Ilustración de Hermenegildo Sábat

«Ambos están convencidos de que los ha unido un sentimiento repentino.

Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún «lo siento»
o el sonido de «se ha equivocado» en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.»

Wislawa Szymborska

«Si se nos permitió escoger,
parece que lo hemos pensado mucho.

Los cuerpos propuestos eran incómodos
y se estropeaban horrorosamente.

Nos asqueaban
las maneras de saciar el hambre,
nos espantaba
la herencia pasiva de los rasgos
y la tiranía de las glándulas.

El mundo que iba a rodearnos
estaba en constante descomposición.
Los efectos de las causas se desataban en él.

De los destinos concretos
que se nos permitió repasar,
rechazamos la mayoría
con tristeza y espanto.

Se planteaban las preguntas, por ejemplo,
si vale la pena parir entre dolores
a un niño muerto
y para qué ser navegante,
que jamás arribará al puerto.

Aceptamos la muerte,
Pero no en todas sus formas.
El amor nos atraía,
de acuerdo, pero un amor
que cumpliera sus promesas.

De servir al arte
nos espantaban
tanto la duda de la valoración
como la caducidad de las otras maestras.

Todos queríamos tener una patria sin vecinos
y vivir la vida
en el entreacto entre las guerras.

Ninguno de nosotros quería tomar el poder
ni someterse a él,
nadie quería ser víctima
de ilusiones propias y ajenas,
no había voluntarios
para desfiles, marchas,
y mucho menos para las tribus en extinción,
no obstante, sin esto la historia
no podría transcurrir de ninguna manera
por los siglos previos.

Mientras tanto una buena cantidad
de estrellas candentes
se habían apagado y enfriado.
Iba siendo hora de tomar una decisión.

Con muchas objeciones
finalmente aparecieron candidatos
ciertos descubridores y curanderos,
unos pocos filósofos sin fama,
unos cuantos jardineros sin nombre,
prestidigitadores y músicos callejeros,
aunque tampoco estas vidas
hubieran podido realizarse
por falta de otras ofertas.

Había que repensar una vez más
todo el asunto.

Nos fue presentada
una oferta de viaje,
del que volveremos.
Seguro de sí, y pronto.
Estancias fuera de la eternidad,
se diga lo que se diga, monótona,
desconocedora del paso
podría no repetirse jamás.

Nos acecharán las dudas,
si, sabiendo todo de antemano
de veras sabemos todo.

Si la elección tan prematura
es una elección verdadera
y si no sería mejor mandarla al olvido,
y si elegir
-elegir allí.

Miramos la Tierra.
Ya vivían en ellas unos atrevidos.
Una débil planta
se aferraba a la roca
confiando ingenuamente
en que no la arrancaría el viento.

Un pequeño animal
salía de su madriguera
con esfuerzo y esperanza ajenos para nosotros.
Nos parecimos mutuamente demasiado cautos,
ruines y ridículos.

Además, pronto empezamos a ser menos.
Los más impacientes se perdieron en algún momento.
Fueron los primeros en la línea de fuego,
sí, estaba claro.
Precisamente lo encendían
en la empinada orilla de un río real.

Algunos
incluso iniciaron el camino de vuelta.
Mas, no en nuestra dirección.
¿Llevando algo? ¿Algo conseguido?»

-Wislawa Szymborska

Wisława Szymborska y Kornel Filipowicz, Cracovia, 80.

Hay poetas que escriben como si dictaran un evangelio.

Wisława Szymborska hizo algo mucho más raro: escribió como quien duda, observa y vuelve a preguntar.

Y en esa desconfianza luminosa encontró una de las voces más singulares de la poesía del siglo XX.

Nació en 1923, en una Polonia que pronto sería arrasada por la guerra, la ocupación y las ideologías que pretendían explicarlo todo.

Le tocó vivir en una época que exigía certezas, consignas, banderas y obediencias.

Pero ella eligió el camino opuesto: la atención minuciosa, la ironía, la inteligencia que no se deja seducir por los grandes gestos.

Su poesía no entra a la historia con trompetas; entra de puntillas, mira alrededor y de pronto nos deja frente a una verdad que habíamos pasado por alto.

Lo fascinante de Szymborska es que nunca necesitó presentarse como una figura solemne.

No escribía desde un pedestal, sino desde una mesa de trabajo donde cabían el humor, la duda y una curiosidad casi infantil por las cosas más pequeñas.

Un gato, una piedra, una cebolla, una fotografía antigua, una carta: cualquier objeto podía convertirse en una puerta hacia lo inmenso.

En sus poemas, lo cotidiano no es menor; es una trampa deliciosa para que el lector descubra que el universo entero cabe en un detalle.

Durante años vivió lejos del ruido de la celebridad, y quizá por eso su voz conserva esa rara frescura de quien no intenta impresionar.

También tuvo, como tantos intelectuales de su generación, un pasado atravesado por las contradicciones políticas de su tiempo.

Pero lo notable en ella fue la honestidad para mirar hacia atrás sin maquillajes, sin convertir su biografía en una leyenda limpia.

Esa lucidez moral, tan poco ornamental, terminó de darle una estatura única: Szymborska no fingía inocencia; prefería la verdad compleja a la pureza de escaparate.

Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1996, el mundo se inclinó ante una poeta que había hecho de la discreción una forma de grandeza.

Su obra no busca deslumbrar con fuegos artificiales, sino quedarse.

Sus poemas no se leen: se habitan.

Y cuando uno sale de ellos, algo en la mirada ha cambiado.

Ya no vemos una cebolla solo como una cebolla, ni una foto como una imagen quieta, ni una vida como una suma de certezas.

Todo empieza a parecer más extraño, más frágil, más precioso.

Leer a Szymborska es entrar en una habitación silenciosa donde alguien, con una sonrisa apenas insinuada, te muestra que el mundo es inexplicable y, precisamente por eso, merece ser amado.

Su poesía no resuelve el misterio de existir; lo vuelve más habitable.

No da respuestas definitivas, pero nos enseña a mirar con una mezcla de asombro y desconfianza, que quizá sea la forma más honesta de estar vivos.

Y ahí reside su milagro: en recordarnos que no hace falta elevar la voz para cambiar la manera en que entendemos la vida.

A veces basta una frase exacta, una imagen sencilla, una ironía suave, para que todo el edificio de nuestras certezas tiemble un poco.

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