.me llamó al mundo

robert-doisneau-1961

Robert Doisneau-1961

 

“Me llamó al mundo un avaro perfume de belleza, de océanos,
de milagro, de ebrias vendimias, de muerte y resurrección.

Me llamó al mundo esta tierra y su voracidad de astro,
los árboles como pajareras del cielo, las orquídeas amarillas
enloqueciendo el corazón de las siestas, los puentes, los lamentos,
las pasiones, un incesante gesto de adiós y un eterno orgullo
por huír de todo lugar, de toda paciencia, de toda orilla,
de todo instante.

Me llamó al mundo el gozo de estar de pié cuando paisaje
y música se encuentran en lo más intenso de la luz, cuando
llegan las golondrinas a la semilla del agua, cuando cada mes
abre sus inmensas llanuras a la vida de los besos.

Me llamó al mundo una extraña fuerza de respirar… Y qué
errante llamarada encendió mis venas con una furia de espacio
y abismo, qué zodíaco me dió las largas sequías de mis manos,
qué ardor penetró estos brazos en la desembocadura desértica
y vehemente de mi sangre, qué carcajada profunda
abrió mis puños a todos los aromas, a todos los placeres.

Me llamó al mundo este corazón que me está matando,
que me incendia majestuosamente, que me mira desde altas fiebres
con ojos despavoridos, que me ama en la sombra
con besos de loba herida. Este corazón que me hace de pronto
tan cruel y alegre, tan ávido en la oscuridad del universo.

Me llamó al mundo una delgada cintura de selvas, cerros y playas amarillas.
Un país tropical con un antiguo dolor en los muros, en sus campesinos,
en sus tribus, en sus barrios de chapa. Oh todo un país con un largo tajo
de este a oeste, de madre a madre, de techo a techo. de sombra a sombra.
Una tierra de ardidas palmeras, con lluvias colmadas de brillantes dioses
y con calores que desnudaban hermosas negras. País con provincias que salían
a navegar en las noches claras, país pintado, de negro y carnaval,
de blanco y quimera, poseído por hormigueros de marfil.

Me llamó al mundo el zumbido de oro del pecado original.

Me esperaba toda la sinfonía de la creación: el luto de las arañas,
las monturas de cuero, el rocío, la luz, el olor a menta de las sastrerías,
las estatuas, los hermosos ojos de Rumania, el barro, el olor a albahaca,
las vidalas del otoño, la voz claras de las casas antes del mediodía,
el Paraná, las danzas y los galopes, las piedras, la pampa, la sed, los barrios.

Y ahora el mundo me alimenta con un profundo sabor a sal, vino y ajo,
me abandona a mi sangre o a mi tinta.
Estoy en la segunda muerte de un ángel, o en la segunda vida de un Dios.
No hay paciencia en mis venas, hay inmensidad y olas.
No hay latidos bajo mi piel de fuga, hay fiebres y manzanas y flechas…
Todo lo recito, lo desgarro, lo templo.

¡Ay, mundo mío!, sóplame otra vez el corazón con tus volcanes,
vacíame el cuerpo, llénalo de raíces y espadas,
quémame los pies, rómpeme las vestiduras,
déjame sólo el camino y las noches.”

-Celedonio Torres Ávalos

 

 

 

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