.two Worlds

two Worlds

“Puse al fuego una cacerola de frijoles rojos, eché aceite de oliva a una lechuga cortada en tiras y abrí una botella de Gatorade.
Tenía tanta hambre que comí de pie, hasta el último bocado, y dejé el plato en la pileta.
Saciada, me dediqué a revolver todo hasta que encontré lo que buscaba: una cinta de video de Orphée de Cocteau, que metí en el reproductor y adelanté hasta la escena de la muerte del joven rival de Orfeo, Cégeste, ebrio y displicente.
La detuve en una imagen del café des Poétes, me sacudí de encima el presente y me sumergí de buen grado en la acción, que iba animándose con una banda sonora de motores y bongoes.
Me apoyé en la pared frente a la salida, concentrándome en el flequillo y el sweater beat que llevaba Juliette Greco mientras Orfeo cantaba amargamente desde otro universo.
Me quedé encantada al darme cuenta de que estaba vestida exactamente igual que el poeta borracho: camisa con el cuello desabrochado, pantalones arremangados, zapatos de cuero sin medias.
Al pasar por delante de la barra me detuvo para ver mi reflejo.
Tenía el cuello manchado de la salsa de rojo oscuro de los frijoles, una combinación perfecta.
Me tomé un café y salí a la luz, intentando sustraerme, célula a célula, de la escena cada vez más inestable. No tenía ganas de volver a presenciar el indiferente asesinato de la poesía moderna.
Pensé en pasar por el Two Worlds, pero al acercarme a la fachada anodinatitubeé; había demasiada gente, en su mayoría estudiantes, Salían a la calle en tropel agitando las banderas del futuro.
Tuve la sensación de que los conocía, y al mismo tiempo de que ellos no me conocerían: era una simple intrusa que atravesaba misteriosamente el polvoriento espejo de un reino donde un transistor dicta lo sublime.
Metí la mano en el bolsillo y encontré un fajo de billetes, marcos y francos suizos.
Noté como si mi beligerancia, mi impaciencia afloraran.
Entré en una tienda y compré una Bic, un cuaderno y un pañuelo estampado Hav-A-Hank.
Me pareció que tenía una pequeña herida en el cuello y que mi camisa empezaba a estar bastante mojada. Traté de limpiar la mancha pero sólo conseguí extenderla aún más.
Un chico que vendía diarios gritaba: ‘Nieve en el desierto’.
Entré en el café inadvertida;la inexplicable herida me abrió las puertas.
Abrí el cuaderno con la intención de escribir algo en él pero en lugar de ello me puse a dibujar.
El ambiente era soportable y enseguida me enfrasqué en lo que hacía, aislándome de los susurros y las risas que suelen ponerme nerviosa.
Esbocé un escudo, lo dividí en tres rectángulos horizontales, señalando el superior con la letra A y con la O el inferior.
El rectángulo del centro era un paisaje previo donde las frases ligaban y el pasto alto.
Se me había metido en la cabeza que si las miraba detenidamente el tiempo suficiente las descifraría, dando con las palabras que revolucionarían ese lugar.
Arrodillada, levanté lo que pude mientras las briznas me causaban cortes en las piernas a través de mis pantalones deshilachados, haciendo brotar arroyos que caían del borde de la mesa al linóleo salpicado.
Rodeada de curiosos, repartí billetes de colores pastel de una cesta repleta de huevos: el botín de un conejo trastornado.
De pronto estaba cansada.
De la rocola salía una mezcla de jazz ligero y rock de garage de los años sesenta.
En la pared del fondo proyectaban Infierno en Sunset Strip y una Mimsy Farmer drogada y retorciéndose dentro de un minivestido de flores estaba a punto de ser sujetada por varios hipsters drogados.
Los Seeds impregnaban el aire. Junté mis bártulos y me fuí, dejando unas libras encima de la mesa.
El camarero salió corriendo detrás de mí.
-¿Qué es esto?- preguntó, agitando los billetes.
-Perdone- dije, tendiéndole el fajo.
Arrancó varios billetes y meneó la cabeza.
Se me ocurrió que no sabía dónde demonios me encontraba.
Todo era familiar y extraño a la vez.
Me detuve en el café Isabelle para buscar una guía telefónica.
Había varias amontonadas en una esquina.
En la pared, detrás de una especie de termo impresionante, había pegadas unas fotos de la joven aventurera con su atuendo de marinero y un traje árabe.
El chico que vendía diarios gritaba: ‘Nieve en el desierto’.
Ignorando a los mirones arranqué la imagende la joven, pero se me deshizo en la mano.
Pedí un café turco pero no me lo tomé, porque de pronto quería algo más fuerte.
Nada y todo encajaba.
Regresé al Two Worlds, aunque el interior había cambiado.
Hasta el humo de tabaco parecía diferente.
Era muy parecido al café des Poétes: revolucionarios de boquilla y portadores de féretros.
Pedí un Pernod con agua.
Ya no me importaba nada.
En la barra había sentada una Modigliani de pleo castaño recogido en un moño alto que hacía resaltar su cuello alto y pálido.
Pronunció silenciosamente la palabra “Cuánto tiempo” y caí en la cuenta que me había pasado varios días sin hablar con nadie, aparte de mozos y vendedores.
Miré mi reloj.
No le había dado cuerda. una lástima, porque no tená hora ni noción del tiempo.
“Un almuerzo tardío a base de fruta y leche”.
Había garabateado mis palabras en el interior de mi muñeca, aunque la sola idea era aborrecible.
Pedí otro Pernod con agua, pero lo que quería en realidad era acostarme. (…)
Las líneas que yo había escritotambién se multiplicaron.
No podía dominarlas y toda mi mesa vibraba sensiblemente, como si estuviera atestada de orugas recién nacidas.
Apuré la copa y pedí otra por señas.
Traté de concentrarme en un retrato que había detrás de la caja registradora metálica.
Flamenco, del siglo XV.
Lo había visto antes en alguna parte, tal vez en la sala de algún ayuntamiento.
Al verlo tuve un escalofrío seguido de una curiosa oleada de calor.
Era un tocado.
Un hábito frágil que le enmarcaba la cara como las alas de una gran polilla diáfana al plegarse.
Volqué sobre la mesa mis pertenencias: monedas extranjeras, mi fajo de billetes, una pata de conejo, una Bic y una gema dentro de un paquete amarillo.
Lo abrí con cierta dificultad. allí estaba, una vocal diminuta, primaria.
“I” Roja.
Me levanté para irme.
Los poetas me medían con la mirada.
A mis pies había un escudo del grosor de un cuaderno.
Medio burlándome de mí misma lo ofrecí.
Mientras me dirigía a la puerta tuve la sensación de que había hecho eso antes.
Una acción reflejada con un cambio de contenido: una paleta, un pincel de pelo de foca, pedazos de tiza.
Pensé en ser pintora, pero no tenía cualidades para ello.
Salí tambaleante mientras unos estudiantes tiraban de los faldones del raído frac que me había encontrado en un puesto improvisado de Camden Town donde vendían botas de segunda mano, gabanes y reliquias de la guerra.
Tras echar un vistazo a mi triste botín se dispersaron, murmurando como abejas indiscernibles.
Me asaltaron simultáneamente unas frases trilladas y la canción publicitaria de Doublemint que se repetía sin cesar.
Me apoyé unos minutos contra el ladrillo, abrumada por la repentina aparición del sol y unas apabullantes ganas de masticar chicle.
Vi que el café Dante estaba justo enfrente.
El chico que vendía diarios gritaba: ‘Uno no hace sino que nace’.
Supe dónde estaba. Un poco más allá se encontraban las verdes puertas dobles del club de armas de fuego. Ajusté los cordones de mis zapatos gastados y me embargó la ternura.
Si caminaba en línea recta saldría al ancho bulevar, de modo que doblé la esquina y me metí en un callejón estrecho.
Fué una buena decisión porque de pronto salió todo, los frijoles asomaban en un líquido verde fluorescente, como si un plomero hubiera liberado todos los venenos de una pileta tapada.
Me recobré.
De las profundidades de un bolsillo desenterré un chicle Black Jack rancio y me sentí entera otra vez.
Respiré honda al respirar la calle de los cafés en dirección de la calle de los sueños de un sólo color, y me detuve frente a una ventana abierta.
Una mujer se inclinaba sobre ropa blanca; de las horquillas se le escapaban unos mechones , y una onda suelta le caía paralela al brazo con que empujaba una pesada plancha.
De pronto me dieron ganas de liberarme de todo, de no ser nada.
Quería llorar pero no podía.
Mi aliento formaba lenguaje pero no sonido mientras los restos de oraciones que se desvanecían y de poemas que colgaban como del avión de Apollinaire atravesaban el cielo.
Soñé que era pintora, pero dejé que la imagen cayera en una vasija de pigmentos y masa de bizcocho mientras saltaba de un templo a un desguace en pos de la palabra.
Una pastora solitaria recogiendo manojos de lana arrastrados del vientre de un cordero por la mano del viento. Un nombre.
Un hombre.
“A”, roja.
“O”, azul.
Hilos que se agitaban atrapados en las espinas de una rama helada.
Corriendo sin avanzar, como un fantasma en un espacio impreciso, abrí los brazos a los árboles soberanos y me entregué a su abrazo puro y pecaminoso.”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

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