.la mente secreta

.la mente secreta

(cielos)

 

“Yo nunca en mi vida había querido ir a Irlanda.
Pero allí estaba John Huston, al teléfono, pidiéndome que fuera a tomar una copa a su hotel.
Esa tarde, copas en mano, Huston me oteó cuidadosamente y dijo:
-¿Qué le parecería vivir en Irlanda y escribir mi Moby Dick para la pantalla?
Y de repente partimos tras la Ballena Blanca; yo, mi mujer y mis dos hijas.
Seguir el rastro de la Ballena, cazarla y quitarle las aletas me llevó nueve meses.
De octubre a abril viví en un país donde no quería estar.
Me pareció que no veía, oía ni sentía nada de Irlanda.
La Iglesia era deplorable.
El tiempo espantoso.
La pobreza inadmisible.
No quería enterarme.
Además, estaba ese Gran Pez…
No contaba con que mi inconsciente me hiciera una zancadilla.
En medio de tanta humedad raída, mientras armado de mi máquina intentaba llevar el Leviatán a la playa, mis antenas captaban a las gentes.
No es que mi yo despierto, consciente y en marcha no se fijara en ellos, los quisiera, los admirara y tuviese algunos amigos.
No.
Pero lo general y omnipresente eran la pobreza y la lluvia y la pena por mí mismo en un país apenado.
Con la Bestia fundida en aceite y entregada a las cámaras huí de Irlanda, convencido de que no había aprendido nada salvo a temer las tormentas, las nieblas y los mendigos de las calles de Dublín y de Kilcock.
Pero el ojo subliminal es taimado.
Mientras yo lamentaba la dureza del trabajo y mi incapacidad, día por medio, para sentirme tan parecido a Herman Melville como yo deseaba, mi interioridad se mantenía alerta, husmeaba en las honduras, escuchaba con paciencia, observaba con rigor y archivaba a Irlanda y su gente hasta el día en que al fin me aflojé y me sorprendieron surgiendo a torrentes.
Volví a casa vía Sicilia e Italia, donde me horneé para desprenderme del invierno irlandés, asegurando a todos y cada uno que nunca escribiría «nada sobre los Veloces de Connemara ni las Gacelas de Donnybrook».
Debería haber recordado mi experiencia de años antes en México, donde había encontrado, no lluvia y pobreza, sino pobreza y sol, y había huido espantado por el clima de mortandad y el terrible olor dulzón que tienen los mexicanos cuando se mueren.
Con eso había escrito al menos ciertas buenas pesadillas.
Aún así, insistí: Eire estaba muerta, no había dejado rastros, su gente no iba a perseguirme.
Pasaron varios años.
Hasta que una tarde de lluvia Mike el taxista (que en realidad se llama Nick) vino, inadvertido, a sentárseme en la mente.
Me codeó con suavidad y se atrevió a recordarme nuestros viajes juntos por las ciénagas, a lo largo del Liffey, con él hablando, noche tras noche a través de la niebla, al volante de su viejo coche de hierro, y llevándome lentamente al hotel, el Royal Hibernian.
Mike, el hombre que tras docenas de Viajes Oscuros yo había conocido mejor en todo ese país verde y salvaje.
—Cuenta la verdad sobre mí —dijo Mike—. Vuélcalo como fue, nada más.
Y de pronto tuve un cuento y una obra de teatro.
Y el cuento es verdad y la obra es verdad.
Sucedió así.
No habría podido suceder de otro modo.
Bien, el cuento se comprende; pero ¿por qué después de tantos años me volví hacia el escenario?
No era un giro sino un regreso.
De niño actué en teatros de aficionados y en la radio.
De joven escribí obras de teatro.
Nunca producidas, esas obras eran tan malas que me prometí no volver a escribir para el teatro hasta bien avanzada mi vida, después de haber aprendido a dominar todas las otras formas.
Al mismo tiempo dejé de actuar porque me daba miedo la política de competencia que acompaña al trabajo de los actores.
Además: el cuento y la novela continuaban reclamándome.
Respondí.
Me sumergí en la escritura.
Pasaron años.
Fui a ver cientos de obras.
Me encantaban.
Sin embargo seguía sin escribir otra vez un Acto I, Escena I.
Luego vino Moby Dick, un lapso de meditación, y de pronto apareció Mike, mi taxista, a hurgarme el alma y sacar a la luz bocados de aventura de pocos años antes, junto a la colina de Tara o tierra adentro, entre cambiantes hojas de otoño en Killeshandra.
Pero, también pugnando, a empellones con dones gratuitos e inesperados, apareció una banda de extraños escribiendo cartas.
Hace unos ocho o nueve años empecé a recibir notas que decían así:
Señor Bradbury: Anoche, en la cama, le conté su cuento «La sirena» a mi mujer.
O:
Señor Bradbury: Tengo quince años y gané el Premio Anual de Recitado en Gurnee Illinois High por haber memorizado y declamado su cuento: «El ruido de un trueno».
O:
Estimado señor B.: Nos complace informarIe que la lectura dramatizada de su novela Fahrenheit 451, representada en la noche de ayer fue calurosamente acogida por los 2.000 maestros de la conferencia aquí llevada a cabo.
En un lapso de siete años, aficionados de primaria, secundaria y universidad de todo el país leyeron, declamaron, recitaron y dramatizaron docenas de mis historias.
Se apilaban las cartas.
Al final la pila se inclinó y me cayó encima.
Me volví hacia mi mujer y le dije:
—¡Todos se divierten adaptándome menos yo! ¿¡Cómo es posible!?
De modo que era el viejo cuento al revés.
En vez de gritar que el emperador estaba desnudo, esa gente decía, inconfundiblemente, que un reprobado en literatura en el Instituto de Bachillerato de Los Ángeles estaba del todo vestido, ¡Y demasiado borracho para darse cuenta!
Así pues, empecé a escribir teatro.
Una última cosa me devolvió al escenario con una sacudida.
En estos cinco años he llegado a leer una buena cantidad de obras teatrales norteamericanas.
Teatro de Ideas; teatro del Absurdo y del Más-Que-Absurdo.
En conjunto no he podido evitar que esas obras me parecieran frágiles ejercicios, las más de las veces escasas de ingenio, pero en las que faltaba sobre todo imaginación y capacidad.
Dada esta chata opinión, es justo que ahora ponga yo la cabeza en el tajo.
Sean ustedes mis verdugos, si quieren.
No es tan inusual.
La historia de la literatura está repleta de escritores que, acertados o no, sintieron que podían poner en limpio, mejorar o revolucionar un cierto dominio.
Así que muchos nos lanzamos hacia donde los ángeles no dejan huellas.
Habiéndome atrevido una vez, exuberante, me atreví de nuevo.
Cuando de mi máquina saltó Mike, espontáneamente lo siguieron otros.
Y cuantos más se arremolinaban, más pugnaban por llenar las líneas.
De pronto vi que sabía de las mezcolanzas y conmociones de los irlandeses más de lo que hubiera podido desenredar en un mes o un año de escritura. Sin advertirlo me encontré bendiciendo mi mente secreta.
En una vasta estafeta interior, convocados por sus nombres, se afanaban noches, pueblos, climas, animales, bicicletas, iglesias, cines, y marchas rituales y bandadas.
Mike me había empujado a paso tranquilo; yo eché a trotar y pronto estaba en pleno galope.
Recién nacidas, las historias, las obras, eran una camada aullante.
A mí no me cabía sino apartarme del camino.
Hecho ya lo cual, y ocupado con otras obras sobre maquinaria de ciencia-ficción, ¿tengo una teoría posterior apta para escribir teatro?
Sí.
Porque sólo después se puede fijar, examinar, explicar.
Intentar saber de antemano es congelar y matar.
La deliberación es enemiga de todo arte, sea la actuación, la escritura, la pintura o la propia vida, que es el arte más grande.
He aquí, pues, mi teoría. Los escritores andamos en lo siguiente:
Construimos tensiones que apuntan a la risa, luego damos permiso y la risa surge.
Construimos tensiones que apuntan a la pena y al fin decimos Llorad con la esperanza de que el público rompa en lágrimas.
Construimos tensiones que apuntan a la violencia, encendemos la mecha y salimos corriendo.
Construimos las extrañas tensiones del amor, donde tantas de las otras tensiones se combinan para ser modificadas y trascendidas, y permitimos que fructifiquen en la mente del público.
Construimos tensiones, en especial hoy en día, que apuntan a la repulsión y luego, si somos buenos, talentosos, observadores, permitimos que el público sienta náuseas.
Cada tensión busca su fin, descarga y relajación propios y adecuados.
Se concluye que, estética y prácticamente, toda tensión ha de ser liberada alguna vez.
Sin esto cualquier arte queda incompleto, a medio camino de su objetivo.
Y en la vida real, como sabemos, el fracaso en aflojar una tensión particular puede llevar a locura.
Hay excepciones evidentes, novelas u obras que terminan en el apogeo de la tensión; pero la descarga está implícita.
Se pide al público que salga al mundo y haga estallar una idea.
El acto final pasa del creador al lector-espectador, cuya tarea es agotar la risa, las lágrimas, la violencia, la sexualidad o la repulsión.
Desconocer esto es desconocer la esencia de la creatividad, que es, en el fondo, la esencia del hombre.
Si yo tuviera que dar algún consejo a escritores bisoños, si tuviera que aconsejar al escritor bisoño que hay en mí, y que va a ver teatro del Absurdo o el casi-Absurdo, teatro de Ideas o de cualquier otra clase, le diría lo siguiente:
No me cuentes chistes sin objeto.
Me reiré de tu rechazo a permitirme reír.
No me acumules tensión que apunta a las lágrimas y me niegues después que me queje.
Iré a buscar mejores muros de lamentos.
No me cierres los puños y me escondas después el blanco.
Podría pegarte yo a ti.
Sobre todo, no me provoques náuseas a menos que me muestres el camino a la cubierta del barco.
Porque, haz el favor de entender, si me envenenas tengo que sentir náuseas.
Mucha gente, me parece a mí, que escribe la película del asco, la novela del asco, la obra del asco, ha olvidado que el veneno destruye la mente tanto como destruye la carne.
La mayoría de los frascos de veneno llevan recetas de eméticos impresas en la etiqueta.
Por indolencia, ignorancia o incapacidad, los nuevos Borgias intelectuales nos meten bolas de pelo en la garganta y nos niegan la convulsión que podría hacernos bien.
Han olvidado, si alguna vez lo tuvieron, el antiguo saber de que sólo pasando por un verdadero malestar es posible recuperar la salud.
Hasta las bestias saben cuándo es el momento del vómito.
Enseñadme pues a sentir náuseas, en el momento y el lugar justos, para que pueda volver a los campos, y con los perros sabios y sonrientes, estar instruido y poder masticar dulce hierba.
La estética del arte lo abarca todo; en ella caben todo horror, toda delicia, siempre y cuando las tensiones que los representan sean llevadas a sus perímetros extremos y allí liberadas en acción.
No pido finales felices.
Sólo pido finales adecuados que tengan en cuenta la energía contenida y la muestren con determinadas detonaciones.
Si México me sorprendió por su abundancia de oscuridad en el corazón del pleno sol, Irlanda me sorprendió por la tibieza de un sol abundante en el corazón de la niebla que se lo había tragado.
El tambor lejano que oía en México me guiaba los pasos a una procesión funeraria.
El tambor de Dublín me señalaba un leve camino por los pubs.
Las obras querían ser obras felices.
Dejé que se escribieran así, llevadas por sus propios apetitos y necesidades, sus alegrías insólitas y sus magníficas delicias.
Así que escribí media docena de obras sobre Irlanda y escribiré más.
¿Sabían ustedes que en toda Eire hay grandes colisiones frontales de bicicletas, y la gente sufre durante años conmociones espantosas?
Pues así es.
Yo las he captado y encerrado en un acto.
¿Sabían que en los cines, apenas un instante antes de que cada noche estallen los debidos compases del Himno Nacional Irlandés, un terrible chorro de gente lucha por fluir hacia las puertas para no oír una vez más la temida melodía?
Pues sí.
Yo lo he visto.
Y he corrido con ellos.
Ahora lo he convertido en obra de teatro, «La carrera del himno».
¿Sabían que la mejor manera de conducir en noches de niebla por el cenagoso campo irlandés es con las luces apagadas?
¡Y lo mejor es conducir terriblemente rápido!
Eso lo he escrito.
¿Es la sangre del irlandés lo que impulsa la lengua a la belleza, o es la sangre agitada por el whisky lo que le mueve la lengua que recita poemas y declama con arpas?
No lo sé.
Se lo pregunto a mi personalidad secreta, que me responde.
Hombre sabio, yo escucho.
De modo que, creyéndome en quiebra, ignorante, desatento, terminé con varias piezas en un acto, una en tres actos, ensayos, poemas y una novela sobre Irlanda.
Era rico y no lo sabía.
Todos somos ricos e ignoramos la enterrada evidencia de la sabiduría acumulada.
Así que, una y otra vez, mis cuentos y mis obras me enseñan, me recuerdan, que nunca debo volver a dudar de mí mismo, de mis entrañas, de mis ganglios y del tablero Ouija de mi inconsciente.
De ahora en adelante espero estar siempre atento, educarme lo mejor que pueda.
Pero, si me falta esto, en el futuro me volveré a mi mente secreta para ver qué ha observado cuando me parezca que he pasado algo por alto.
Nunca pasamos nada por alto.
Somos copas que se llenan constante, silenciosamente.
El truco consiste en saber volcarse para que la belleza se derrame.”-1965

-Ray Bradbury (de “Zen en el Arte de Escribir”)

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