.una oferta a los dioses

.una oferta a los Dioses

  “Cuando salgo de IFF con su carnaval de olores nuevos, su alto status y sus pasillos secretos que confluyen, se separan y se cruzan como el olor mismo, me asomo a una atmósfera pesada y estancada. De las alcantarillas sale vapor, como su hubiera una gran glándula sudorífera bajo la ciudad. ¿Cómo puede mantenerse afinada una nariz profesional en una ciudad llena de olores mezclados, muchos de ellos cáusticos? Los perfumistas no son los únicos “olfateadores” profesionales que deben sobrevivir a este sumidero urbano. Los médicos siempre se han apoyado en su olfato, junto la vista, el tatco y el oído, para diagnosticar enfermedades, especialmente en la época anterior a la tecnología actual. Se dice que el tifus huele a ratón; la diabetes, a azúcar; la peste bubónica, a manzanas maduras; las paperas, a plumas recién arrancadas; la fiebre amarilla, a una carnicería; la nefritis, a amoníaco. No sólo necesitamos todos nuestros sentidos, sino que necesitamos más que eso, necesitamos sentidos nuevos. Y si es preciso, estamos dispuestos a crearlos y emplearlos fuera de nuestro cuerpo, como los microscopios electrónicos, los radiotelescopios, las balanzas atómicas. Pero no podemos hacer lo mismo con el olfato. Si el olfato es una reliquia, lo es de una época de gran intensidad, necesidad, instinto y delirio, una época en la que nos movíamos entre los ciclos de la naturaleza como uno de sus prometedores protegidos. Salvo para saborear la comida o para anticipar un peligro, ya no necesitamos el olfato, pero no queremos renunciar a él. No lo perderemos. La evolución hace lo que puede por sacarlo de nuestras manos, quitárnoslo mientras dormimos, como un muñeco o una manta favorita. Pero nos aferramos a él con más fuerza que nunca. No queremos que nos separen del reino de la naturaleza que sobrevive en el olfato. La mayor parte de lo que olemos es accidental. Las flores tienen aromas y colores brillantes como atractivos sexuales; las hojas poseen defensas aromáticas contra los predadores. La mayor parte de las especies hacia cuyos aromas embriagantes nos sentimos tan inclinados repelen a los insectos y a los animales. Estamos disfrutando de lo que para una planta es una máquina de guerra. Como no se tarda en ver en la selva amazónica, no hay nada de indefenso en una planta. Ya que los árboles no pueden moverse para cortejarse o defenderse, se han vuelto ingeniosos y agresivos respecto a su supervivencia. Algunos desarrollan capas de estrictina y otras sustancias tóxicas debajo de la corteza. Otros son carnívoros. Algunos diseñan flores con intrincados plumerillos para impregnar con polen a cualquier insecto, pájaro o murciélago al que hayan logrado atraer con sus olores y colores de sirena. Ciertas orquídeas imitan los órganos reproductores de una abeja o escarabajo hembra, para hacer que el macho trate de copular, y así quede impregnado de polen. Una noche al año, en las Bahamas, el cactus Selenicereus abre dolorosamente sus flores, lleva a cabo toda su vida sexual, y se desvanece por la mañana. Durante varios días antes, los cactus desarrollan unas largas vainas llenas de algo desconocido. Hasta que una noche nos despierta un poderoso olor a vainilla y todo sucede: a la luz de la luna han aparecido unas inmensas flores. Centenares de mariposas nocturnas se precipitan de una flor a otra. El aire está llena de aullidos de perros, del susurro de las alas de los insectos que parecen estar hojeando un gran libro, y de néctar con aroma y sabor a vainilla; las flores desaparecen al amanecer, y dejan a los cactus saciados durante un año. En la antigüedad, cuando los perfumes eran tan apreciados como raros, los exploradores partían en busca de sus propiedades curativas o afrodisíacas. Nuestro olfato ha contribuído a la difusión de las lenguas, que evolucionaron en la encrucijada de las rutas comerciales. En su anhelo de especias, perfumes, hierbas medicinales y talismanes exóticos, los hombres navegaban a través de mares y continentes y, cuando llegaban, tenían que ser capaces de comunicarse y, eventualmente, de registrar lo que experimentaban. No recuerdo que nadie haya celebrado los sentidos del olfato y el gusto en nuestro bicetenario de 1976. Pero el primer impulso de Colón -y eso tendemos a olvidarlo- fué tanto sensual como capitalista, aventurero y narcisista. En parte fué la demanda obsesiva de especias y perfumas exóticos la que le hizo lanzarse a la mar. El uso del perfume comenzó en Mesopotamia, en forma de un incienso ofrecido a los dioses para dulcificar el olor de la carne animal quemada en los sacrificios, y fue usado en exorcismos, para curar a los enfermos y después de las relación sexual. La etimología latina de la palabra nos cuenta cómo se formó: per, a través de, más fumar, hacer humo. Arrojado a las llamas, el incienso llenaba el aire con un humo sobrenatural y mágico, que cosquilleaba en la nariz como si ciertos espíritus clamorosos estuvieran abriéndose paso al interior del cuerpo. El humo perfumado empezó con las cosas de este mundo pero no tardó en pasar al dominio de los dioses. En lo alto de la famosa Torre de Babel (que tenía forma de zigurat, y quiso acercarse a los dioses más de lo que estaba permitido a los hombres), los sacerdotes encendían piras de incienso. Según la tradición habitual en todo lo relacionado con lujo y moda, en principio los perfumes probablemente estuvieron reservados a los dioses, luego se permitió su uso a los sacerdotes, después a los reyes que encarnaban al dios, luego a otros líderes, después a sus ayudantes, y así sucesivamente hacia abajo por la escala social. Los pueblos prehistóricos se aplicaban perfumes en el cuerpo, como los pueblos primitivos (y los más avanzados) de hoy. Un antropólogo amigo que trabaja con tribus indígenas del Amazonas cuenta que, en cierta tribu, las mujeres se envuelven en una suerte de falda hecha de salvia, ajustada a la cintura, y los hombres se frotan las axilas con una raíz olorosa como desodorante. La primera civilización de la que se sabe que empleó perfumes regularmente, con extravagancia y también con sutileza, fué Egipto. Sus complejas prácticas de embalsamiento y entierro de los muertos exigía el uso de especias y ungüentos. Quemaban toneladas de incienso en complicados rituales de adoración. El perfume se volvió una obsesión nacional durante el reinado de la reina Hatsêpsut, del Nuevo Reino (1558-1085 a.C.), quien hizo plantar grandes jardines y mandó quemar incienso en las terrazas que llevaban a sus templos. Los egipcios utilizaban gran cantidad de perfume e incienso en sus cultos religiosos, y llegaron a disfrutarlos asimismo en su uso cotidiano privado, especialmente durante la Edad Dorada de su civilización. Se untaban el cuerpo con perfumes para protegerse de hechizos, con fines medicinales, y también con fines estéticos, porque apreciaban sobremanera el contacto de una piel sedosa y perfumada. Fueron los egipcios los que descubrieron el enfleurage (extracción de perfumes por contacto de flores aromáticas con aceites u otras sustancias grasas) y crearon hermosos frascos de cristal para contener sus pociones, incluyendo el millefiori y otros estilos que los artesanos de las cristalerias de Venecia volverían a utilizar siglos después; crearon rituales de belleza, y sentían una fascinación casi moderna por el maquillage. Si pudiéramos ver a una mujer del antiguo Egipto maquillándose y peinándose antes de una cena, la veríamos sentada ante su tocador, cubierto de una amplia variedad de frascos de perfume de formas elegantes e imaginativas, recipientes con ungüentos, jarrones, botellas y cajas de sombra para los párpados. Bien podría tener el tatuaje de un escarabajo o una flor en el hombro, ya que las egipcias eran muy aficionadas a los tatuajes. (Cuando se abrió una tumba egipcia en la década de los años veinte y se vio a una momia estaba delicadamente tatuada, Lady Randolph Churchill y otras elegantes de la alta sociedad decidieron hacerse tatuar escarabajos ellas también). Una dama del antiguo Egipto que asistiera a una fiesta llevaría un cono de cera perfumada en lo alto de la cabeza; el cono se fundiría lentamente, e iría cubriéndole la cara y los hombros de una jaela aromática. Probablemente sentiría como si pequeños insectos fueran caminando sobre ella, empujando bolitas de fragancia. Los egipcios eran un pueblo limpio, ingeniosamente sibarita, obsesionado con la higiene; ellos inventaron el suntuoso arte del baño, un arte que podía ser restaurador, sensual, religioso o calmante, según el estado de ánimo de cada uno. Al baño le seguía habitualmente un masaje con aceites aromáticos para relajar los músculos y calmar los nervios; aromaterapia, una técnica usada originalmente en el embalsamiento de los cadáveres. En el Centro Psicofisiológico de Yale, los investigadores estudian cómo el olfato puede disminuir la tensión y aumentar la atención. Dicen que el olor de las manzanas puede reducir la presión sanguínea en personas que sufren estrés, e impedir un ataque de pánico, y que la lavanda puede revigorizar el metabolismo y aumentar la atención. The Chronicle of Higher Education informa de pruebas análogas en la Universidad de Cincinatti que han mostrado cómo las fragancias en la atmósfera de una habitación pueden aumentar la velocidad a que trabajo un mecanógrafo y aumentar la eficiencia laboral en general. En la playa Sonesta, en las Bermudas, estoy acostada sobre una mesa, frenta a una ventana, por la que puedo ver y oír el rugido del mar. Una joven bonita, de grandes ojos azules, entra en el pequeño cuarto; es esteticista y lleva puesta una bata. Recién llegada de Yorkshire, no ha estado lo sucifiente en la isla como para haber adquirido un bronceado oscuro en los doce fines de semana que ha tenido libres aquí. Su novio pertenece a la división marina de la policia de las Bermudas, y ayer ella lo acompañó a un partido de la Copa de Criquet. Tiene juanetes, heredados de la parte paterna de la familia, y también una pequeña nariz simétrica que ella encuentra demasiado grande, y el cabello rubio, que ella considera demasiado fino. Hoy me hace recostar boca arriba y me cubre discretamente con toallas azules, que irá cambiando de lugar a medida que avance la hora. En los últimos días, ha visto mi cuerpo lo bastante para conocer todos sus defectos y partes bonitas. Sólo un amante podría tocarlo con más frecuencia, o mejor. A estas alturas, mi desnudez ya no nos molesta más que a un viejo matrimonio. Me explica el tratamiento siguiente: aromaterapia. Esta vieja técnica egipcia cayó en el olvido durante muchos cientos de años, hasta reaparecer en el siglo XVIII, cuando los aromas y las hierbas volvieron a ponerse de moda. Como lo que yo quiero es relajamiento más que momificación, mi masajista mezclará lavanda, neroli y madera de sándalo en una base de aceite de almendras dulces, y me fortará con él el cuerpo de la cabeza a los pies, con movimientos giratorios concentrados en el sistema linfático. No debo ducharme después, porque los aceites masajeados necesitan tiempo para penetrar y producir su efecto. Comenzando por las pantorrillas, me masajea en forma de abanico, en círculos, siempre retornando al punto de origen y volviendo a partir en forma de arcos u ondas simétricos. La fragancia (almizclada, pesada, oriental) parece transportar todo mi cuerpo. Después de las piernas, pasa a las nalgas; luego a la espalda, y allí se detiene para hacer presión en ciertos puntos, a ambos lados de la columna. Pasa rápidamente por los omóplatos, buscando. y luego masajea con suavidad. El efecto del tratamiento viene en parte, me explica en voz baja, del “flujo de energía” creado entre los dos cuerpos. Un vaho de perfume sube de mi cuello, y me envuelve la cabeza como una niebla; sus manos siguen girando, calentando los aceites. Inesperadamente, mi mente se va a mi infancia, cuando mi padre nos llevaba a Florida, desde Illinois, a pasar unas breves vacaciones de verano. El viaje desde las afueras de Chicago hasta Florida era largo, y mi madre preparaba una caja de bocadillos y zumos de fruta, un cesto con nuestros juguetes favoritos y algunas revistas de historietas. Me representó en la memoria el viaje con sorprendente detallismo: las “hojas del árbol yup-yup” que cosechaban los gnomos en una de las revistas, el musgo de los árboles, al costado del camino; mi madre, a la que le gustaba cantar en el coche, con un vestido gris con grande rosas malva estampadas: Llevaba el pelo, lacio y castaño, al estilo Ava Gardner. A veces, cuando estaba en silencio, su dedo índice de la mano izquierda se movía abruptamente de un modo que me irritaba. Yo era demasiado pequeña para entender que probablemente ella hablaba consigo misma. ¿Por qué he recordado esa época? Yo tenía ocho años; cuando yo nací, mi madre tenía treinta. Ahora tengo la edad que ella tenía entonces, pero ella tenía dos hijos. Este recuerdo vívido se queda en mí y me llena de cálida languidez. Después la masajista me envuelve en una sábana celeste. Las paredes celestes del cuarto tienen dibujos pequeños: miles de cabritas pardas. Encima de cada una hay un par de comillas, como las que se ponen en un texto para indicar el fin de una cita.” -Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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