.vuelo Nocturno XI

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XI

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XI (1)

Rivière lo recibe:
—Me gastó usted una broma en su último correo. Dio media vuelta
cuando los «meteos» (1) eran buenos; pudo haber pasado. ¿Tuvo miedo?
El piloto, sorprendido, se calla. Frota, lentamente, sus manos, una contra
la otra. Luego endereza la cabeza, y mira a Rivière en la cara.
—Sí.
Rivière, en el fondo, siente piedad por este muchacho, tan valiente, que
tuvo miedo. El piloto trata de excusarse:
—No veía absolutamente nada. Ciertamente, a lo lejos… tal vez… la T. S.
H. decía… Pero mi lámpara de bordo se debilitaba, y no veía ya mis manos.
Quise encender mi lámpara de posición para distinguir por lo menos el ala,
no veía nada. Me sentía en el fondo de un gran agujero por el
que era difícil remontarse. Entonces mi motor empezó a vibrar…
—No.
—¿No?
—No. Lo hemos examinado. Está perfecto. Pero siempre se cree que un
motor vibra cuando se tiene miedo.
— ¡Quién no hubiese tenido miedo! Las montañas me dominaban. Cuando
quise tomar altura, encontré fuertes remolinos. Usted sabe, cuando no se ve
ni pizca… los remolinos… En lugar de remontar, perdí cien metros. Ni
siquiera veía el giróscopo; ni tampoco los manómetros. Parecióme que el
motor disminuía de régimen, que se calentaba, que la presión de aceite
menguaba… Todo eso en la oscuridad, como una enfermedad. Me alegró
mucho el ver de nuevo una ciudad iluminada.
—Tiene usted demasiada imaginación. Retírese.
El piloto sale.
Rivière se hunde en su sillón y pasa la mano por sus cabellos grises.
«Es el más valiente de mis hombres. Lo que logró en esa noche es muy
hermoso, pero yo lo libero del miedo…»
Luego, como le volviese una tentación de debilidad:
«Para hacerse amar, basta compadecer. Yo no compadezco nunca, o lo
oculto. Me gustaría mucho, no obstante, rodearme de amistad y de ternura
humana. Un médico, en su profesión, las encuentra. Pero es a los
acontecimientos a quien sirvo. Es preciso que forje a los hombres para que
los sirvan. ¡Qué bien siento esa ley oscura, durante la noche, en mi oficina,
ante las hojas de ruta! Si me dejo ir, si dejo que los acontecimientos sigan su
curso, entonces nacen misteriosamente los accidentes. Como si únicamente
mi voluntad impidiera al avión estrellarse en pleno vuelo, o, a la tempestad,
retrasar el correo en marcha. Me sorprendo, a veces, de mi poder.»
Reflexionó aún:
«Es claro, tal vez. Es corno la lucha perpetua del jardinero sobre su
césped. El peso de su simple mano rechaza el bosque primitivo, que aquélla
prepara eternamente.»
Pensó en el piloto:
«Yo lo salvo del miedo. No es a él a quien atacaba, es, a través de él, a esa
resistencia que paraliza a los hombres ante lo desconocido. Si lo escucho, si
lo compadezco, si tomo en serio su aventura, creerá volver del país del
misterio, y sólo del misterio se tiene miedo. Es preciso que no haya más
misterios. Es preciso que los hombres desciendan a ese pozo oscuro y, al
remontarlo, digan que no han encontrado nada. Es preciso que ese hombre
descienda al más íntimo corazón de la noche, en su espesura, sin siquiera esa
pequeña lámpara de minero, que no alumbra más que las manos o el ala,
pero que aparta lo desconocido a una braza de distancia.»
No obstante, en esa lucha, una silenciosa fraternidad ligaba, en el fondo, a
Rivière con sus pilotos. Se trataba de hombres de la misma contextura, que
sentían el mismo deseo de vencer. Pero Rivière se acuerda de las otras
batallas que ha librado para la conquista de la noche.
Se temía, en los círculos oficiales, como a una maleza inexplorada, aquel
territorio umbrío. Lanzar una tripulación, a doscientos kilómetros por hora,
hacia las tormentas, las brumas y los obstáculos materiales que la noche
contiene sin mostrarlos, les parecía una aventura tolerable para la aviación
militar; se abandona un territorio en noche clara, se bombardea, se vuelve al
mismo terreno. Pero los servicios regulares fracasarían en la noche. «Para
nosotros —había replicado Rivière— es una cuestión de vida o muerte,
puesto que perdemos, por la noche, el avance ganado, durante el día, sobre
los ferrocarriles y navios.»
Con tedio, había oído hablar Rivière de estadísticas, de seguros, y, sobre
todo, de opinión pública: «¡A la opinión pública —replicaba— se la
gobierna!» Pensaba: «¡Cuánto tiempo perdido! Hay algo…, algo que
aventaja a todo eso. Lo que vive, lo atropella todo para vivir, y crea sus propias
leyes, para vivir. Es irresistible.» Rivière no sabía cuándo ni cómo la
aviación comercial abordaría los vuelos nocturnos, pero era preciso preparar
esa solución inevitable.
Rememora los tapices verdes ante los cuales, con la barba sobre el puño,
había escuchado, con una extraña conciencia de fuerza, tantas objeciones. Le
parecían vanas, condenadas de antemano
por la vida. Y sentía su propia fuerza, recogida en él como un peso: «Mis
razones pesan; venceré —pensaba Rivière—. Es la inclinación natural de los
acontecimientos.» Cuando se le reclamaban soluciones perfectas, que
descartasen todos los peligros: «La experiencia es quien nos dará las leyes
—respondía—; el conocimiento de las leyes no precede jamás a la
experiencia.»
Después de un largo año de lucha, Rivière había vencido. Unos decían
«debido a su fe», los otros «debido a su tenacidad, a su potencia de oso en
marcha», pero, según él, simplemente, porque gravitaba en la buena
dirección.
Pero, ¡cuántas precauciones en los comienzos! Los aviones no despegaban
más que una hora antes de despuntar el día, no aterrizaban más que una hora
después de la puesta del sol. Cuando Rivière se juzgó muy seguro de su
experiencia, únicamente entonces, se atrevió a enviar los correos a las
profundidades de la noche. Apenas seguido, casi desautorizado, dirigía ahora
una lucha solitaria.
Rivière llama para conocer los últimos mensajes de los aviones en vuelo.

-Antoine de Saint-Exupéry

(1) Abreviación francesa de «partes meteorológicos». (Nota del
Traductor.)

 

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