.eliminemos los parásitos

Scroll down to content

Imagen

flor colombiana

“El edén es esa casa antigua
en la que habitamos todos los días
desconociendo nuestra morada
hasta nuestra partida”.
(Emily Dickinson)

ELIMINEMOS LOS PARÁSITOS

A muchos especímenes les gusta vivir
a costa de nuestras plantas, incluyendo
las bacterias, los insectos, los pájaros y
los conejos. Si no los controlamos,
cosechas enteras podrían arruinarse.
En poco tiempo, el resultado
de un cultivo cuidadoso,
en nuestro huerto y en nuestra vida,
puede perderse a manos de predadores.
LOS calurosos días de verano son una verdadera dicha para mi huerto. por más deficiente que haya sido como horticultura esa temporada, llega un momento en que todo parece florecer. Me abro paso con dificultad entre la exuberancia de las plantas de tomates que me hacen cosquillas en la cintura, camino con cautela sobre las enormes hojas de los pepinos que han crecido lo suficiente para proteger al fruto de los intensos rayos solares y me inclino para inspeccionar las diversas variedades de pimientos que crecen con vigor.
Un día, no hace mucho tiempo, llegué a casa del trabajo, me bajé del auto y me encaminé directamente al auto. Me enfrenté al horror de un día soleado con el que todo horticultor se ha topado en alguna ocasión. Allí, frente a mí, yacía la desolación de mis esfuerzos. Todas las cabezas de la lechuga habían desaparecido, comidas hasta el suelo. Varios pimientos yacían a medio comer en la tierra y al menos cinco de mis tomates más grandes y jugosos, todavía en la planta, pendían mortalmente heridos, sangrando semillas y jugo de sus tallos otrora firmes.
No creo que exista un sentimiento más enloquecedor, desesperante y de impotencia.
Gran parte de mis afanes del verano habían sido devastados en un solo día por algún merodeador anónimo y desconocido que había deambulado por mi huerto en busca de un bocado vespertino.
Al día siguiente, levanté la cerca. Instalada a sesenta centímetros bajo tierra y a un metro por encima, mi nueva cerca constituía mi declaración al reino animal de que tenía intenciones de proteger mis bienes. Eso pareció contener a los comedores de lechuga, pero los tomates siguieron apareciendo parcialmente comidos y dañados sin remedio.
Más frustrada que nunca, monté guardia junto a mi ventana, esperando el arribo del enemigo. Poco rato después, apareció un grupo de cuervos de la vecindad, ojeando mis tomates como una pandilla siniestra que no estaba dispuesta a aceptar un “no” como respuesta. Por supuesto, salí por la puerta hecha una furia y los dispersé en todas las direcciones. Fué entonces que recurrí al espantapájaros, el tejido de malla y al brillante globo tuerto amarillo que pareció resolver el problema con los pájaros.
Pero los pájaros y los conejos no son nada en comparación con los predadores y los parásitos con que nos topamos día a día. Gastamos incontables dólares en elaborados sistemas de seguridad personales y domésticos y en cercas para que nos mantengan a salvo de los peligros externos. Rara vez nos damos cuenta de que los verdaderos peligros suelen residir en nuestro propio interior. Son los demonios, adicciones y obsesiones internos que florecen dentro de muchos de nosotros y nos despojan de nuestra naturaleza esencial y de la riqueza interior que tanto nos ha costado adquirir.
La nuestra es una sociedad adictiva y muchas veces caemos presas de las bestias que habitan nuestra psique. En la categoría de las drogas, los antidepresivos ocupan el tercer lugar de todas las recetas prescritas; en nuestro país, se gastan en ellos casi tres mil millones de dólares por año. Eso significa que muchos de nosotros luchamos con nuestra oscuridad interna. Yo fuí testigo cómo mi padre, un hombre brillante, apasionado, y amante de la vida, era destruído por el alcohol y los barbitúricos. Como tantos de nosotros, se enfrentó a un inmenso vacío interno, producto de la desconfianza de sí mismo y de su falta de autoestima, que trató desesperadamente de llenar. Tal vez esté siendo demasiado simplista, pero creo que nunca comprendió que encerrándose en el amor que tenía tan a su alcance, podía construir una fortaleza a su alrededor de él que le permitiría rescatar su salud física y mental. Fué muy irónico que hubiera invertido tanto en su educación y crecimiento y que permitiera que sus predadores le arrebataran sus posesiones más preciadas.
Tal vez la experiencia con mi padre fué lo que me predispuso a enamorarme de los hombres por su “potencial”. No puedo evitar menear la cabeza ante la pérdida literal de espíritu y vida que he presenciado cuando las personas que amo parecen no poder eliminar los parásitos de sus vidas. Por más amables, gentiles e inteligentes que sean, sus esfuerzos por cultivar su carácter se pierden a manos del voraz apetito de sus dependencias.
La Biblia dice que fuimos expulsados del Jardín del Edén cuando perdimos nuestra inocencia. Creo que la pérdida de la inocencia que acontece a edad tan temprana en nuestra vida, la pérdida del éxtasis, es lo que intentamos reemplazar con tanta desesperación. Cuando perdemos esa capacidad infantil de reír a carcajadas o aprendemos a sentirnos cohibidos por nuestra apariencia, es por nuestro ego y nuestra vulnerabilidad se han instalado allí donde otrora vivían la observación pura y la ingenuidad. Esta pérdida de la inocencia nos deja expuestos e indefensos (recuerden cómo Adán y Eva tomaron súbita conciencia de su desnudez) y establece la paradoja de las fuerzas en nuestro interior con las que nos debatiremos a lo largo de la vida.
Me gusta pensar que si logramos fortalecer a nuestros hijos con un poderoso sentido de sí mismos y una buena dosis de amor incondicional; ellos erigirán sus propias defensas cuando las toxinas amenacen sus fuerzas vitales. Mientras tanto, depende de nosotros como individuos para que nos conserven a resguardo de las sustancias tóxicas que nos rodean todos los días.
Examinemos nuestra vida y detectemos qué relaciones, sustancias y emociones tóxicas están alimentándose de nuestra energía y arrebatando lo nuestro para sarlo a otros. Eliminémoslas.

El Jardin de la Vida- Vivian Elizabeth Glyck-“Doce Lecciones que aprendi de las Plantas”

 

Imagen

bello honguito colombiano

Anuncios

4 Replies to “.eliminemos los parásitos”

  1. Interesante, muy interesante tema, nuestro interior profundo y complejo con ángeles de luz y demonios oscuros; protejamos en el fanal la luz que los espanta. Te mando esta entrada, parece que he aprendido algo. http://enlasdosmanosdedios.wordpress.com/2014/05/15/la-luz/

    Preciosa canción mezcla de ensoñación y melancolía, morriña, saudade, dirían los del Brasil….

    “Mientras salgo
    a caminar bajo la lluvia
    una vez más
    como si el agua borrara
    y yo naciera
    una vez más..”

    Muy hermosa, te encanta.
    Un abrazo
    Ramón

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: