoria (…) es como si las mujeres eligieran a sus maridos con una reñida competición de triatlón que incluyera ajedrez y ejercicios de costura». Cuando una hembra siente atracción por un nido que equivale a un apartamento lujoso y a un flamante deportivo rojo, el macho se pone a sus pies, canta y chilla mientras baila en torno a ella, indicándole varios objetos de arte con el pico. Todos los machos quieren darle su semilla. Por lo tanto, es esencial llevar a cabo una
seducción espectacular; el cortejo lo es todo. El macho espera atraer y copular con cuantas hembras le sea posible. Pero la hembra necesita engendrar de un solo macho extraordinario, y luego volar a otro lado para construir un nido modesto y sencillo donde cuidará a sus crías sola.

Elegante y artistico cortejo del Ave del Paraiso

Si nuestra pareja decide ir a bailar después de la cena, o tomar una copa en un bar, la música moderna bombardeará sus mentes. No importa que sea música rock, country o melódica; todo hablará de amor.

La música popular tiene una obsesión con el amor. En las canciones populares compartimos mitos e ideales sobre el amor. De un modo rudo, a veces casi en términos económicos, nos previenen de lo mucho que puede costamos el amor. Pero también nos anuncian la maravilla que puede ser. Ofrecen consejos sobre a quién amar, cómo saber si es un amor verdadero o no, qué hacer si uno es traicionado, cómo soportar el desamor. Estamos constantemente enamorados, buscando amor, perdiendo un amor o
heridos de amor. En definitiva, estamos «hechizados, preocupados, desorientados». Nuestras canciones lo dicen todo.

En términos evolucionistas, los seres humanos no han utilizado la música para el apareamiento, pero la encontramos hipnótica y seductora. Como lenguaje puramente emocional, la música enaltece el cortejo, y muchas culturas la incluyen en sus rituales mágicos.

Para los cheyenes, el cortejo requería su tiempo, y estaba impregnado de romanticismo. Un indio bravo se escondía en los bosques para ver pasar a su amada y luego darle una serenata con una flauta especial. Con el tiempo, sus melodías abrían un camino en el corazón de la chica. Luego él la conmovía con cumplidos, regalos y atenciones. Pero ella no hacía el amor con él hasta que estaban casados. Las chicas cheyenes se ponían un cinturón de castidad al inicio de su pubertad, y lo llevaban hasta casarse. Podían tener a su pretendiente esperando cinco años o más, lo que le daba tiempo a perfeccionar el arte de la flauta, símbolo fálico de la hermosa música que su cuerpo podía ofrecer. Una doncella cheyene se habría sentido incómoda si las canciones de su pretendiente hubieran tenido letras sexualmente explícitas. No puedo imaginarme qué habría hecho con ciertas canciones populares como «Sexual Healing».

Las canciones de amor de los años veinte «hablaban de noches despreocupadas y días frenéticos», dice Richard Rodgers, y luego pasaron a los «problemas y fantasías en los treinta (…) La miseria [de la Depresión] parecía menos extrema si uno podía cantar». Durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, en las canciones de amor las mujeres suspiraban por alguien que las salvara, que diera a su vida un sentido. Sin amor, una mujer carecía de valor alguno. Nada que un hombre pudiera hacerle a una mujer
tenía tanto valor como el regalo de su amor.

De ahí la popularidad de una canción como «Can’t Help Lovin’ That Man», en la que el hombre es voluble e indigno de amor, pero la cantante le adora.

Los hombres idealizaban a las mujeres como criaturas angelicales, pero a la vez hechiceras, pues les robaban el corazón, esclavizaban su pensamiento y les hacían sentirse irracionales. Las mujeres se lo
advertían en muchas canciones. La habilidad de volver a un hombre loco de amor era el único poder real que tenía una mujer. Las mujeres no podían hablar abiertamente sobre el placer del sexo. Si cantantes como Billie Holiday canturreaban a veces que «la carne que está cerca del hueso es la más dulce», aquello era deliciosamente escandaloso.

Cuando el rock and roll irrumpió en los años cincuenta y sesenta, las canciones de amor reflejaron repentinamente la revolución social, el sexo desinhibido, el amor como camino de perfección, y el rechazo de los tabúes de la clase media. El amor era otra vez una religión, una que podía salvar al mundo, como proclamaban los Beatles y otros grupos. Cuando llegaron los años ochenta, los protagonistas de la música pop eran hombres solitarios que deseaban amor sin compromisos.

«Baby, baby, don’t get stuck on me», decía una famosa canción, porque eran tipos duros, difíciles, problemáticos, y simplemente no eran «la clase de hombres que se casa».
Hoy en día, las canciones pop tienden a ser inteligentes y cínicas.
Ahora que se puede acceder libremente el amor, y que la inhibición y el rechazo han dejado paso a la franqueza, las canciones han derivado del coqueteo y el eufemismo romántico al alarido del deseo
ardiente.

Las letras tienen un carácter más explícito, a veces incluso grosero, y el simple lamento se ha transformado en pura verdad y cruda realidad. Pero en muchas canciones actuales los cantantes suspiran otra vez por un amor más sentido, y los psicólogos Schlachet y Waxenberg piensan que quizá el renovado interés por vivir un amor prolongado es una reacción contra la cultura del narcisismo y el consumo que enfatiza la prioridad del individuo sobre la necesidad humana de relacionarse de un modo
recíproco, lo que hace que los seres humanos se sientan vacíos y alienados si sólo tienen el breve apaño de una nueva sensación que proporcione un consuelo temporal.

Los discos de Linda Ronstadt, Barbra Streisand y Carly Simon, que vuelven a las baladas de los años treinta y cuarenta, alientan la esperanza de quienes sienten así.

¿Por qué hay tanta gente que escucha canciones de amor?

Mediante nuestra imaginación, idealizamos lo que no tenemos. Al anhelar algo, lo convertimos en preciado oro. En cualquier caso, una sexualidad reprimida alienta el romanticismo, porque la gente se ve
obligada a imaginar. El amor romántico también se da en las tribus primitivas, donde el sexo no implica casi nada —particularmente si uno se ve forzado a casarse con alguien a quien no quiere—, aunque esta opción romántica no sea lo más frecuente ni esté institucionalizada. La negación, la represión y la inhibición alimentan el amor romántico porque la gente está obsesionada por satisfacer sus instintos biológicos, aunque no pueda evitar la presión moral.

En este estado de cosas, las canciones pop alientan las fantasías más calientes y mantienen viva la idea del amor. Algunas personas creen que las canciones más sucias contienen todo el romanticismo que
puede encontrarse, pero si alguien les recuerda cómo era antaño o les define lo que están esperando, les gusta. Es como agitar unos filetes de carne delante de un león enjaulado para que no se olvide del aroma de la caza. A menudo, los hombres que no saben expresar sus sentimientos con palabras sin sentirse incómodos o avergonzados pueden cantar canciones de amor apasionado y sentimental. Cantar las letras de otro es como un asidero donde agarrarse. Igual que las personas más tartamudas pueden — normalmente— cantar con fluidez, quienes sufren de tartamudez sentimental pueden expresar sus sentimientos a través de una canción.

«Si la música es el alimento del amor», escribió Shakespeare, «tócala.»

Después de la cena, nuestra pareja siente una mezcla de esperanza e incerteza, ingredientes que el romance necesita para arrancar.
Ambos han pasado por dolorosos divorcios. Él todavía tiene cicatrices en el corazón, resquebrajaduras de cuando su esposa se lo rompió con infidelidades. El problema clave que ella tuvo con su ex marido es que estaba casada con Hammurabi, que creía tener el poder de juzgar y legislar todas las leyes. Nada empieza con más emoción y esperanza, ni fracasa más repentinamente, que el amor.

Pero a pesar de todo, los dos están buscando otra vez «la maravilla, la alegría y el misterio del mundo» que es el amor, tal como lo definió Alexander Pope.

Tienen muchas cosas en común —la edad, el trabajo, los gustos musicales, las actitudes ante la vida—, pero, sobre todo, tienen en común que ambos están viviendo el momento adecuado. Están los dos listos para arriesgarse a amar, se hallan en la fase clave. Cuando alguien está preparado, lo desea y es capaz de
amar, a menudo se enamora de la primera persona apropiada que conoce. Ambos están hechizados por la lenta danza del amor, que saben que puede desencadenarse en los lugares más extraordinarios: en carreteras que corren tan rápidas como el propio tiempo; en el incómodo asiento de una vieja camioneta; mientras se dejan caer por destartalados pubs.

Lo que empieza como una simple ecuación de cuerpo y deseo puede convertirse de repente en un
cálculo de poderosos sentimientos. Hasta entonces, ni siquiera el susurro de los olmos, oscuro como la noche bajo la luna de agosto, ni siquiera el manzano en el jardín, agitando una pesada rama, ni
siquiera el estanque brillante cuyas ondas se rizan, puede disuadir al corazón de su anhelo.

Lo llamamos «enamorarse», como si uno se precipitara en el amor, y «desamor», como si el amor se hubiera disuelto. Cuando uno está enamorado, ha caído en un cuenco lleno de un untuoso líquido.
Los bordes del cuenco son resbaladizos, y por mucho que uno se empeñe en subir, sigue deslizándose y cayendo en el líquido.

Mientras esta pareja sale rozando brazo contra brazo, otras parejas están enamorándose en Finlandia, la Patagonia o Madagascar. Los antropólogos William Jankowiak y Edward Fischer, tras realizar un
estudio sobre 168 culturas, encontraron indicios de amor romántico en el ochenta y siete por ciento de ellas. En muchos casos, los hombres ofrecían a las mujeres comida y otros pequeños regalos como parte del cortejo. A pesar de sus discrepancias culturales, modas y distintas procedencias, todos entenderían el significado de quedar para cenar. Todos sabrían cómo se siente uno al lanzarse al abismo del enamoramiento sin otro paracaídas que la esperanza.
Todos anhelan ser «una pareja», ese rompecabezas emocional que sólo tiene dos piezas…»

-Diane Ackerman («Una Historia Natural del Amor»)

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