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apreciemos el crecimiento invernal

“En el corazón del invierno,
finalmente aprendí que dentro de mí
residía un verano invencible”.

(Albert Camus)
APRECIEMOS EL CRECIMIENTO INVERNAL

Aunque parezca que nada crece en el invierno,
la tierra está de hecho recobrando su energía,
descomponiendo cultivos y materia orgánica
para la próxima temporada. De modo que el
invierno es un tiempo especial para el crecimiento
y la nutrición interiores que nos permitirán florecer
renovados para la actividad de los días más cálidos.
LA PRIMERA HELADA del otoño nos lleva una cierta melancolía.
Si bien hay mucho para cosechar, han quedado atrás los días de rápido crecimiento de la mayoría de los cultivos sensibles al frío. Los productores de todo tipo salen a los campos y regresan cargados de albahaca, tomates, habas, maíz y calabacines. Los días más cortos y frescos advierten a nuestro cuerpo de un cambio inminente.
El advenimiento final del invierno trae consigo un crecimiento lento y contemplativo para las plantas. Las hortalizas perennes pierden gran parte de su follaje superior y muchos vegetales quedan en estado latente. En algunos climas, las plantas siguen creciendo bajo tierra. Desarrollan rizomas, combinaciones de raíces y brotes que crecen justo debajo de la superficie. Es una época de tensión y de prueba que excluye a los débiles y permite sobrevivir a las más fuertes.
Ante la falta de opciones, las plantas deben crecer internamente, produciendo en última instancia pequeños brotes que permanecen cobijados bajo la corteza de las ramas, esperando el sol. En lo profundo de la tierra, las lombrices y bacterias crean materia orgánica para el ciclo entrante a partir de los restos de los cultivos del año anterior.
Antes de dedicarme a la horticultura, era incapaz de apreciar este período de transición que nos concede la naturaleza. Bregaba invierno tras invierno, extrañando el sol y el calor con desesperación.
Luego, hace varios años, en el otoño, enfermé gravemente de un virus que ningún médico podía identificar con precisión. Se me entumeció la pierna izquierda, mi vejiga dejó de funcionar y desarrollé un síntoma en la médula espinal típico de las esclerosis múltiple. Me dijeron que podía ser cualquier cosa desde esclerosis múltiple a lupus o cáncer, pero finalmente todas esas posibilidades fueron descartadas. Todo eso ocurrió durante la incertidumbre y el consiguiente final de una relación en la que estaba involucrada. La enfermedad y la pérdida estremecían mi alma.
Los síntomas persistieron más de ocho meses, durante uno de los inviernos más crudos en la historia del nordeste. Siempre había gozado de gran salud, vigor y energía. Sentía como si mi Dios de la buena salud y la invencibilidad me hubiera traicionado.
Privada de otra línea de acción a través de la medicina occidental, me volqué a mi interior en busca de curación y comencé a meditar. En la oscuridad del atardecer, regresaba a casa a través de los montículos de nieve, adoptaba mi posición para meditar en el piso de madera dura de mi sala de estar y me cubrí con una frazada. Durante los primeros meses, cada vez que meditaba, rompía a llorar. Los sollozos brotaban con violencia de alguna fuente cuya existencia yo desconocía. Al final de cada meditación, me sentía purificada, aliviada de algún peso que ignoraba estar acarreando. Cuando por fin dejé de sentir la necesidad de llorar durante mis meditaciones, los síntomas físicos se disiparon y con el tiempo desaparecieron.
Durante el curso de la enfermedad, estaba tan inmensa en el horror de lo que me sucedía que no fué hasta mucho después, hasta ya bien entrado el calor del verano, que pude apreciar el increíble crecimiento que había tenido lugar en mi alma. Porque durante los momentos más desdichados de ese invierno, había aprendido a buscar mi crecimiento espiritual y mi bienestar en lo más profundo de mi ser.
Como las plantas en mi huerto, no tuve más alternativa que realizar un trabajo interior. Me enfrenté a la pregunta esencial en cuanto a si tenía lo que necesitaba para sobrevivir. Por medio de la enfermedad, había hallado mi esencia. A través de mis meditaciones sollozantes, me había librado de las emociones que enturbiaban mi intuición.
Y cuando el sol por fin volvió a brillar sobre mi alma, cuando pude permitirme volver a exponer el amor, la sexualidad, la pasión y la gracia, descubrí que había emergido con una capacidad de recuperación como nunca antes. El invierno de mi alma me ayudó a encontrar mi espíritu y, así, florecí para convertirme en una segura e intuitiva capitana de mi propio destino. He aprendido que nunca necesito buscar fuera de mi las respuestas fundamentales.
De la misma manera que en mi huerto, cuando parece imposible que algo pueda crecer y resurgir después de la devastación del invierno, aparecen de improviso las frutillas, renovadas por una larga reacumulación de energía, más prósperas que nunca con sus hermosas flores blancas. Así también reemergí yo, esplendorosa, con más para dar de lo que nunca habría podido imaginar.
Por lo general, el crecimiento máximo ocurre en las circunstancias más duras.
Ahondemos en lo más profundo de nuestro ser para aprender las lecciones de los tiempos más fríos y dolorosos, puesto que en ellos yace nuestro mayor potencial para la transformación…
El Jardin de la Vida- Vivian Elizabeth Glyck-“Doce Lecciones que aprendi de las Plantas”

 

 

“Rosie’s Lullaby”

She walked by the ocean,
And waited for a star,
To carry her away.

Feelin’ so small,
At the bottom of the world,
Lookin’ up to God.

She tries to take deep breaths,
To smell the salty sea,
As it moves over her feet.

The water pulls so strong,
And no-one is around,
And the moon is looking down.

Sayin’,
Rosie – come with me,
Close your eyes – and dream.

The big ships are rollin’,
And lightin’ up the night,
And she calls out, but they just her pass by.

The waves are crashin’,
But not making a sound,
Just mouthing along.

Sayin’,
Rosie – come with me,
Close your eyes and dream,
Close your eyes and dream,
Close your eyes and dream.

– Norah Jones

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