Verde noctambulo-

«Como regla general, los seres humanos tienen un fuerte olor corporal, y el antropólogo Louis S. B. Leakey piensa que nuestros antepasados más remotos quizá tenían un olor aún más fuerte, un olor que los animales depredadores encontraban lo bastante repugnante como para no acercarse.
No hace mucho, pasé algún tiempo en Texas, estudiando a los murciélagos.
Me puse un gran zorro volador indonesio sobre la cabeza para cer si se enredaba en mi pelo, como dicen que hacen los murciélagos.
No se enredó, pero empezó a toser suavemente por los olores mezclados de mi jabón, colonia, salinidad, aceites y otros olores humanos.
Cuando lo devolví a su jaula, se lavó con la lengua como un gato durante varios minutos; obviamente se sentía contaminado por el contacto humano.
Muchas plantas -como el romero o la salvia- han desarrollado un fuerte olor para repeler a los depredadores; ¿por qué no habrían de hacerlo los animales?
La naturaleza nunca deja de lado una estrategia ganadora.
Por supuesto, algunos humanos tienen olores mucho más fuertes que otros.
La sabiduría popular dice que las morenas «huelen de otro modo» que las pelirrojas, quienes, a su vez, huelen de otro modo que las rubias.
Hay tantas pruebas anecdóticas sobre la diferencia de olores entre diferentes razas -en razón de dietas, hábitos, su condición o no de pilosas- que es difícil negarla, aún cuando el tema asusta a la mayoría de los científicos, comprensiblemente temerosos de ser acusados de racismo.
No se han hecho muchas investigaciones sobre el tema de los olores nacionales y raciales.
En cualquier caso, una cultura no huele mejor o peor que otra, sólo diferente, sólo es posible que ésa sea la razón por la que términos relacionados con el olfato aparezcan con tanta frecuencia en la jerga racista.
Los asiáticos no tienen tantas glándulas apócrinas en la base de los folículos capilares como los occidentales, y por esa razón suelen percibir un olor a maduro en los europeos.
Un olor corporal es algo tan raro entre los hombres japoneses, que quien lo sufre incluso puede llegar a ser descalificado para el servicio militar.
Por eso en la vida asiática hay tantas técnicas para perfumar el cuarto y el aire, y tan pocas para perfumar el cuerpo.
Los olores ácidos son absorbidos por las grasas: si ponemos cebolla o melón en la nevera y también un bote de manteca sin tapar, la manteca absorberá el olor.
El cabello también contiene grasa, y por eso deja manchas grasosas en las almohadas y fundas.
También absorbe olores, como los del humo y la colonia.
La pilosidad de los caucásicos y negros los hace muy sudorosos comparados con los asiáticos, pero las colonias hierven en su aceite y su calidez como lámparas votivas.
El olor corporal proviene de las glándulas apócrinas, muy pequeñas cuando nacemos y de gran nacemos y de gran desarrollo durante la pubertad; abundan en nuestras axilas, rostro, pecho, genitales y ano.
Algunos investigadores han llegado a la conclusión de que una gran parte de nuestro placer de besar es, en realidad, un placer de oler y acariciar, con la nuestra, otra cara cargada de olores personales.
Entre muchas tribus muy dispersas en el planeta -en Borneo, sobre el río Gambia, en África Occidental, en Birmania, en Siberia, en la India-, la palabra usada para «beso» significa «olor»; un beso es en realidad un olfateo prolongado del ser amado, un pariente o un amigo.
Los miembros de una tribu de Nueva Guinea dicen adiós poniendo una mano en la axila del otro, apartándola y frotándose con ella; de esta forma, se recubren con el olor del amigo; en otras culturas, se huelen directamente, o se frotan directamente, o se frotan las narices para saludarse.

.la personalidad del olor
Las personas que comen carne huelen de otro modo que los vegetarianos, los niños huelen de otra forma que los adultos, los fumadores no huelen como los de los no fumadores; otros individuos huelen de forma distinta en razón de factores hereditarios, de salud, de ocupación, dieta, medicación, estado emocional, incluso humor.
Como observa Roy Bedichek en The Sense of Smell: «El olor corporal de su presa excita al predador hasta hacerle la boca agua y ponerle tensa cada fibra del cuerpo y alerta cada nervio.
Al mismo tiempo, en la nariz de la presa aparecen el miedo y el odio asociados con el olor corporal del predador.
En los niveles inferiores de la vida animal, se desarrolla un olor específico con cada humor específico, y en adelante se identifica con él».
Cada persona tiene un olor tan individual como una huella digital.
Un perro puede identificarlo con facilidad y reconocerlo aún si su portador es uno de un par de mellizos idénticos.
Hellen Keller juraba que sólo con oler a las personas podía descifrar «el trabajo que hacen. Los olores de la madera, el hierro, la pintura y los remedios quedan retenidos en la ropa de quienes trabajan con ellos. (…) Cuando una persona pasa deprisa de un lugar a otro, tengo una impresión olfativa del sitio del que proviene: la cocina, el jardín o el cuarto de un enfermo».
Para alguien de exquisita sensualidad, nada más enloquecedor que el olor almizclado del ser amado húmedo del sabor.
Pero a la mayoría de nosotros los olores naturales del cuerpo no nos resultan particularmente atractivos.
En la era isabelina, los amantes intercambiaban «manzanas de amor»: una mujer mantenía una manzana pelada en su axila hasta que se saturaba con su sudor, y se la daba a su amante para que la inhalara.
Ahora tenemos industrias enteras dedicadas a eliminar nuestros olores naturales y reemplazarlos por otros artificiales.
¿Por qué preferimos que nuestro aliento huela a menta antes que a bacterias en descomposición, que es nuestro olor «natural»?
Es cierto que un mal olor puede ser indicio de enfermedad.
Puede no atraernos alguien que desprende un olor insalubre, y un exceso de bacterias en descomposición podría persuadirnos de que estamos hablando con, por ejemplo, una víctima del cólera, alguien puede contagiarnos.
Pero principalmente apreciamos un aroma más que otro gracias a los esfuerzos de la publicidad, y a nuestra credulidad.
La paranoia olfativa da buenos dividendos.
En su codicia creativa, los publicistas nos han llevado a pensar con terror que podemos ser «ofensivos» y necesitamos toda clase de productos para disfrazar nuestros olores naturales.
¿Qué queremos decir exactamente cuando hablamos de un mal olor?
¿Y cuál es el peor olor del mundo?
La respuesta depende de la cultura, la época y el gusto personal.
A los occidentales el olor fecal les resulta repulsivo, pero a los masai les gusta untarse el cabello con estiércol de vaca, que le da un brillo pardo anaranjado y un poderoso olor.
A los niños les gusta casi todos los olores, hasta que con la edad aprenden a sentir disgusto ante algunos.
Cuando el naturalista y conservador de zoológicos Gerald Durrell quiso conseguir algunos murciélagos de la fruta para su zoo de la isla de Jersey, fue a la isla Rodríguez, al este de Madagascar, y usó como cebo en su red lo que llamó «fruta macho», un enorme fruto sólido color pardo, cuya pulpa blanca hedía «como un cruce entre una sepultura abierta y una cloaca», un verdadera «osario».
Eso me suena bastante mal, y por eso, sólo para ver si Durrell tenía razón, he puesto «Rodríguez, en la época de la fruta macho» en la larga lista de los destinos sensoriales a los que me gustaría ir algún día.
En su fascinante historia del hedor, el perfume y la sociedad en Francia, Lo pestilante y lo fragante, Alain Corbin describe las cloacas abiertas de París en los tiempos de la Revolución, y señala el importante papel que ha representado el olfato en la fumigación a lo largo de la historia. Hay distintas formas de fumigación: la que se realiza por motivos de salud (en especial, durante epidemias o pestes); la fumigación de insectos, e incluso la fumigación religiosa y moral.
En los castillos medievales se cubrían los pisos con junquillo, lavanda y tomillo, cuyos aromas se creía que prevenía el tifus.
Con frecuencia se usaban perfumes con fines mágicos y alquímicos y también como promesa de encantamiento.»

-Diane Ackerman («Una Historia natural de los Sentidos»)

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