.éramos unos niños-Patti Smith-8-último

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“…Nueva York era una urbe auténtica, furtiva y sexual. Grupos de exaltados marineros que buscaban acción en la calle Cuarenta y dos, repleta de cines X, mujeres descaradas, rutilantes tiendas de recuerdos y vendedores de perritos calientes, me daban topetazos al pasar. Yo deambulaba por los bingos y miraba a través de las grandes cristaleras del espléndido Grant’s Raw Bar, lleno de hombres con abrigos negros que se servían montones de ostras frescas. Los rascacielos eran hermosos. No parecían meros edificios empresariales. Eran monumentos al espíritu arrogante pero filantrópico de Estados Unidos. El carácter de cada manzana era vigorizante y se podía percibir el devenir de la historia. El Viejo Mundo y el emergente plasmados en el ladrillo y el mortero de artesanos y arquitectos. Caminaba durante horas de parque en parque. En Washington Square aún percibía los personajes de Henry James y la presencia del propio autor. Al entrar en el perímetro del arco blanco, oía bongos y guitarras acústicas, canciones de protesta y discusiones políticas, activistas repartiendo octavillas, jóvenes desafiando a jugadores de ajedrez ya maduros. Aquel ambiente de apertura era algo que nunca había experimentado, una libertad llana que no parecía oprimir a nadie. Estaba agotada y hambrienta y llevaba mis pocos efectos personales envueltos en una tela, como los vagabundos, un hatillo sin palo; mi maleta escondida en Brooklyn. Era domingo y descansé de mi búsqueda de empleo. Había pasado la noche en el metro, yendo y viniendo de Coney Island, echando cabezadas cuando podía. Me apeé en la estación de Washington Square y caminé por la Sexta Avenida. Me detuve cerca de Houston Street para ver cómo jugaban los chicos a baloncesto. Fue allí donde conocí a Saint, mi guía, un cherokee negro con un pie en la calle y otro en la Vía Láctea. Apareció de repente, como a veces se encuentran los vagabundos. Lo examiné con rapidez, por dentro y por fuera, y vi que era de fiar. Me pareció natural hablar con él, aunque no tuviera por costumbre hablar con desconocidos. -Oye, hermana. ¿Cuál es tu situación? -¿En la tierra o en el universo? Él se rió y dijo: -¡Vale! Lo observé mientras miraba el cielo. Se parecía a Jimi Hendrix, alto, delgado y afable, aunque algo andrajoso. No representaba ninguna amenaza, no hizo ninguna insinuación sexual, ninguna alusión a nada físico, salvo a lo más básico. -¿Tienes hambre? -Sí. -Vamos. La calle de los cafés estaba empezando a despertar. Saint se detuvo en varios establecimientos de MacDougal Street. Saludó a los camareros, que se estaban preparando para el nuevo día. «¡Eh, Saint!», decían ellos, y él les soltaba el rollo mientras yo aguardaba a unos metros de distancia. «¿Tenéis algo para mí?», preguntaba. Los cocineros lo conocían bien y le dieron comida en bolsas de papel de estraza. Él les devolvió el favor contándoles sus viajes de Manhattan a Venus. Anduvimos hasta el parque, nos sentamos en un banco y nos repartimos su botín: una barra de pan duro y una lechuga. Me pidió que quitara las primeras hojas a la lechuga mientras él partía el pan por la mitad. Parte del corazón de la lechuga seguía crujiente -Hay agua en las hojas de lechuga -dijo-. El pan te quitará el hambre. Pusimos las mejores hojas encima del pan y comimos con gusto. -Un desayuno carcelario -dije. -Sí, pero nosotros somos libres. Y aquello lo resumió todo. Saint durmió un rato en la hierba y yo me quedé sentada en silencio, sin miedo. Cuando se despertó, buscamos por los alrededores hasta encontrar un claro en la hierba. Él cogió un palo y dibujó un mapa celeste. Me dio algunas clases sobre el lugar del hombre en el universo y, luego, sobre el universo interior. -¿Me sigues? -Son cosas normales -dije. Él se rió durante mucho rato. Nuestra tácita rutina colmó los días siguientes. Por la noche, nos separábamos. Yo lo observaba mientras se alejaba. A menudo iba descalzo, con las sandalias al hombro. Me maravillaba que alguien tuviera el valor de andar descalzo por Nueva York, incluso en verano. Cada cual se buscaba un lugar para dormir. Nunca hablábamos de dónde habíamos pasado la noche. Por la mañana, lo encontraba en el parque y recorríamos los cafés, «pillando lo básico», como decía él. Comíamos pan de pita y tallos de apio. Al tercer día, encontré dos monedas de veinticinco centavos entre la hierba del parque. Tomamos tostadas con mermelada y café, y nos partimos un huevo en el Waverly Diner. Cincuenta centavos era mucho dinero en 1967. Esa tarde, me hizo una larga recapitulación sobre el hombre y el universo. Parecía satisfecho de mí como alumna, aunque estaba más distraído que de costumbre. Venus, me había dicho, era más que una estrella. «Estoy esperando para irme a casa», dijo. Hacía buen día y nos habíamos sentado en la hierba. Supongo que me quedé dormida. Saint no estaba cuando me desperté. Había un trozo de tiza roja que él había utilizado para dibujar en la acera. Me lo metí en el bolsillo y me marché. Al día siguiente, tenía cierta esperanza de que regresara. Pero no lo hizo. Me había dado lo que necesitaba para seguir adelante. No estaba triste, porque, cada vez que pensaba en él, sonreía. Lo imaginé saltando en el techo de un furgón que surcaba el cielo rumbo su planeta elegido, que se llamaba oportunamente como la diosa del amor. Me pregunté por qué me había dedicado tanto tiempo. Me dije que se debía a que los dos llevábamos abrigos largos en julio, la fraternidad de la bohème. Mi desesperación por encontrar trabajo aumentó e inicié una segunda búsqueda por tiendas de ropa y grandes almacenes. Enseguida comprendí que no iba vestida de la forma adecuada para aquella clase de trabajo. Ni tan siquiera Capezio’s, una tienda de ropa de danza clásica, e aceptó, aunque yo había cultivado una imagen convincente de bailarina de conjunto beat. Recorrí la calle Sesenta y Lexington Avenue y, como último recurso, dejé una solicitud en Alexander’s, pese a saber que, en realidad, jamás trabajaría allí. Luego me dirigí al centro, absorta en mis circunstancias. Era viernes, 21 de julio, y, sin esperármelo, me tropecé con un espectáculo desgarrador. John Coltrane, el hombre que nos regaló A Love Supreme, había muerto. Montones de personas se habían reunido frente a la iglesia de San Pedro para despedirse de él. Transcurrieron las horas. La gente sollozaba mientras el lamento de amor de Albert Ayler animaba el ambiente. Era como si hubiera fallecido un santo, un santo que había ofrendado música curativa pero a quien no se le había permitido curarse con ella. Junto con todos aquellos desconocidos, experimenté una profunda sensación de pérdida por un hombre a quien no había conocido salvo a través de su música. Más tarde, paseé por la Segunda Avenida, el territorio del poeta Frank O’Hara. Una luz rosa bañaba las hileras de edificios tapiados. La luz de Nueva York, la luz de los expresionistas abstractos. Pensé que a Frank le habría encantado el color del día que terminaba. De haber vivido, al vez habría escrito una elegía para John Coltrane como hizo con Billie Holiday. Estuve observando el ambiente de Saint Mark’s Place mientras anochecía. Muchachos de pelo largo con pantalones acampanados de rayas y casacas militares usadas se paseaban flanqueados por chicas vestidas con ropa india. Las calles estaba empapeladas con folletos que anunciaban la llegada de Paul Butterfield y Country Joe & The Fish. «White Rabbit» sonaba a todo volumen por las puertas abiertas del Electric Circus. El aire estaba cargado de sustancias químicas inestables, moho y el hedor terroso del hachís. Había velas encendidas y grandes lágrimas de cera resbalaban a la acera. No puedo decir que encajara, pero me sentía segura. Podía moverme con libertad. Había una comunidad errante de gente joven que dormía en los parques en tiendas de campaña improvisadas, los nuevos inmigrantes que invadían el East Village. Yo no me parecía a aquellas personas, pero, gracias al ambiente de distensión, podía pasearme entre ellas. Tenía fe. No percibía ningún peligro en Nueva York y jamás me topé con ninguno. No tenía nada que ofrecer a un ladrón y no temía a los maleantes. No era de interés para nadie y eso obró en mi favor durante las semanas de julio en que estuve vagabundeando, libre para explorar durante el día, durmiendo donde podía por la noche. Buscaba portales, vagones de metro, incluso un cementerio. Me alarmaba despertarme bajo el cielo urbano o sacudida por una mano desconocida. Hora de circular. Hora de circular. Cuando ya no podía más, regresaba a Pratt, donde a veces me tropezaba con alguien que me dejaba ducharme y pasar la noche en su casa. O, si no, dormía en el rellano cerca de una puerta conocida. No era muy divertido, pero tenía mi mantra, «Soy libre, soy libre». Aunque, al cabo de varios días, mi otro mantra, «Tengo hambre, tengo hambre», parecía desbancarlo. Pero no estaba preocupada. Solo necesitaba un respiro y no iba a darme por vencida. Arrastraba mi maleta de cuadros de portal en portal, intentando no resultar demasiado inoportuna. Fue el verano en que murió Coltrane. El verano de «Crystal Ship». Los hippies alzaron sus brazos vacíos y China hizo detonar la bomba de hidrógeno. Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra en Monterey. AM radio retransmitió «Ode to Billie Joe». Hubo disturbios en Newark, Milwaukee y Detroit. Fue el verano de la película Elvira Madigan, el verano del amor. Y en aquel clima cambiante e inhóspito, un encuentro casual cambió el curso de mi vida. Fue el verano en que conocí a Robert Mapplethorpe…” -Patti Smith (“Éramos unos niños”)

Patti Smith | Dream Of Life
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