.el Ángel caido

.el angel caido

“El olor despierta recuerdos, pero también despierta nuestros sentidos adormecidos, nos mima y envuelve, y ayuda a definir nuestra propia imagen, atiza el caldero de nuestra seducción, nos advierte de los peligros, nos induce a tentaciones, alienta nuestro fervor religioso, nos acompaña al cielo, nos pone de moda, nos introduce en el lujo. Pero, con el paso del tiempo, el olfato se ha vuelto el menos necesario de nuestro sentidos, “el ángel caído”, como lo llamaba dramáticamente Hellen Keller. Algunos investigadores creen que, a través del olor, en realidad percibimos gran parte de la información que captan los animales inferiores. En un salón lleno de hombres de negocios, uno capta información sobre qué individuos son importantes, quienes confían en sí mismos, cuáles son sexualmente receptivos, cuáles están en conflicto, y todo esto a través del olfato. La diferencia es que no tenemos una respuesta inmediata. Somos conscientes del olor, pero no reaccionamos automáticamente de una determinada forma en razón de él, como lo haría de los animales. Una mañana, tomé un tren para ir a Filadelfia pues deseaba visitar el Centro Químico Monell de los Sentidos, cerca del campus de la Universidad Drexel. El edificio Monell, todo un barrio vertical, alberga a cientos de investigadores que estudian la química, psicología, propiedades curativas y características curiosas del olor. Muchos de los recientes estudios sobre feronomas se han realizado en Monell, o en instituciones semejantes. En un experimento, se les pagaba a decenas de amas de casa para que olieran axilas anónimas; en otro estudio -financiado por un fabricante de productos de higiene íntima-, la escena era más curiosa aún. Entre los temas de estudio que se ventilan en Monell podríamos mencionar: cómo reconocemos los olores; qué sucede cuando alguien pierde su sentido del olfato; cómo varía el olfato a medida que envejecemos; métodos ingeniosos para controlar plagas mediante olores; el modo como pueden utilizarse olores corporales para ayudar en el diagnóstico de enfermedades (el sudor de los esquizofrénicos huele de otro modo que el de la gente normal, por ejemplo); cómo influyen los olores corporales en nuestra conducta social y sexual. En uno de los experimentos olfativos más fascinantes de nuestro tiempo, los investigadores de Monell han descubierto que los ratones puedan discriminar diferencias genéticas entre parejas potenciales sólo por el olor; pueden leer los detalles del sistema inmunológico del otro. Si uno quiere crear la progenie más fuerte, le conviene aparearse con alguien cuyas ventajas sean diferentes de las suyas, para así poder generar un máximo de defensas contra cualquier intruso, como bacterias, virus, etcétera. Y el mejor modo de hacerlo es producir un sistema inmunitario que lo abarque todo. La naturaleza propera en los mestizos. El lema de la vida es mezclarse. Los científicos de Monell han podido criar ratones especiales que difieren uno de otro sólo en un gen, y observan sus preferencias sexuales. Todos eligen una pareja cuyo sistema inmunológico se combinará con el suyo para producir la cría más resistente. Lo que resulta sorprendente es que no basan su elección en la percepción de sus propios olores, sino en el recuerdo de los olores de sus padres. Nada de esto es razonado, por supuesto; los ratones se limitan a aparearse de acuerdo con sus impulsos, inconscientes de sus iluminaciones subliminales. ¿Puede ser que los seres humanos hagan lo mismo, y también sin saberlo? No necesitamos olores para marcar los territorios, establecer jerarquías, reconocer individuos o, especialmente, saber cuándo una hembra está en celo. Y aún así, basta ver el uso obsesivo del perfume y su efecto psicológico en nosotros para dejar claro que el olfato es un viejo caballito de batalla de la evolución que seguimos conservando con cariño y del que no podemos desprendernos. No lo necesitamos para sobrevivir, pero lo apreciamos al margen de toda lógica, quizá, en parte, por nostalgia de un tiempo en que éramos una parte de la naturaleza y estábamos profundamente conectados con ella. En la misma medida en que la evolución ha superado el sentido del olfato, los químicos han trabajado para restaurarlo. Y no se trata de algo que hagamos al azar; nos hundimos en los olores, nos revolcamos en ellos. No sólo perfumamos nuestros cuerpos y casas, también perfumamos casi cada objeto que entra en nuestras vidas, desde el coche hasta el papel higiénico. Los comerciantes de coches usados emplean un perfume de “coche nuevo”, garantizado para predisponer a los clientes a comprar aún la chatarra en peor estado. Los agentes inmobiliarios suelen rociar con olor a “pastel recién hecho” la cocina de una casa antes de mostrársela a un cliente. En los grandes almacenes se pone un poco de “olor a pizza” en el sistema de aire acondicionado para abrir el apetito de los clientes e inducirlos a hacer una visita al restaurante. Ropa, neumáticos, tinta de rotuladores, juguetes, todo huele a perfume. Incluso se pueden comprar discos de perfume que se tocan como discos de música, salvo que lo que sueltan es aroma. Como se ha probado de muchos experimentos, si uno le da a la gente dos latas de la misma cera para muebles y sólo una de ellas con olor agradable, esas personas jurarán que la perfumada es la que encera mejor. El olor afecta en gran medida a nuestra valoración de las cosas, así como a nuestra evaluación de la gente. Incluso los productos llamados “inodoros” están, de hecho, perfumados para disfrazar los olores químicos de sus ingredientes, por lo general con un toque almizclado. En realidad, apenas un veinte por ciento de los ingresos de la industria de la perfumería proviene de perfumes para personas; el otro ochenta por ciento procede de los perfumes destinados a los objetos entre los que vivimos. La nacionalidad influye sobre las fragancias, como han comprobado muchas compañías. A los alemanes les gusta el pino, los franceses prefieren las esencias florales, los japoneses se inclinan por aromas más delicados, los norteamericanos, por los más fuertes, y los sudamericanos los quieren más fuertes todavía. En Venezuela, los productos para limpieza de suelos contienen diez veces más fragancia de pino que los usados en los Estados Unidos. Casi todos los países comparten la necesidad de cubrir los suelos y paredes con olores agradables, especialmente con el olor de un bosque de pinos o el de una plantación de limoneros; todos quieren vivir entre perfumes. Un pequeño comercio de la Tercera Avenida, cerca del Gramercy Park -como tantos otros lugares semejantes en Nueva York-, vende un amplio surtido de deleites sensoriales. Hay muchas piezas de porcelana de Port Meiron decoradas con dibujos botánicos de gran colorido y muy detallistas. El papel de escribir como el de envolver está todo hecho a mano, con las fibras e imperfecciones claramente visibles. Algunos papeles son de grano grueso, con manchitas de color. La nariz señala el camino. Unas pastillas de aceite de baño dicen oler a “lluvia de primavera” o a “Nantucket”. ¿Cómo huele la lluvia de primavera? Es un aroma muy popular. ¿Pero acaso el más fino conocedor podría diferenciar entre el olor de la lluvia de primavera y, digamos, la lluvia de otoño o la de verano? Al apelar en primer lugar a la imaginación, el producto instala un cuadro de una lluvia de primavera en la mente, y después se inhala su perfume dulce y mineral y se piensa, quizá, en los líquenes rojizos llamados “soldado británico” que una descubrió en los Berkshires cuando tenía diez años. O recuerda el aroma de la lluvia sobre una tienda de campaña, y oye sus mil dedos sonando sobre la lona. El Gramercy Park parece apenas un pequeño remolino de tiempo frente a aquellos años lejanos. Una estantería de la tienda está enteramente dedicada a fragancias ambientales. “Úselo para perfumar el espacio en que vive”, dice uno de los frascos. Parfum de l´Ambiance. Tiña el aire con aroma, que perfumará su nariz, lo bañará en dulzuras cuando pase de una habitación a otra. Remueva el perfume bailando. Nos parece imposible vivir en la naturaleza sin quitarle sus aromas y usarlos como talismanes, imaginando como poseemos su ferocidad, su magnetismo o su vivacidad. Por una parte, vivimos en ambiente desinfectados y ordenados, y si la naturaleza se muestra lo bastante mal educada como para entrometerse (en la forma de una polilla, una mosca o una termita que cava bajo las tablas del suelo, o una ardilla en los cimientos o un murciélago en el ático), la perseguimos con la sed de sangre de un cazador. Por otra parte, insistimos en meter a la naturaleza dentro, junto con nosotros. Tocamos un punto en la pared y hacemos que el cuarto se llene de luz, como en un día soleado, giramos una ruedecilla y la temperatura se hace veraniega; nos rodeamos con un surtido completamente innecesario de olores de aire libre: pino, limón, flores. Es posible que no necesitemos el olor para sobrevivir, pero sin él nos sentimos perdidos y desconectados.” -Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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