.la preparación es todo

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“El Libro de la Vida comienza
con un hombre y una mujer
en un Jardín”.
(Oscar Wilde)

LA PREPARACION ES TODO
Si no empezamos con un buen sustrato,
nuestro cultivo no prosperará.

COMO me crié en el Upper West Side de la ciudad de Nueva York (en una especie de conventillo), no tuve una relación fuerte con la naturaleza.
En días especiales, mi madre nos arropaba bien a mis hermanos y a mí y nos llevaba alegremente a Riverside Drive, un parque rodeado por la autopista West Side y el río Hudson.
Allí, pasábamos con cautela junto a los vagabundos dormidos y las botellas vacías de vino Thunderbird para instalarnos en un sitio acogedor junto a la orilla del por entonces muy contaminado río Hudson.
Con el fervor propio de los niños, cavábamos la tierra durante horas, amontonando lombrices desafortunadas a las que sometíamos a crueles operaciones quirúrgicas.
Nunca dejaba de sorprenderme el que pudiera cortar esas lombrices en partes pequeñas y que continuaran retorciéndose con vida.
Mis hermanos me decían que era porque tenía dieciséis corazones, uno en cada sección de sus pequeños cuerpos.
Todavía ignoro si eso es cierto… pero en ese entonces creía todo lo que ellos decían. Los experimentos con lombrices en Riverside Drive constituyeron el contacto más cercano con la naturaleza que mis padres pudieron proporcionarme durante mi infancia.
Mis padres tenían cosas más importantes en mente. Inmigrantes de la ex Yugoeslavia, estaban bastante ocupados consiguiendo unos pocos dólares para la comida siguiente, deduciendo cómo enviar a su prole precoz a escuelas privadas sin desembolsar los ingresos de todo un año y protegiéndonos de la atemorizante población que se congregaba alrededor de la licorería de la planta baja.
De manera que cuando crecí y finalmente compré mi pequeña media hectárea en los suburbios, me encontré en un aprieto.
Cuando buscaba una casa para comprar, sabía que un huerto sería uno de mis esfuerzos para establecer un vínculo con el cosmos. Por lo tanto, el espacio y el sol eran una prioridad.
Después de desempacar todo lo demás, compré una pala, un libro de horticultura, un par de guantes y me encaminé al sitio más soleado que pude encontrar.
Allí, con mi habitual estilo de hacer lo más fácil y más rápido, di vuelta la tierra una vez, la aboné con un poco de estiércol y coloqué algunas plantas de tomates y semillas de calabacines.
Bueno, no anduvieron tan mal.
Pero por cierto no prosperaron.
Los tomates adquirieron un tamaño decente y maduraron lo bastante para que yo preparara un poco de salsa.
Pero sin duda no fué una cosecha abundante que me obligara a abrir un puesto junto a la carretera para deshacerme del excedente.
Los calabacines marcharon asimismo bastante bien. Al principio, eran un espectáculo. Las grandes y comestibles flores amarillas captaron la atención de todas las avispas y abejorros en un radio de tres kilómetros. Pero la cosecha resultó una decepción. Las flores comenzaron a marchitarse y luego los frutos no prendieron bien. Crecieron unos pocos centímetros y se pudrieron en la planta. En ese entonces, yo ignoraba que todo el mundo (salvo yo) sabe cómo cultivar calabacines. Y los rumores que oía acerca de horticult ores que tenían cosechas tan abundantes que por las noches dejaban calabazas gigantescas en los porches traseros de sus vecinos no era una suerte que me estaba destinada.
De modo que, después de mi primera temporada en el huerto, hice los deberes. Hablé con todos los agricultores locales que podían asesorarme. Los torturé para sacarles información. Lo que averigué fué en verdad bastante simple. Si no se comienza con un buen sustrato, las plantas no prosperarán.
Pronto descubrí a un exitoso productor de tomates, Tom Hanson, cuya granja quedaba a unos dieciséis kilómetros de mi casa. Muchos sábados, en el verano, me levantaba a las seis de la mañana y examinaba mi huerto con ansiedad. Algo estaba comiéndose mis tomates; no crecían de forma saludable. Las cebollas no habían prendido. Las calabazas amarillas progresaban a paso de tortuga.
Cansada de mis aparentes fracasos, juntaba mi lastimosa cosecha en una bolsa de plástico, la arrojaba sobre la bicicleta y pedaleaba colina arriba hacia la granja de Hanson. En tanto me acercaba a la cima, el silencio y la belleza del camino vecinal me embargaban. Cuando más ascendía, más alcanzaba a contemplar la hermosa granja cubierta de verdor.
Jadeando por el esfuerzo, me acercaba tambaleando al primero puesto. Mientras yo bebía agua a grandes sorbos, Tom examinaba las muestras que yo le llevaba y me reconfortaba acerca de mis ineficaces intentos de cultivar la tierra. Fue él quien me alentó a analizar el suelo: ¿Era demasiado ácido o demasiado alcalino?. (Tom suponía que demasiado ácido considerando mi zona). También me aconsejó que cavara más profundo, que diera vuelta la tierra como era debido y la estudiara. Me convenció de que averiguara lo que el suelo necesitaba, que le agregara cal y lo enriqueciera regularmente con nutrientes, que restituyera lo que la naturaleza se había llevado a través del viento, el invierno y el agua.
Y, créase o no, al año siguiente fui la vecina desesperada, ansiosa por compartir mi premio con cualquiera que no se escondiera al verme llegar con los enormes calabacines verdes y amarillos bajo el brazo.
Pero fué una lección personal bastante inquietante. Pensé, y hasta el día de hoy lo hago, en cómo la preparación, o con más frecuencia la falta de ella, ha incidido en mi vida. En cuántas ocasiones mis intentos de relaciones afectivas, laborales o de recreación se han visto perjudicados a causa de mi enfoque superficial. Y qué gratificante y productivo ha sido cuando decidí invertir mi tiempo, energía y amor en las cosas que me importan.
Formar un sustrato sólido es una tarea difícil. Y todavía recurro a mi huerto cuando olvido la lección. Tantas veces he culpado a mis supuestas parejas para toda la vida por no ser perfectos cuando de hecho he sido yo quien no se ha comprometido, quién no se ha tomado el tiempo de llegar a conocerlos bien antes de imponer grandes exigencias a la relación. Confío en mis expectativas y sueños para que proporcionen el sustrato sobre el cual construír mis objetivos. Luego, por supuesto, me desilusiono cuando no cosecho al instante la relación perfecta.
Por otro lado, las instancias de amor, sexo e intimidad más fructíferas que he experimentado las coseché después de aprender lo que mi pareja necesitaba, después de cavar muy hondo dentro de él y de mí para sacar a la superficie los aspectos más ricos de ambos. Y cuando hubo un déficit de alguna clase, agregué amor, apoyo y aliento en vez de concentrarme en el resultado que yo deseaba. Ahora bien, A veces, hiciera lo que hiciera, la semilla era mala. Pero casi siempre, la creación resultante floreció sin esfuerzo, destelló con vida y fué tan fuerte como lo permitió esa estación.
Concentrémonos en cómo contribuir mejor al presente manteniendo nuestro sustrato fuerte y, a la larga, el futuro prosperará.

El Jardin de la Vida- Vivian Elizabeth Glyck-“Doce Lecciones que aprendi de las Plantas”

 

 

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2 pensamientos en “.la preparación es todo

  1. Mucha verdad encierran los párrafos anteriores, y difícil de llevar a cabo el certero mensaje, porque nos puede “la inmediatez”. Con todo, para mí, agricultor de familia y jardinero de profesión, me resulta más fácil hacer un buen sustrato para el jardín, porque la Naturaleza “se deja” y, además es muy agradecida. Las personas, lo complicamos todo, quizás más de la cuenta.
    Un abrazo
    Ramón

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    • La unión o conexión con la tierra, es necesaria. Vivir en la ciudad nos lleva a un stress, que a veces nos impide hacer esa pausa y dejarnos fluir.
      Si observáramos atentamente los ciclos naturales, nos volveríamos un poco más sabios y felices.
      Un abrazo

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