.lo que el viento nos dejó

lo que el viento nos dejó

Vivien Leigh & Clark Gable.

Son los protagonistas de Lo que el viento se llevó, uno de los clásicos más perdurables de la historia del cine. La de ellos no es una historia de amor ideal, sino una atravesada por la codicia y la tragedia, pero historia de amor al fin.

Que el póster no nos engañe: Lo que el viento se llevó no es exactamente una película romántica. O sí lo es, pero de una manera diferente. A pesar de la imagen clásica que todos asociamos a ella –Vivien Leigh entregada a los brazos de Clark Gable–, en la película el amor no es más fuerte que todo lo demás. No es una armadura que nos protege de todos los males del mundo. El amor, en Lo que el viento se llevó, es algo bastante más complejo. Cuando empieza la película, que dura nada menos que tres horas y cincuenta y tres minutos, Scarlett O’Hara –Vivien Leigh–, protagonista y antiheroína total, es una adolescente caprichosa, hija de una familia de estancieros del sur de Estados Unidos. Está enamorada de –o encaprichada con– Ashley Wilkes, otro estanciero poderoso del sur. A mitad del siglo XIX, en esa tierra de tradiciones ‘esclavista y clasista’, las familias se casan entre sí. Por eso es que Ashley debe casarse con Melany, su prima, y no hay nada que Scarlett pueda hacer para evitarlo. Su magnetismo y gracia, que sí alcanzan para conquistar a todos los demás hombres que pululan a su alrededor, no son suficientes para Ashley. Y allí, entre mansiones llenas de esclavos, vestidos pomposos, peinados exagerados y el disgusto del desamor, suceden dos cosas que transformarán a Scarlett en otra mujer: la llegada de Rhett Butler (Clark Gable) y la guerra. La vida como la conocía es arrasada por la guerra civil estadounidense –los estados del Norte enfrentados con los del Sur–. Los hombres van al frente y muchos no vuelven, entre ellos, su marido, un tipo cualquiera con el que se casó para darle celos a Ashley; su tierra se incendia; su fortuna desaparece; su madre muere de una enfermedad; y su padre enloquece –hasta morir– por el imperio perdido. En ese apocalipsis privado, el único incondicional en su vida es Rhett: un hombre diferente, audaz, incorrecto, dueño de una fortuna producto del contrabando. Pero ella no lo ama, o al menos no va a hacerlo hasta los últimos minutos de la película. A pesar de eso, se casa con él. En sus brazos, cuando él le propone matrimonio, dice que sí y le admite, segundos después y porque él mismo se lo pregunta, que lo hace por la plata. Y mientras la película avanza, cada vez que creemos que Scarlett no puede ser más interesada y egoísta, nos sorprende y demuestra que sí, que puede serlo. ¿Es sólo eso? ¿O hay algo más en ella?

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EPOPEYA TECNICOLOR.

La película es una adaptación de la novela Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell. El productor de Hollywood David Selznick, asociado con la productora MGM, compró los derechos en 1934 por cincuenta mil dólares antes de que la novela fuera publicada. Fue un acierto: cuando el libro se convirtió en best-seller, la película ya estaba en plena producción. La destreza técnica fue una empresa magnánima para ese momento. En época de películas en blanco y negro, la tecnología recién estrenada del tecnicolor implicaba cámaras gigantes y difíciles de mover. Fue una de las primeras películas que le dio un uso dramático al color: se emplearon telas rojo furioso para vestir a mujeres pasionales y se aprovechó el naranja incendiado del amanecer para representar a la violencia de la guerra. La productora no le tenía mucha fe al film. Su mayor apuesta en ese momento era El mago de Oz. Les salió exactamente al revés: Oz –hoy una película de culto– fue un fracaso comercial mientras que Lo que el viento se llevó es, aún hoy –si se calcula la inflación–, la película más taquillera de la historia además de haber ganado diez Oscars.

 

LA PRIMERA MUJER MODERNA.

¿Qué encontraba la gente al ver Lo que el viento se llevó? Un mensaje de esperanza. “Gran parte de la película muestra la reconstrucción del Sur después de haber sido devasta­do por la guerra. Scarlett logra romper con esa situación catastrófica y reinventarse. No le importa lo que tenga que hacer para salir de eso. Hay una mirada optimista de que las cosas pueden cambiar”, dice D’Espósito.

Aunque Scarlett pone en práctica métodos de dudosa moral para superar la adversidad, es verdad que siempre se levanta. Por eso, reinvidiquemos a la protagonista. Después de todo, es una precursora de una nueva forma de amar y de ser. Arriesga D’Espósito: “Es la primera mujer moderna. Nace en una tradición de familia, su mundo desaparece y decide encargarse de sí misma. Sale a conquistar. Pasa de una vieja tradición romántica –de querer pertenecer a Ashley– a un nuevo tipo de amor, con más igualdad entre la mujer y el hombre. Sólo se enamora de Rhett cuando ya es una mujer íntegra”. En ese final, Rhett se resigna al hecho de que ya no hay nada que los una y decide abandonarla. Sólo entonces ella sale a buscarlo y le pre­gunta, entre lágrimas, qué va a hacer sin él. Rhett le lanza la frase más recordada de la película: “Francamente, querida, me importa un bledo”.

Para amar a Rhett, Scarlett necesitaba aprender a amarse a sí misma. Es un consejo que una amiga le podría dar a otra hoy, en el 2015, con un café de por medio: para estar bien con alguien primero tenés que estar bien con vos misma. Lo que el viento se llevó es una película de amor, sí, pero de otro tipo de amor: el propio.

 

 

Primer beso de Scarlett O’Hara y Rhett Butler.

 

 

Escena final.

 

Créditos: Textos: Lucila Pinto Fotos: Archivo Atlántida

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