.olfato: el sentido mudo

olfato-el sentido mudo

“El olfato es un hechicero poderoso que nos transporta miles de kilómetros y hacia todos los años que hayamos vivido. Los olores de las frutas me llevan de golpe a mi casa en el sur, a mis juegos infantiles en el huerto de los melocotoneros. Otros olores, instantáneos y fugaces, hacen que mi corazón se dilate de alegría o se contraiga con  el recuerdo de un dolor. Con sólo pensar en olores, mi nariz se llena de aromas que despiertan dulces recuerdos de veranos antiguos y campos maduros a lo lejos “. -Helen Keller

.olfato: el sentido mudo

“Nada más memorable que un olor.

Puede ser inesperado, momentáneo y fugaz, y aún así evocar un verano de la infancia junto a un lago en Poconos, cuando los arbustos de fresas silvestres estaban cargados de bolitas suculentas, y el sexo opuesto eran tan misterioso como los viajes al espacio; otro olor nos trae horas de pasión en una playa iluminada por la luna en Florida, mientras el cactus que florece de noche llenaba el aire con un perfume denso, y enormes moscardones rondaban las flores con un grave zumbido de alas; un tercer olor evoca una cena familiar con carne al horno, pastas y patatas, en un agosto caluroso en una ciudad del Medio Oeste, cuando los padres de una aún vivían.

Los olores detonan suavemente en nuestra memoria como minas, ocultos bajo la hierba de muchos años y experiencias.

Pero basta tropezar con un invisible cable de olor, y los recuerdos explotan al instante.

Una visión compleja surge arrolladora de bajo tierra y nos da en la cara.

En todas las culturas ha habido siempre obsesionada con los olores, gente que en ocasiones ha vertido perfumes en los Niágaras de la extravagancia. La Ruta de la Seda abrió el Oriente al mundo occidental, pero el camino de los aromas abrió el corazón de la naturaleza.

Nuestros antepasados más remotos se desplazaron entre los frutos de la tierra con narices vigilantes y precisas, siguiendo las estaciones olor por olor, muy a gusto en esa alacena desbordante.

Podemos detectar más de diez mil olores diferentes; tantos, en realidad, que la memoria nos fallaría si tratáramos de catalogar todo lo que representan.

En El perro de los Baskerville, Sherlock Holmes identifica a la mujer por el olor de su papel de cartas, y hacer notar que “hay setenta y cinco perfumes que un experto criminalista debe poder distinguir con claridad si quiere hacer bien su trabajo”.

La cantidad no es grande.

Después de todo, cualquiera con “nariz” para el crimen debería poder olfatear a los culpables por su tweed, su tinte de cabello, su talco, el cuero de sus zapatos italianos, y otros innumerables elementos aromáticos, por no mencionar los olores, radiantes y sin nombre, que desciframos sin saberlo siquiera.

El cerebro es un buen operario.

Sigue su trabajo mientras nosotros estamos ocupados en actuar.

Aunque cualquiera juraría que no es posible hacer tal cosa, hay estudios que demuestran que tanto niños como adultos pueden determinar, sólo por el olor, si una prenda de vestir ha sido usada por un hombre o una mujer.

Nuestro sentido del olfato puede tener una precisión extravagante, pero es casi imposible describir cómo huele algo a alguien que no lo ha olido.

El olor de las páginas de un libro nuevo, por ejemplo, o el de las primeras páginas salidas de mimeógrafo húmedas aún de tinta, o las sutiles diferencias de olores entre flores de una misma familia.

El olor es el sentido mudo, el que no tiene palabras.

A falta de vocabulario, nos quedamos con la lengua paralizada, en busca de palabras en un mar de placer y exaltación desarticulados.

Vemos sólo cuando hay luz suficiente, gustamos cuando nos ponemos cosas en la boca, tocamos cuando hacemos contacto con algo o alguien, oímos sólo los sonidos que sobrepasan cierto umbral de volumen.

Pero olemos siempre, cada vez que respiramos.

Nos cubrimos los ojos y dejamos de ver, nos tapamos las orejas y dejamos de oír, pero si nos tapamos la nariz y tratamos de dejar de oler, nos morimos.

Etimológicamente hablando, el aliento no es neutral y transparente: es aire de cocina; vivimos en un constante hervor a fuego lento.

Hay un horno en nuestras células, y cuando respiramos pasamos el mundo a través de nuestros cuerpos, lo cocinamos ligeramente, y volvemos a soltarlo, levemente alterado por habernos conocido. .un mapa del olfato

El aliento síempre tiene dos movimientos, salvo en dos ocasiones de nuestra vida: el comienzo y el fin. Al nacer, inhalamos por primera vez; al morir, exhalamos por última vez.

Entre medio, a lo largo de toda la vida, cada acto de respiración hace pasar el aire por nuestros órganos olfativos.

Cada día, respiramos unas veintitrés mil cuarenta veces y movemos doce metros cúbicos de aire.

Tardamos unos cinco segundos en respirar -dos segundos para inhalar y tres para exhalar- y, en ese lapso, las moléculas de olor fluyen por nuestros sistemas.

Al inhalar y exhalar, sentimos olores.

Aún así, cuando tratamos de describir un olor, nos faltan las palabras. Las palabras son pequeñas formas en el lujurioso caos del mundo.

Pero son formas, enfocan el mundo, acotan ideas, enfilan pensamientos, pintan las acuarelas de la percepción.

La novela A sangre fría, de Truman Capote, es la crónica de la miseria de dos asesinos que cometieron juntos un crimen especialmente horrible.

Un psicólogo criminalista, tratando de explicar el hecho, observó que ninguno de ellos habría sido capaz de realizar el crimen por sí sólo, pero juntos formaban una tercera persona, alguien que sí era capaz de matar.

Pienso en las metáforas como un caso más benigno pero igualmente poderoso de lo que los químicos llaman “hypergolic”.

Se pueden tomar dos sustancias, reunirlas, y producir algo poderosamente diferente (sal de mesa), a veces hasta explosivo (nitroglicerina).

El encanto del lenguaje reside en que, aún siendo algo hecho por el hombre, en algunas raras ocasiones puede capturar emociones y sensaciones que no existen.

Pero los lazos fisiológicos entre el olfato y los centros del lenguaje en el cerebro son patéticamente débiles.

No sucede lo mismo con los lazos entre el olfato y el centro de la memoria, un camino que puede llevarnos muy lejos en el tiempo y la distancia.

O los lazos entre nuestros otros sentidos y el lenguaje.

Cuando vemos algo, podemos describirlo con minucioso detalle, en una cascada de imágenes.

Podemos arrastrarnos por su superficie como una hormiga, trazando el mapa de cada rasgo, sintiendo cada textura, y describiéndola con adjetivos visuales como roja, azul, brillante, grande, etcétera.

Pero ¿quién puede describir un olor?

Cuando utilizamos palabras como ahumado, sulfuroso, floral, frutal, dulce, estamos describiendo olores en términos de otras cosas (el humo, el azufre, las flores, las frutas, el azúcar).

Los olores pueden ser nuestros amigos más queridos, pero no podemos recordar sus nombres. En lugar de eso, tendemos a describir cómo nos hacen sentir.

Y así calificamos los olores de “inmundo”, “asfixiante”, “nauseabundo”, “agradable”, “delicioso”, “hipnótico” ó “excitante”.

Mi madre me contó una vez un paseo que dió con mi padre por los naranjales de Indian River, en Florida, cuando los árboles estaban llenos de flores, y el aire, cargado de perfume.

Mi madre se sintió abrumada de placer. “¿A qué olía?”, le pregunté. “Oh, era algo delicioso, un olor que te embriagaba”. “Si, pero ¿a qué olía ese olor?”, volví a preguntar. “¿A naranja?”

En ese caso, yo habría podido comprarle a mi madre un frasco de agua de colonia, hecha de neroli (aceite de naranjas), bergamota (extracto de cáscaras de ese fruto) y otros ingredientes.

Ese perfume fué creado en el siglo en el siglo XVIII, y era el favorito de Madame du Barry. (Aunque es probable que el uso del neroli como perfume se remonte a la época de las Sabinas). “Oh, no”, me respondió con seguridad, “no tiene nada que ver con las naranjas. Es un olor delicioso. Es un olor maravilloso”. “Descríbelo”, le rogué.

Ella se limitó a levantar las manos en un gesto de desesperación ante mi testarudez.

Pruebe usted.

Describa el olor de su amante, de su hijo, de su padre.

O simplemente trate de describir uno de esos estereotipos aromáticos que la mayoría puede reconocer con los ojos vendados, sólo por el olor: una zapatería, una panadería, una iglesia, una carnicería, una librería.

¿Pero acaso puede describir el olor de su sillón favorito de su sótano o de su coche?

En su libro El lugar de las flores donde queda el polen, el novelista Paul West dice que “la sangre huele como el polvo”.

Una buena metáfora, cuya eficacia estriba en que es indirecta, como lo son siempre las metáforas de los olores.

Tratándose de los mapas del olfato, necesitamos cartógrafos sensuales que inventen nuevas palabras, cada una tan precisa como un mojón o un poste de dirección.

Debería haber una palabra para designar el olor que tiene la cabeza de un bebé, que huele a talco y frescura, incontaminado por la vida y la dieta.

Si todos los matices de un color tienen su nombre (pensemos en los lavandas, malvas, fucsias, ciruelas, lilas), ¿quién dará nombre a todos los tonos y matices de un olor?

Es como si nos hubieran hipnotizado en masa y nos hubieran inducido a un olvido selectivo.

También pueder que, en parte, los olores nos conmuevan tan profundamente precisamente porque no podemos pronunciar sus nombres.

En un mundo en el que reina la palabra, y hasta las maravillas más extrañas se nos ofrecen para una inmediata disección verbal, los olores suelen estar en la punta de la lengua, pero no más allá, y eso les da una suerte de distancia mágica, un misterio, un poder sin nombre, un aura sagrada.”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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